Thursday, September 18, 2014
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El islam democrático de Indonesia

NUEVA YORK – Uno de los fines, tan importante como todos los demás, de la visita de “Barry Obama”, el apodo que recibe en Indonesia el ex residente y actual Presidente de los Estados Unidos, a Yakarta es el de celebrar los logros del mayor país con mayoría musulmana del mundo. En los doce años transcurridos desde su transición a la democracia, Indonesia ha celebrado regularmente elecciones locales y nacionales, ha desarrollado un mercado libre que funciona y ha fortalecido su cultura de tolerancia con las minorías cristiana, hindú, budista y china.

De los diez miembros de la Asociación de Naciones del Asia Sudoriental, sólo Indonesia recibe la clasificación de “libre” por parte de la Freedom House. Las Filipinas, con mayoría católica, la budista Tailandia y la confuciana Singapur van a la zaga de Indonesia en la concesión de derechos democráticos básicos a sus ciudadanos. Así, pues, las autoridades americanas han dirigido la vista a Indonesia como modelo para el resto del mundo musulmán, pero, ¿qué enseñanzas se desprenden de la democracia indonesia?

La más importante es la de que las organizaciones islámicas pueden constituir la columna vertebral de una sociedad civil tolerante. Muhammadiyah y Nahdlatul Ulama (NU), instituciones islámicas de masas con más de 30 y 40 millones de miembros, respectivamente, regentan más de 10.000 escuelas y centenares de hospitales, además de organizaciones juveniles y movimientos de apoyo a las mujeres. Las dos tienen vínculos con partidos políticos, la mayoría de los cuales se han pronunciado en pro de la democracia y contra un Estado islámico.

De hecho, Syafi’i Ma’arif, ex presidente de Muhammadiyah, ha formulado argumentos pluralistas, basados en el Corán, contra la obediencia ciega a la jurisprudencia islámica clásica. Abdurrahman Wahid, ex presidente de la NU, abogó durante decenios por el respeto al pluralismo religioso y desempeñó un papel decisivo en la movilización de la oposición democrática al dirigente autoritario Suharto. Un tercer intelectual islámico, Nurcholish Madjid, pidió la “desacralización” de la política en el decenio de 1970, abogó por la democracia multipartidista genuina en el decenio de 1990 e instó a Suharto a dimitir en 1998.

Indonesia demuestra también que el islam puede prestar apoyo a los derechos de las mujeres. Entre la comunidad activista de Yakarta, las organizaciones más logradas son las que reciben apoyo de las secciones femeninas de Muhammadiyah y NU: Muslimat, Fatayat y Aisyiyah. La ex jefa de Fatayat, Maria Ulfah Anshor, ha formulado argumentos basados en el fiqh para el acceso de las mujeres a los derechos reproductivos. Y, gracias a una colaboración entre el Estado y los eruditos islámicos que se remonta a cuarenta años atrás, Indonesia tiene uno de los más logrados programas de planificación familiar del mundo en desarrollo.

Resulta irónico que los Estados Unidos hayan contribuido tanto a bloquear las actividades de los activistas pro derechos humanos como a apoyarlas. Con las restricciones de fondos del Presidente George W. Bush a los programas de salud que utilizaban los condones u otras formas de contracepción, las organizaciones islámicas que reciben alguna financiación de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) no pudieron publicar material en el que se fomentaban las relaciones sexuales seguras y la planificación familiar.

Esa actitud podría ser –y con frecuencia es– muy contraproducente. En un caso particularmente absurdo, un grupo de feministas musulmanas que escribieron un libro en pro de los derechos de las mujeres basados en la exégesis coránica tuvieron que publicarlo en secreto, porque en él figuraban argumentos en pro de los derechos reproductivos de las mujeres y un pequeño porcentaje de la financiación del grupo procedía de una fundación que había recibido dinero de la USAID.

El hecho de que las organizaciones islámicas hayan beneficiado a las mujeres puede contribuir también a explicar el éxito político de las mujeres indonesias. El 18 por ciento de los diputados al Parlamento son mujeres (porcentaje ligeramente mayor que el del Congreso de los EE.UU.) y una mujer, Megawati Sukarnoputri, fue el cuarto presidente del país. Organizaciones destacadas como Umar, Fatayat y Mulimat desmienten la generalizada opinión de que la sharia obstaculice necesariamente el adelanto de la mujer.

De hecho, las mujeres indonesias han demostrado que la sharia puede constituir un instrumento para luchar contra las políticas misóginas. Por ejemplo, el jefe del departamento de Asuntos Islámicos del Ministerio de Religión, Nasaruddin Umar, se considera feministas islámica y ha publicado críticas sutiles del prejuicio sexual en la exégesis coránica.

La religión impregna casi todos los aspectos de la vida en Indonesia, incluida la política, pero los partidos políticos que abogan por la aplicación de la sharia han perdido terreno en las sucesivas elecciones de 1955 a 2009. Los partidos que aún apoyan la sharia han desaparecido prácticamente o han cambiado de plataforma. En lugar de apoderarse del Estado, los partidos islámicos se han visto obligados por el electorado a modificar sus políticas para adaptarse al pluralismo indonesio.

Tal vez la forma mejor de ayudar a los musulmanes no sea el intento de transplantar instituciones de Indonesia a Oriente Medio o dar ayudar a moderados que cuenten con “la aprobación americana”, sino simplemente escuchar más detenidamente las voces del islam indonesio.

Pero resulta difícil de hacer. Casi ninguno de los escritos de los intelectuales que han sido decisivos para la democratización y los derechos de la mujer en Indonesia –por ejemplo, Abdurrahman Wahid, Nurcholish Madjid, Syafi’i Ma’arif, Siti Musdah Mulia y Maria Ansor Ulfah– ha sido traducido al inglés. Tal vez resulte más lamentable que no haya sido traducido al árabe.

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