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La envidia que siente la India por Israel

NUEVA DELHI – Mientras los aviones y tanques israelíes provocan una enorme cantidad de bajas en Gaza, los líderes y pensadores estratégicos de la India han estado observando con un inusual grado de interés -y con cierta empatía.

El gobierno de la India, para sorpresa de nadie, se sumó al resto del mundo en el llamado a poner fin a la acción militar, pero sus críticas de Israel no se hicieron oír. Ya que, mientras Israel demuestra nuevamente su determinación de terminar con los ataques a sus civiles perpetrados por militantes con base en territorio controlado por Hamas, muchos en la India, todavía azorados por los horrores de los atentados de Mumbai en noviembre, se vienen preguntando: ¿por qué no podemos hacer lo mismo?

Para muchos indios, la tentación de identificarse con Israel se vio fortalecida por el ataque terrorista al Centro Judío de Mumbai (la casa Lubavitcher Chabad) y el doloroso reconocimiento de que la India e Israel comparten muchos  enemigos. La India, con su fuerte población musulmana de 150 millones de habitantes, durante mucho tiempo fue un gran defensor de la causa palestina y sigue incondicionalmente comprometida con un estado palestino independiente. Pero los atentados de Mumbai confirmaron lo que se había vuelto evidente en los últimos años: las fuerzas del terrorismo islámico global sumaron a los indios a su blanco de "judíos y cruzados" repudiados.

De la misma manera que Israel fue atacada con frecuencia por cohetes desde el otro lado de la frontera con Gaza, la India sufrió repetidos ataques de parte de asesinos entrenados, equipados, financiados y dirigidos por elementos con base en la puerta de al lado, en Pakistán. Cuando la secretaria de Prensa del presidente George W. Bush comparó a los miembros de Hamas con los asesinos de Mumbai, sus comentarios circularon profusamente en la India.

Sin embargo, allí terminan los paralelismos. Israel es un país pequeño que vive en estado de sitio permanente, altamente consciente de la seguridad y rodeado por fuerzas hostiles a él; la India es un país gigante cuyas fronteras son notablemente permeables, una sociedad abierta conocida por sus modos laxos y tranquilos.

Mientras que muchos consideran la actitud dura de Israel como su característica principal, los propios ciudadanos de la India lo ven como un estado blando, cuyo territorio frágil es penetrado fácilmente por terroristas denodados. Mientras que Israel visiblemente exige una retribución sombría por cada ataque a su suelo, la India toleró con estoicismo aletargado una serie interminable de ataques con bombas, inclusive al menos seis ataques importantes en diferentes lugares sólo en 2008. El terrorismo se ha cobrado más vidas en la India que en cualquier país del mundo después de Irak y, sin embargo, a diferencia de Israel, la India se mostró incapaz de hacer algo al respecto.

Es más, mientras que el principal adversario de Israel actualmente es Hamas, la India enfrenta un lodazal de organizaciones terroristas -Lashkar-e-Toiba, Jaish-e-Mohammad, Jamaat-ud-Dawa y más-. Pero, mientras que Hamas opera sin un reconocimiento internacional desde Gaza -y su legitimidad es cuestionada incluso por la Autoridad Palestina-, quienes atormentan a la India operan desde Pakistán, un miembro soberano de las Naciones Unidas. Y eso marca toda la diferencia.

Hamas no está en condiciones de devolver los ataques aéreos y terrestres de Israel con la misma moneda, mientras que un ataque indio sobre territorio paquistaní, incluso un ataque que apuntara a bases y campos de entrenamiento terroristas, invitaría a una pronta represalia de parte del ejército paquistaní. Israel puede dictar los términos de su incursión militar y terminarla cuando quiera, mientras que una acción militar india inmediatamente desataría una guerra con un vecino muy bien armado que ningún bando podría ganar. Y, al final del día, un hecho escalofriante le impediría a la India pensar que podría guiarse por el manual israelí: el país que condona, si no fomenta, los atentados terroristas contra la India es una potencia nuclear.

De manera que la India recurrió a la comunidad internacional con evidencia que demostraba que los atentados de Mumbai fueron planeados en Pakistán y perpetrados por ciudadanos paquistaníes que mantuvieron contacto con efectivos en Pakistán de principio a fin de la operación. Mientras que el gobierno de la India había albergado brevemente la esperanza de que la prueba pudiera permitir que el débil gobierno civil de Pakistán controlara a los elementos malignos de su sociedad, la reacción de las autoridades paquistaníes fue la de negación.

Sin embargo, nadie duda de que la poderosa inteligencia militar de Pakistán, en las últimas dos décadas, creó y respaldó organizaciones terroristas como instrumentos de la política paquistaní en Afganistán y la India. Cuando la embajada de la India en Kabul fue atacada por un atacante suicida el pasado mes de julio, las fuentes de inteligencia norteamericanas revelaron que no sólo la Inteligencia Inter-Servicios de Pakistán (ISI) había estado detrás del ataque, sino que hizo escasos esfuerzos por cubrir sus pistas. La ISI sabía perfectamente bien que la India no entraría en guerra con Pakistán para vengar la matanza de su personal diplomático.

La realidad es que la India sabe que la guerra no logrará nada. De hecho, es exactamente lo que quieren los terroristas -una causa que arríe a todos los paquistaníes a la bandera y le ofrezca al ejército de Pakistán una excusa para abandonar la impopular lucha contra los talibán y Al-Qaeda al oeste por el terreno más familiar de la frontera india al este-. El gobierno de la India no ve ninguna razón para hacerle el juego a quienes buscan ese resultado.

Aún así, cuando los indios ven cómo Israel entabla la lucha contra el enemigo, matando a quienes lanzaron cohetes en su contra y desmantelando muchos de los sitios desde donde volaron los cohetes, algunos no pueden resistir el deseo de poder hacer algo similar en Pakistán. La India entiende, sin embargo, que el daño colateral sería demasiado alto, el precio en vidas civiles inaceptable y los riesgos de que el conflicto entre en una espiral descontrolada demasiado elevados como para contemplar una opción de esta naturaleza. De modo que los indios depositan su confianza en una diplomacia internacional y ven, con una desilusión mal disimulada, cómo Israel hace lo que ellos mismos nunca se permitirían hacer.

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