WASHINGTON, DC – Desde su revolución islámica de 1979, el liderazgo de línea dura de Irán pintó implacablemente a Estados Unidos como una potencia racista y sedienta de sangre inclinada a oprimir a los musulmanes del mundo entero. Nada resiente más esta narrativa que la elección de un afronorteamericano, Barack Obama, quien respalda el diálogo con Irán y cuyo segundo nombre -Hussein- es el de la figura central del Islam chiíta. Si bien las políticas de la administración Bush muchas veces sirvieron para aglutinar el paisaje político dispar de Irán contra una amenaza común, una presidencia de Obama podría acentuar las profundas divisiones internas del país.
Aunque los conservadores intolerantes actualmente ejerzan un firme control del gobierno de Irán, los moderados y reformistas entre la élite política -dormida pero no muerta- pueden resucitar con la victoria de Obama. Fueron barridos del poder por la línea dura que utilizó la nerviosa sensación de seguridad del país -acentuada por la presencia de decenas de miles de tropas norteamericanas en los países vecinos- como un pretexto para manipular elecciones, ahogar el disenso y revertir las libertades políticas y sociales. Pero los reformistas probablemente planteen un desafío drástico para el presidente Mahmoud Ahmadinejad en su búsqueda de una reelección en junio de 2009.
De la misma manera, para la población joven de Irán -la menos antinorteamericana en Oriente Medio-, hoy existe una renovada esperanza de reconciliación con Estados Unidos, algo que parecía imposible durante los años de Bush. Si bien perdura el escepticismo popular hacia las políticas norteamericanas, todavía existe un reconocimiento generalizado entre los iraníes de que su país nunca surgirá del aislamiento ni materializará su enorme potencial mientras su relación con Estados Unidos siga siendo adversa. El público iraní, marginado y desilusionado en los últimos años, está dispuesto a resurgir en la escena política.
Sin embargo, mientras que una mayoría de la población de Irán y un segmento considerable de su élite política reconocen que la cultura de la "muerte a Estados Unidos" creada en 1979 es obsoleta, círculos pequeños pero poderosos -tanto dentro de Irán como entre los aliados árabes del país- tienen intereses económicos y políticos arraigados para impedir un reacercamiento con Estados Unidos. Internamente, la línea dura iraní reconoce que una mejora de los vínculos con Estados Unidos podría catalizar reformas políticas y económicas que socavarían los cuasi monopolios de los que sacan provecho con el aislamiento del país.
Entre los aliados árabes como Hezbollah y Hamas, la perspectiva de un reacomodamiento diplomático norteamericano-iraní -en el que Estados Unidos cambie su estrategia frente a Irán e Irán modifique su estrategia hacia Israel- podría significar el fin de su principal patrón ideológico y fuente de financiamiento primaria.
Por esta razón, cuando comience un diálogo serio, si esto sucede, los detractores tal vez intenten torpedearlo profiriendo una retórica beligerante, apuntando a los soldados y los intereses norteamericanos en Irak o Afganistán o asegurándose de que "se descubra" un cargamento de armas proveniente de Irán en ruta al sur del Líbano o Gaza. Sus antecedentes a lo largo de los años en materia de sabotear cualquier posibilidad de progreso diplomático han sido considerablemente exitosos.
El tenor de las relaciones entre Estados Unidos e Irán dependerá enormemente del líder supremo iraní, el ayatollah Ali Khamenei, de 69 años. Este hombre es más poderoso que nunca, ya que las instituciones más importantes del país -la Guardia Revolucionaria, el Consejo de Guardianes, la presidencia y el parlamento- actualmente están liderados por individuos que o bien fueron directamente designados por él, o bien le son leales de manera incondicional.
Si la historia sirve de guía, un cambio dramático en las prácticas de política interna y exterior de Irán es improbable mientras Khamenei permanezca al timón. Su trayectoria de 20 años revela a un líder adverso al riesgo que no busca ni la confrontación ni la conciliación. Khamenei es profundamente desconfiado de las intenciones norteamericanas, ya que está convencido de que el objetivo supremo de Estados Unidos -más allá de quién sea el presidente- no es un cambio de actitud sino un cambio de régimen en Irán.
Una tarea importante de la administración Obama será sondear la verdadera disposición de Khamenei. A pesar de las apariciones públicas, ¿aspira secretamente a una relación más amigable con Estados Unidos? ¿O cree que la enemistad hacia Estados Unidos es necesaria para retener los ideales de la revolución y la legitimidad de la República Islámica? ¿Acaso una estrategia más moderada por parte de la administración Obama podría engendrar una respuesta más conciliatoria por parte de Khamenei? La única manera de poner a prueba estas hipótesis es a través de un diálogo directo entre Estados Unidos e Irán.
En último término, nuestras expectativas respecto de la capacidad de Obama para influir en las relaciones entre Estados Unidos e Irán deberían ser realistas. Estados Unidos puede y debe dejarle en claro a Irán que está deseoso de dejar a un lado 30 años de desconfianza mutua y hostilidad, y de establecer un nuevo tono y contexto para la relación. Esto exigirá un esfuerzo sostenido y una enorme paciencia, pero podría ser inmensamente beneficial para los intereses estratégicos de Estados Unidos.
Si bien Irán puede no estar dispuesto a cambiar su relación con Estados Unidos, incluso un intento infructuoso por parte de Estados Unidos de tender la mano es meritorio. Si se torna evidente que la línea dura de Irán -no Estados Unidos- es el principal impedimento para que imperen mejores relaciones, la élite interna y la oposición popular podrían resultar fortalecidas, al mismo tiempo que podrían crearse resquebraduras potencialmente importantes e impredecibles dentro del sistema político iraní.


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