Friday, October 31, 2014
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La crisis de refugiados de Irak

Entre los muchos desastres humanitarios generados por la guerra civil que hoy arrasa a Irak hay uno que es casi invisible. Pocas veces las escenas del desplazamiento masivo de la población civil llegan a las pantallas de nuestros televisores porque, a diferencia de las bombas y los ataques suicidas, el desplazamiento no produce la sangre, el fuego o los gritos que conforman una cobertura apremiante. Sin embargo, las cifras son alarmantes: cada mes, unos 40.000 iraquíes huyen de sus hogares por la guerra. La mitad de ellos van a otras partes de Irak; el resto, al extranjero.

A decir verdad, la población de Irak se está desangrando. Esta devastación es aún más dramática porque, desde la invasión hace cuatro años, sólo 3.183 iraquíes han sido reasentados en terceros países. Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, todos los países en conjunto le ofrecieron la oportunidad de iniciar una nueva vida a aproximadamente la misma cantidad de refugiados iraquíes que huyen del país en apenas cinco días.

Este éxodo no es nuevo, pero desde la mayor violencia que siguió al bombardeo de la Mezquita Dorada chiíta en Samarra en febrero de 2006, el ritmo del desplazamiento se aceleró. De hecho, éste es el mayor desplazamiento de población en Oriente Medio desde 1948.

Dos millones de refugiados iraquíes están diseminados por la región, la gran mayoría de ellos en Jordania y Siria, y una menor cantidad en Turquía, Líbano y Egipto. Como son refugiados urbanos -no están albergados en carpas, sino que se fusionan con la población local en los países anfitriones-, se los ignora fácilmente.

Para Irak, se trata de una fuga de cerebros que será difícil de enmendar. El país tenía una población total de 26,8 millones de habitantes, y ahora cerca del 13% están desplazados; muchos tal vez nunca regresen. Pero, ¿qué pasa con ellos?

El mes pasado, viajé a cuatro países de Oriente Medio para reunirme con refugiados y conocer sus historias y opciones. En Amman, Damasco, Estambul y Beirut conocí a decenas de personas que tienen un miedo fundamentado de persecución en su país natal. Hablé con una peluquera que había sido violada por ser cristiana. Oí la historia del dueño de una licorería cuyo hijo de un año había sido secuestrado y decapitado. Conocí a un taxista chiíta cuyo padre había sido asesinado en Najaf pocos días antes. Conversé con un ingeniero sunita cuya vinculación con una empresa de construcción norteamericana lo convierte en un blanco de los extremistas, y con un traductor de la minoría cristiana mandea que escapó por poco de la muerte cuando la sede de las Naciones Unidas en Bagdad fue bombardeada en agosto de 2003. La mayoría de las personas con las que hablé eran pobres y no tenían esperanzas en el futuro. Ninguna quiso que utilizara sus nombres.

Los refugiados que están en el país de primer asilo suelen contar con tres opciones posibles: regresar a su país natal, intentar integrarse en el país anfitrión o ser reasentado en un tercer país. Ahora bien, ¿los iraquíes realmente tienen estas tres opciones? ¿Alguien que vea los informes de la carnicería diaria en Irak puede imaginar a los iraquíes regresando a su país?

La respuesta es no. Si el Parlamento en Bagdad, uno de los edificios más protegidos del país, puede ser atacado desde adentro, entonces ninguna zona en Irak es verde; son todas rojas. La repatriación de iraquíes no es real y definitivamente es impensable en el futuro previsible.

La mayoría de los iraquíes tampoco puede optar por la integración local. Es verdad, Jordania y Siria les permiten la entrada a la mayoría de los iraquíes, pero no les ofrecen la posibilidad de una absorción local perdurable. Los iraquíes no pueden devenir residentes permanentes y no tienen permisos de trabajo o acceso a los servicios de salud pública. En Jordania, los chicos iraquíes no pueden asistir a las escuelas públicas. No es una cuestión de mala voluntad por parte de estos países; es que simplemente no pueden permitirse ampliar estos servicios. Es necesario ayudarlos a hacer frente al influjo de refugiados, pero no se trata de una solución duradera.

Esto nos deja frente a la tercera posibilidad --la del reasentamiento. Pero, para esta opción, los países con programas de refugiados tradicionalmente generosos deberían ofrecer más lugares para recibir a iraquíes. Estados Unidos es un mal ejemplo: sólo 692 refugiados han sido aceptados desde la invasión, aproximadamente la cantidad de iraquíes que son asesinados por semana. En febrero, la administración Bush anunció que este año les ofrecerá asentamiento a 7.000 refugiados iraquíes. Si Estados Unidos cumple con esta promesa, sería un gran paso hacia delante, pero Estados Unidos, que lideró la intervención en Irak, ahora debería encabezar la asistencia a las víctimas.

Si Estados Unidos no tomara la delantera, la única esperanza es que otros países sean más generosos. Los refugiados iraquíes son una crisis que no se puede ignorar: la comunidad internacional debe aliviarle la carga a los países en la región y ofrecer, al mismo tiempo, oportunidades de reasentamiento a muchos más entre los iraquíes más vulnerables.

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