Wednesday, November 26, 2014
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¿Son los Estados Unidos un imperio?

Hace tres décadas, la izquierda radical utilizaba el término "imperio estadounidense" en tono peyorativo. Ahora, ese mismo término ha salido del clóset: los analistas tanto de derecha como de izquierda lo están utilizando para explicar (si no es que para guiar) la política exterior de los Estados Unidos.

En muchos sentidos, la metáfora del imperio es seductora. Las fuerzas armadas estadounidenses tienen alcance global, con bases militares en todo el mundo, y sus comandantes regionales a veces se comportan como procónsules. El inglés es una lingua franca, como el latín. La economía de los EU es la más grande del mundo, y la cultura estadounidense es un imán. Pero es un error confundir dominio con imperio.

Los EU ciertamente no son un imperio a la manera de los imperios europeos de los siglos XIX y XX, porque el elemento central de ese imperialismo era el poder político. Aunque es cierto que hay relaciones desiguales entre los EU y potencias más débiles, que pueden llevar a la explotación, el término "imperial" no sólo es inexacto, sino engañoso en ausencia de un control político formal.

Claro que actualmente los EU cuentan con más recursos de poder en relación con otras naciones que los que Inglaterra llegó a tener durante su auge imperial. Pero los EU tienen menos poder (en el sentido de control sobre el comportamiento interno de otros países) que Inglaterra cuando ésta dominaba la cuarta parte del globo.

Por ejemplo, los funcionarios británicos controlaban las escuelas, los impuestos, las leyes y las elecciones de Kenia (y no se diga sus relaciones exteriores). Estados Unidos no tiene ese control hoy en día. En 2003, ni siquiera pudieron hacer que México y Chile apoyaran una segunda resolución sobre Irak en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Los proponentes del Nuevo Imperialismo dirán: "No hay que ser tan literales". Después de todo, "imperio" es simplemente una metáfora. Pero el problema con la metáfora es que implica un grado de control estadounidense que no es realista, y acentúa las fuertes tendencias hacia el unilateralismo que existen tanto en el congreso de los EU como en una parte de la administración Bush.

En la era global de la información, el poder estratégico sencillamente no está tan concentrado. Más bien, está distribuido entre los países en un patrón parecido a un complejo juego tridimensional de ajedrez. En el tablero superior, el poder militar es unipolar en gran medida, pero en el tablero económico, los EU no son ni hegemónicos ni un imperio, y deben negociar como iguales cuando, por ejemplo, Europa actúa de manera unificada. En el tablero inferior, el de las relaciones transnacionales, el poder está disperso en forma caótica, y no tiene sentido utilizar términos tradicionales como unipolaridad, hegemonía, o imperio estadounidense.

Así, quienes recomiendan una política exterior imperial para los EU basada en las descripciones militares tradicionales del poder estadounidense están tristemente equivocados. En un juego tridimensional, uno pierde si se concentra únicamente en uno de los tableros y no toma en cuenta los demás y las conexiones verticales que existen entre ellos. Un ejemplo son las conexiones en la guerra contra el terrorismo entre las acciones militares en el tablero superior, donde los EU eliminaron a un tirano en Irak pero, al mismo tiempo, incrementaron la capacidad de Al Qaeda de conseguir nuevos reclutas en el tablero transnacional inferior.

Estos temas representan el lado oscuro de la globalización. Son inherentemente multilaterales y su solución requiere de la cooperación. Por ello, describir a los Estados Unidos como un imperio no logra capturar la verdadera naturaleza de los retos de política exterior a los que se enfrenta el país.

Quienes promueven la idea de un imperio tampoco entienden la naturaleza subyacente de la opinión pública y las instituciones de los EU. ¿Tolerará el público estadounidense un papel imperial? Los autores neoconservadores como Max Boot sostienen que los EU deberían dar a los países en problemas la clase de administración extranjera iluminada que alguna vez suministraron los ingleses ataviados con sus cascos coloniales. Pero, como señala el historiador británico Niall Ferguson, los Estados Unidos modernos difieren de la Inglaterra del siglo XIX en sus "períodos crónicamente cortos".

Estados Unidos tuvo brevemente la tentación del imperialismo cuando surgió como potencia mundial hace un siglo, pero el interludio de imperio formal no duró mucho. A diferencia de Inglaterra, el imperio nunca ha sido una experiencia con la que los estadounidenses se sientan a gusto, y sólo una pequeña fracción de sus ocupaciones militares condujeron directamente al establecimiento de democracias.

El imperio estadounidense no está limitado por la economía: los EU dedicaron un porcentaje mucho más elevado de su PIB al gasto militar durante la Guerra Fría de lo que actualmente le destinan. La extralimitación imperial vendrá más bien de la necesidad de vigilar a más países periféricos de los que la opinión pública estadounidense está dispuesta a aceptar.

En efecto, las encuestas de opinión en Estados Unidos muestran muy poco aprecio popular por el imperio y un apoyo sostenido al multilateralismo y a recurrir a la ONU. Michael Ignatieff, un defensor canadiense de la metáfora imperial, la suaviza al referirse al papel de los EU en el mundo como el "Imperio Lite".

De hecho, el problema de crear un imperio estadounidense podría definirse mejor como uno de "sublimitación" imperial. Ni el público ni el congreso de los EU han demostrado estar dispuestos a invertir seriamente en instrumentos de creación y administración nacional en lugar de la fuerza militar.

En efecto, el presupuesto total del Departamento de Estado es apenas el 1% del presupuesto federal. Los EU gastan casi diecisiete veces más en sus fuerzas armadas, y no hay muchos indicios de que eso vaya a cambiar pronto.

Así, los EU deben evitar la engañosa metáfora del imperio como guía de su política exterior. El imperio no contribuirá a que los Estados Unidos comprendan y puedan manejar los retos a que se enfrentan en la era global de la información del siglo XXI. ¿Alguien quiere una partida de ajedrez?

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