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¿Se puede reformar el sistema financiero global?

HONG KONG – En la actualidad hay abundantes pruebas de que los sistemas financieros pueden dejar de funcionar correctamente, de lo que sirven como ejemplo Asia en los noventa y Estados Unidos y Europa una década después. Cuando ello ocurre, se paga un costo intolerable en la forma de interrupción del crecimiento y desempleo.

Pero una reforma del sistema no será posible, o resultará muy endeble, a menos que se alcance un consenso internacional en torno a ciertos temas clave. La libertad del dinero, de los mercados financieros y de las personas para trasladarse de un lugar a otro (y, de ese modo, eludir reglamentaciones e impuestos) puede ser un freno aceptable e incluso constructivo al exceso de intervención oficial, pero no cuando eso da pie a una competencia desregulatoria entre países que impide la adopción de normas éticas y prudenciales necesarias.

Tal vez lo primero en lo que habría que pensar sea adoptar un enfoque coherente y uniforme para enfrentar las situaciones de quiebra inminente de instituciones de “importancia sistémica”. Tanto los contribuyentes como los gobiernos están cansados de salvar instituciones financieras por temor a una sucesión de quiebras en cadena con efecto destructivo, sabiendo que la posibilidad de rescate alienta a los acreedores a asumir riesgos desmesurados.

En Estados Unidos, la legislación ha instaurado nuevos métodos que sustituyen a los procedimientos de quiebra vigentes y exigen la disolución (y no el rescate) de las empresas en bancarrota, sea por venta, fusión o liquidación. Pero para que esta iniciativa tenga éxito será necesario que la acompañen medidas complementarias en otras partes del mundo, especialmente en el Reino Unido y otros centros financieros clave.

Esto no implica necesariamente una estricta uniformidad regulatoria. Por ejemplo, respecto de la protección de la banca comercial contra los riesgos de la inversión con fondos propios, de carácter más especulativo, puede ser que los tipos de políticas que emplean el Reino Unido y Estados Unidos sean diferentes, pero el temor que las inspira es bastante similar; a su vez, este problema tal vez no sea tan acuciante en otros países que siguen otras tradiciones y donde las operaciones de inversión están más limitadas. Pero aun así, una jurisdicción no debería tomar medidas que con el fin de competir menoscaben las restricciones impuestas por otra.

Hay otra reforma estrechamente relacionada, que es la del sistema monetario internacional. Incluso podríamos preguntarnos si lo que hay en la actualidad es realmente un “sistema”, al menos en comparación con los acuerdos de Bretton Woods y, más allá en el tiempo, con la aparente simplicidad del patrón oro. Hasta ahora nadie ha sido capaz de ejercer autoridad en forma sistemática y coherente, y no existe una moneda internacional que cuente con aprobación y control internacional.

Es de suponer que el ideal de tener un régimen monetario internacional bien definido y eficaz se ha vuelto más difícil de llevar a la práctica, ahora que los mercados y los flujos de capitales son muchísimo más grandes e impredecibles que antes. También se dice que la economía mundial creció (y los países emergentes prosperaron) a pesar de no haber un sistema más organizado.

Pero a menudo se pasa por alto que la falta de un orden monetario internacional estuvo en el origen de las sucesivas crisis financieras de los noventa, y que su papel fue incluso más evidente en la crisis que estalló en 2008. En esto se destacan los desequilibrios sostenidos y, en cierto modo, complementarios, de Estados Unidos y Asia.

Entre 2000 y 2007, Estados Unidos acumuló un déficit de cuenta corriente por valor aproximado de 5,5 billones de dólares, acompañado por aumentos compensatorios casi simétricos en las reservas de China y Japón. A China le convenía mantener un gran superávit comercial y usar la elevada tasa de ahorro interno y el ingreso de inversión extranjera para sostener su industrialización y su veloz crecimiento.

En cambio Estados Unidos, enfrentado al problema del crecimiento lento, se limitó a sostener niveles de consumo excepcionalmente altos en perjuicio del ahorro personal. Esto permitió que se formara una enorme burbuja inmobiliaria que al estallar hizo muchísimo ruido (y dejó a todo el mundo muy alterado).

La lección práctica insoslayable es que cuando se deja a los países aplicar a su arbitrio sus propias herramientas políticas, puede ocurrir que las preferencias de cada uno conduzcan a la aparición de desequilibrios prolongados y a la larga insostenibles. Antes o después, será necesario un ajuste: si no es a través de una política interna cuidadosa o del buen funcionamiento del sistema monetario internacional, será a través de una crisis financiera.

No hace mucho tiempo, hallábamos tranquilidad en la teoría de que para mediar los ajustes internacionales en forma oportuna y ordenada era suficiente permitir la flotación de los tipos de cambio. Pero en el mundo real, hay muchos países (sobre todo las pequeñas economías abiertas, pero también otras) para los que sencillamente resulta inviable o indeseable permitir la flotación de sus monedas.

La conclusión inevitable, por desagradable que sea, es que para formar parte activa de una economía mundial abierta es preciso ceder cierto grado de soberanía económica. O, para expresarlo en términos más positivos, estar dispuestos a una coordinación de políticas más efectiva. Esto admite diversas posibilidades, por ejemplo:

·    Una mayor vigilancia por parte del Fondo Monetario Internacional y un compromiso más firme de los países a respetar las “buenas prácticas” y las normas acordadas.

·    Un mecanismo de consultas obligatorias, seguidas por la formulación pública y directa de recomendaciones por parte del FMI, el G‑20 u otros organismos.

·    Un sistema de calificación o descalificación para el uso de fondos del FMI u otras fuentes de financiación (por ejemplo, los acuerdos de intercambio monetario entre bancos centrales [swaps]).

·    Cobro de intereses u otras multas financieras (en sintonía con las propuestas que se estudian en Europa).

Pero si adoptar soluciones que aprovechen las lecciones de los fracasos del pasado no fuera suficientemente efectivo, podría ser más promisorio repensar la idea de la flotación cambiaria. Esto exigiría llegar a algún acuerdo respecto de cuáles son los tipos de cambio de “equilibrio” adecuados, dejando una franja de valores bastante amplia que dé cuenta de la incertidumbre y permita al mercado ejercer su propia disciplina. Pero cada país por separado debería orientar sus intervenciones y sus políticas económicas hacia el objetivo de defender el tipo de cambio de equilibrio; o se podría emplear una modalidad más radical, en la que una autoridad internacional autorizara a los socios comerciales de un país a aplicar medidas contundentes para fomentar la coherencia del sistema.

Otro tema muy importante es que haya una moneda de reserva apropiada y liquidez internacional suficiente. Por muchos años, la respuesta práctica fue usar para ello el dólar (y hasta cierto punto, otras monedas nacionales), pero esto provocó quejas por el “privilegio excesivo” que se le confería a los Estados Unidos. Sin embargo, a Estados Unidos no lo beneficia acentuar y ampliar su déficit de balanza de pagos en detrimento de una economía con competitividad internacional, fortaleza industrial y restricción del consumo. Y al resto del mundo le conviene la flexibilidad que ofrece la moneda de la economía más grande, más fuerte y más estable del mundo.

Para que una moneda sirva como medio de reserva, su oferta debe ser limitada, pero también debe tener elasticidad suficiente para satisfacer las necesidades, grandes e impredecibles, que pueden surgir en un mundo financiero turbulento. Y sobre todo, debe ofrecer garantías de estabilidad y disponibilidad, lo cual es un argumento más a favor de la practicidad que supone usar una moneda nacional, o tal vez una canasta de ellas.

Traducción: Esteban Flamini