Sunday, April 20, 2014
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¿Es inaceptable el “dopaje genético”?

En los últimos años, el Comité Olímpico Internacional y otras organizaciones deportivas se han preocupado por el posible uso indebido de la tecnología de transferencia genética, pero el mundo de los deportes parece decidido a aprovechar esa tecnología en pos de las medallas de oro y los campeonatos y en el futuro puede haber una oleada de análisis genéticos.

Dos equipos de la Liga de Fútbol australiana han dado a entender que están investigando análisis que indicarían la altura, la resistencia, la velocidad y la fuerza más probables de un atleta. De hecho, para algunos el “dopaje genético” representa ahora el Santo Grial de la mejora de los resultados, mientras que para otros significa el fin de los deportes, tal como los conocemos.

La perspectiva de un futuro de atletas genéticamente modificados inspira alarma en todo el mundo de los deportes, acompañado de descripciones de dichos atletas como inhumanos o alguna forma de mutantes. Se trata de una deformación del modo como la transferencia genética modificaría a los seres humanos, terapéutica y no terapéuticamente, en caso de que llegara a legalizarse, pero el miedo de que científicos delincuentes se aprovechen de los atletas –o de que haya atletas que intenten participar en experimentos de transferencia genética para obtener algún beneficio no detectable- es muy real.

La Agencia Mundial Antidopaje (AMA) prohibió el dopaje genético en 2003, pero algunos científicos predicen que probablemente su uso indebido en el deporte  aparecerá en las Olimpíadas de Beijing en 2008. En ese marco surgió el debate sobre el dopaje genético durante las Olimpíadas de Atenas en 2004. Lamentablemente, como el debate ha estado dominado hasta ahora por el pánico moral sobre el estado de los deportes, muchas consideraciones éticas y cuestiones importantes han quedado excluidas.

Las políticas relativas al dopaje genético no deben depender sólo de los intereses y las infraestructuras de las organizaciones deportivas. En particular, el mundo del deporte debe aceptar los comités de vigilancia de la tecnología genética creados por las naciones. Un simple modelo basado en la prohibición y los análisis de la modificación genética no serán bastantes, suponiendo que sea posible siquiera detectarla.

Además,  los comités de ética deben tener en cuenta las circunstancias especiales de los deportes, que limitan la eficacia de políticas sociales más amplias sobre la modificación genética. Una vez más, la regulación no debe depender de un solo organismo mundial. Como han revelado claramente los debates éticos relativos a las investigaciones sobre  las células madre, no se puede adoptar fácilmente una política mundial ni imponer su cumplimiento ni tampoco se debe.

Ante todo, no es aceptable que el mundo del deporte imponga una concepción moral sobre el papel de la tecnología de mejora genética a las naciones que deseen participar en las Olimpíadas, sin aplicar un extenso y permanente proceso consultivo que acompañe  su decisión normativa. No puede entrañar la creación de grupos de trabajo que participen sólo de boquilla en el debate ético, sino que debe permitir a las organizaciones no deportivas crear su propio marco normativo para la regulación del “dopaje genético” y, en sentido más amplio, la utilización de la información genética.

Así, pues, las políticas que rigen la transferencia genética en los deportes deben quedar supeditadas a los intereses bioéticos y biolegales más amplios que reconocen el cambio del papel desempeñado por la genética en la sociedad. La retórica que rodea al “dopaje genético” depende en gran medida de su estatuto moral como una forma de hacer trampa. Sin embargo, ese estatuto depende de la vigente reglamentación antidopaje. Si no prohibimos la transferencia genética, para empezar, en un nivel no será hacer trampas.

En cualquier caso, calificar a los atletas genéticamente modificados de mutantes o inhumanos es moralmente sospechoso, pues invoca el mismo tipo de prejuicio que deploramos en relación con otras características biológicas, en particular la raza, el sexo y la discapacidad. Al fin y al cabo, muchos atletas de los más destacados, si no la mayoría, están genéticamente muy bien dotados “de forma natural”. Calificar a esas personas de mutantes inspiraría criticas sin lugar a dudas.

Quienes temen que el dopaje genético anuncie el “fin de los deportes” deben reconocer, al contrario, este momento como una oportunidad para plantear cuestiones difíciles y decisivas sobre la eficacia y la validez de los análisis antidopaje. ¿Interesa de verdad a la sociedad la mejora de los resultados en el deporte?

Puede parecer una pregunta radical, pero el avance en la investigación ética depende del conflicto de creencias y valores. Durante muchos años, los comentaristas han expresado preocupaciones por la tendencia al dopaje en el deporte selecto. Sin embargo, la tendencia antidopaje es igualmente alarmante, porque entraña un compromiso dogmático que limita la capacidad para el debate crítico sobre lo que de verdad importa en el deporte.

Si a las autoridades antidopaje les preocupan de verdad los deportes, tienen el deber de reexaminar los valores fundamentales en que se basa su labor. Deben empezar a imaginar qué pasaría si el hijo de un ser humano genéticamente modificado deseara llegar a ser un atleta selecto. Entonces podrían mostrarse, como mínimo, menos inclinados a imponer al padre la estrecha posición moral del mundo de los deportes.

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