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Elogio del euroescepticismo

BRUSELAS – La UE carece de una estrategia coherente sobre muchas cuestiones. Sólo tiene políticas económicas fragmentarias con Rusia y ambiciones, pero no un plan, con vistas a participar en las políticas relativas a Oriente Medio y, pese a su iniciativa original respecto del Protocolo de Kyoto, carece de un programa sobre el cambio climático que lo suceda y la cuestión más importante de todas –cómo abordar a China, la India y otros gigantes del futuro- apenas ha recibido atención de los encargados de la adopción de decisiones en el nivel de la UE.

Esas cuestiones requieren atención ahora y un elemento de la búsqueda por parte de la UE de nuevas estrategias mundiales debe ser la de solicitar –en lugar de evitar– las críticas de sus actividades. Para que la UE deje de mirarse el ombligo y mire al horizonte, debe conciliar las muy diferentes opiniones que existen a lo largo de Europa sobre su papel en el mundo y sus intereses fundamentales, lo que significa abordar los matices de la opinión pública que la Comisión Europea y el Parlamento Europeo consideran “euroescépticos”.

Naturalmente, la presión contraria es la de que los funcionarios de la UE no se sienten queridos ni apreciados. Hay una actitud casi de baluarte entre muchos funcionarios superiores, quienes temen que, si se avivan las llamas del disenso entre los votantes de Europa, podría llegar un día en que desbarataran la unidad de Europa.

El euroescepticismo representa todo lo que desagrada a los eurócratas. Les preocupa que los políticos y los periodistas que se oponen a sus estrategias en pro de una unión económica y política más estrecha lleguen a inclinar la balanza de la opinión pública en contra de la UE. Los políticos euroescépticos elegidos como diputados al Parlamento Europeo reciben el trato desdeñoso que los creyentes fieles reservan para el infiel.

Sin embargo, resulta ridículo pensar que los euroescépticos representan una mayoría silenciosa que pudiera alzarse y destruir la UE. El apoyo popular al proyecto europeo apenas ha flaqueado a lo largo de los 25 últimos años e incluso ha comenzado a aumentar últimamente.

A comienzos del decenio de 1980, cuando Europa flaqueaba y el latiguillo de los medios de comunicación era “euroesclerosis”, el 50 por ciento de las respuestas a las encuestas del Eurobarómetro consideraban positiva para su país la pertenencia a la UE. El 19 por ciento, aproximadamente, dijo que sus efectos eran negativos y el resto no sabía. En la actualidad, el apoyo global a la UE representa el 57 por ciento y el porcentaje de los descontentos con ella ha bajado hasta el 15 por ciento.

Actualmente no hay ningún país en el que los euroescépticos sean mayoría y la generalizada impresión de que los ciudadanos tanto de la Europa occidental como de la oriental están dando la espalda a la UE es errónea. La realidad es que, aunque los votantes pueden considerar distante a la UE, la mayoría reconocen la necesidad de que Europa esté unida en un mundo en el que China, la India y otros países en rápido desarrollo están empeñados en desafiarla.

Los eurócratas, tranquilizados por ese apoyo tan amplio, deberían fomentar un planteamiento mucho más pluralista de la adopción de decisiones y de los debates en la UE. La Comisión debería organizar debates públicos que concedieran el mismo relieve a las opiniones discrepantes. Los eurócratas deberían enterarse de que el euroescepticismo es fundamentalmente provechoso, porque incita a hacer un examen más detenido de las opciones políticas de que dispone Europa y, por tanto, aumenta la participación de los ciudadanos corrientes en el proceso de adopción de decisiones en la UE. Y una mayor participación propicia rápidamente una mejor comprensión de los asuntos en juego y las razones por las que se han aprobado políticas que desafían o anulan los poderes soberanos de los países.

Durante medio siglo, los integracionistas de Europa han intentado conseguir una aceptación incondicional de sus posiciones. Se trata de una pretensión que se debe abandonar. Probablemente hagan falta varias generaciones para que surja un sistema político viable a escala de la UE, pero el primer paso es el de que la UE aliente a los ciudadanos a dar su opinión, por incómoda que resulte.

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