Monday, November 24, 2014
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Favorecer lo evitable

Tal vez sea una excesiva volubilidad o quizás el resultado de la volatilidad financiera mundial en los últimos años –crisis en México en 1994-95, Asia oriental en 1997-98, Rusia en 1998 y después en el Brasil, Turquía y la Argentina–, pero los economistas estamos más preocupados por los asuntos monetarios y posibles desastres futuros que durante muchos decenios anteriores.

Este mes, el Banco de Pagos Internacionales (BIS), radicado en Suiza, ha sido el último en expresar su preocupación por los riesgos financieros que el mundo parece estar creando para el futuro. “Todos los países afectados por crisis financieras... experimentaron un brusco parón”, dice el BIS refiriéndose al pasado reciente. Después cita “los desequilibrios mundiales en las balanzas de pagos por cuentas corrientes”, en particular “el déficit exterior de los Estados Unidos”, considera algo “sin precedentes que un país con una divisa de reserva tenga un déficit de la balanza de pagos por cuenta corriente de esa magnitud”. En resumen, el mundo se ha vuelto “cada vez más propenso a las turbulencias financieras”.

El BIS sugiere la posibilidad de una crisis financiera que, con los Estados Unidos en su centro, empequeñecería por al menos un orden de magnitud todas las que ha habido desde 1933. Sin embargo, como reacción ante ese riesgo, el BIS publica las recomendaciones normales de los libros de texto. Los países cuyas políticas y economías están desequilibradas deben cambiar de políticas para restablecer el equilibrio: “Los países con déficit deben reducir la tasa de aumento del gasto nacional por debajo de la producción nacional. Permitir que sus divisas se deprecien en términos reales volvería más competitivos sus productos y también aportaría un incentivo para que la producción pase de los artículos no comerciables a los comerciables.

Ése es el código de cortesía de los economistas correspondiente al mensaje de que los Estados Unidos deben reducir gradualmente su déficit presupuestario, mientras que otros países –como China y el Japón- deben dejar gradualmente que el valor del dólar baje y el de sus divisas suba. De modo que el BIS no propone nada nuevo o que atraiga la atención de forma particular.

Pero, si nos fijamos en el gobierno de los Estados Unidos, vemos un enorme fingimiento, en el sentido de que el actual déficit presupuestario no es un problema. Como ha comentado Stan Collender, conocido observador del presupuesto federal de los Estados Unidos, “nadie con atribuciones en materia de presupuesto federal parece en realidad interesado en el presupuesto”. No se debe a que “los comités presupuestarios estén demasiado ocupados... El Congreso y el Senado... no están haciendo gran cosa... [porque] no quieren”. Dentro del gobierno de Bush, el Director de la Oficina de Gestión y Presupuesto Josh Bolten “ha estado prácticamente invisible”, mientras que “el Presidente y el Vicepresidente... rehúyen la posibilidad de hablar en público sobre el presupuesto”.

Hablemos claro a ese respecto: no es que los políticos que desean tomar la iniciativa en materia de consolidación fiscal no encuentren apoyo, sino que no hay políticos –al menos ninguno con influencia en la fijación del programa de gobierno– que estén intentando orientar a los Estados Unidos hacia una política fiscal más responsable.

Se trata de un fallo grotesco de los dirigentes. Los gobiernos que aplican políticas que crean desequilibrios insostenibles –ya se trate de la falta de rigor fiscal de los Estados Unidos o del pretexto del tipo de cambio de China- lo hacen por razones políticas que consideran importantes. Los llamamientos para que cambien de políticas y, por tanto, contribuyan al bien común mundial de la estabilidad financiera son inútiles, a no ser que se vea a otros hacer lo propio y actuar responsablemente y, por tanto, contribuir también al bien común.

La coordinación de las políticas internacionales requiere un dirigente, un primer motor, pero, si bien los Estados Unidos, por ser la mayor economía del mundo, es el país más indicado para desempeñar ese papel, hasta ahora no lo ha hecho. El Secretario de Hacienda John Snow no ha dedicado prácticamente el menor tiempo para hablar en público sobre el presupuesto, y, en cambio, mucho a hablar sobre China. A los políticos republicanos les preocupan mucho menos los ahorros nacionales que las pérdidas de puestos de trabajo en el sector manufacturero.

“Entonces, ¿qué hay de nuevo?”, puede preguntar el lector... y con razón. La lista de asuntos en los que el gobierno de Bush ha dejado de dirigir es larga y el de no adoptar medidas para disminuir los riesgos de una futura catástrofe financiera no ocupa un puesto elevado en ella. Todo el gobierno de Bush ha sido una sucesión de ejemplos de falta de dirección, conque, ¿por qué insistir en su deficiente gestión financiera?

Desde un punto de vista puramente práctico, una razón es la de que la de velar por la estabilidad financiera mundial es una cuestión en la que resulta relativamente fácil lograr avances reales. Al gobierno de Bush  puede no importarle que la reducción del déficit sea la política idónea para los Estados Unidos, pero puede importarle mucho más si esa cuestión constituye un requisito previo para que haya cambios en el extranjero que disminuyan la presión de las importaciones en el empleo del sector manufacturero nacional.

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