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¿La bondad es natural?

Cuesta imaginar que alguien piense en la bondad como un problema. Sin embargo, Charles Darwin lo hizo. Las pequeñas abejas obreras que se sacrificaban para proteger sus colmenas –el máximo ejemplo de la bondad animal- mantuvieron a Darwin desvelado de noche.

Suponiendo que las ideas de Darwin sobre la evolución por selección natural fueran correctas (y, por supuesto, lo eran y lo son), entonces esta clase de altruismo debería ser extraordinariamente rara en la naturaleza. Si una mayor reproducción es toda la finalidad de la evolución por selección natural, entonces los altruistas deberían desaparecer –y rápido-. Pero no desaparecen y Darwin estaba tan asombrado por todo esto que se refirió al altruismo como un problema que podría resultar fatal para toda su teoría de la evolución.

De pronto la solución de este desagradable acertijo golpeó a Darwin como una tonelada de ladrillos. Las abejas obreras no estaban ayudando simplemente a un puñado de abejas cualquiera ; estaban protegiendo su colmena. Y su colmena contenía individuos especiales: parientes de sangre.

Los parientes de sangre son, por definición, muy similares entre sí. De manera que aunque las pequeñas abejas obreras puedan haber entregado sus vidas, al hacerlo estaban salvando potencialmente a cientos de parientes de sangre. En lenguaje moderno, diríamos que las abejas obreras estaban ayudando a sus parientes de sangre, porque los parientes de sangre están relacionados genéticamente . Cuando ayudamos a nuestros parientes de sangre, indirectamente estamos promoviendo la reproducción de copias de nuestros propios genes –copias que simplemente residen dentro de nuestros parientes.

Darwin no era el único científico fascinado por la cuestión de la evolución de la bondad. De hecho, su buen amigo y colega Thomas Henry Huxley también lo estaba. Huxley, en realidad, se involucró en un debate bastante encendido sobre si el parentesco de sangre podía o no explicar el altruismo.

El antagonista de Huxley era el príncipe Peter Kropotkin, ex escudero del zar de Rusia, naturalista y discutiblemente el anarquista más famoso del siglo XIX. Huxley sostenía que toda la bondad podía asociarse con el parentesco de sangre, mientras que Kropotkin decía que la bondad y el parentesco de sangre estaban completamente disociados entre sí –uno no tenía nada que ver con el otro-. Por supuesto, ninguno tenía razón, pero tendrían que pasar casi cien años hasta que un brillante, tímido y reservado biólogo británico llamado William D. Hamilton pusiera fin a todas las discusiones sobre el parentesco de sangre y el altruismo al ocurrírsele una ecuación matemática simple pero elegante.

En lugar de preguntar si el parentesco de sangre explica todo o nada sobre el altruismo, Hamilton abordó la cuestión de otra manera. Empezó por definir tres términos: la relación genética entre los individuos (rotulada r), el costo de un acto de bondad (c) y el beneficio que obtenía un receptor cuando alguien era bueno con él (b). Mediante una bella ecuación matemática, a comienzos de los años 1960 Hamilton descubrió que el altruismo y el parentesco de sangre no están vinculados por una relación de todo o nada.

Más bien, lo que hoy se conoce como la “regla de Hamilton” establece que el altruismo evoluciona cuando r veces b es superior a c. En otras palabras, si suficientes parientes reciben beneficios del altruismo para compensar el costo del altruismo, entonces el altruismo se propaga; de otra manera, no. Parafraseado en el lenguaje frío de la selección natural, vale la pena ayudar a los parientes de sangre en proporción directa a su relación (sanguínea) genética, calculada según la magnitud del beneficio que recibían.

Literalmente, miles de experimentos tanto con no-humanos como con humanos demuestran el poder de la regla de Hamilton. Esta pequeña ecuación es la versión de la biología evolutiva de e = mc2. Una y otra vez, vemos que un análisis de los costos y beneficios del altruismo, junto con la relación genética de los interactuantes, nos permite predecir la presencia o ausencia de altruismo.

La regla de Hamilton, por supuesto, no explica todo el altruismo. Otra gran porción de bondad cae dentro de la categoría de “reciprocidad”. Los individuos a veces quieren ser altruistas con alguien con la expectativa de que, a su vez, serán ayudados cuando lo necesiten.

Los biólogos evolutivos han estado casi tan interesados en este tipo de altruismo como en el altruismo basado en el parentesco. Curiosamente, fue Bill Hamilton, junto con el científico político Robert Axelrod y el biólogo evolutivo Robert Trivers, quienes formalizaron los modelos detrás de la evolución de la reciprocidad.

Basados en el trabajo realizado por Trivers a comienzos de los años 1970, en 1981, Axelrod y Hamilton utilizaron la matemática de la teoría del juego para predecir cuándo el llamado “altruismo recíproco” debería evolucionar. Una vez más, decenas de estudios empíricos siguieron ese modelo.

La reciprocidad puede ser compleja, pero una perspectiva evolutiva allanó el sendero hacia el entendimiento, de la misma manera que lo hizo en el caso del parentesco de sangre y el altruismo.

Si la bondad es un problema, entonces la respuesta –o, al menos, parte de la respuesta- se puede encontrar en la biología evolutiva.

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