JERUSALÉN – El 60° aniversario de Israel llegó y pasó, al igual que la última visita del Presidente George W. Bush al Medio Oriente. En medio de las celebraciones y los exámenes de conciencia, no se percibe un avance significativo en las estancadas negociaciones palestino-israelíes.
Hay motivos inmediatos para esto: el gobierno del Primer Ministro de Israel, Ehud Olmert, es débil e impopular, principalmente debido a la fallida guerra de 2006 contra Hezbollah en Líbano. La Autoridad Palestina bajo Mahmoud Abbas es aun más débil, al haber perdido el control de Gaza tras un violento putsch de Hamas el año pasado.
Del lado palestino, esto es parte de un fenómeno más profundo: la incapacidad desde hace mucho tiempo para crear las estructuras institucionales necesarias para crear un Estado. Por ejemplo, entre 1936 y 1939, un levantamiento palestino contra el dominio británico se deterioró hasta convertirse en una guerra civil, en la que murieron más palestinos a manos de sus hermanos que del ejército inglés o las fuerzas de autodefensa israelíes. Esto se está repitiendo ahora en Gaza.
Haciendo un repaso de los 60 años de participación estadounidense en la región, se pueden discernir dos escenarios en lo que Estados Unidos puede lograr un acuerdo entre los actores locales. En ausencia de estas condiciones, Estados Unidos es impotente a final de cuentas.
El primer escenario es cuando una guerra real amenaza con desbordarse y convertirse en un conflicto más amplio que desestabilice la región y las relaciones entre las grandes potencias. En esas condiciones, Estados Unidos puede detener el conflicto armado mediante medidas firmes e imponer un cese al fuego, si no es que la paz.
En 1973, al final de la Guerra del Yom Kippur, Israel estaba listo para rodear a todo el tercer ejército egipcio en el Sinaí. Sus tropas estaban en camino a El Cairo y amenazaban con infligir una derrota importante a Egipto. La intervención soviética se convirtió en una amenaza real. Unos cuantos mensajes duros del Presidente Richard Nixon detuvieron en seco a los israelíes y permitieron a los estadounidenses iniciar un largo proceso de distensión que condujo a una serie de acuerdos provisionales.
Igualmente, durante la invasión de Líbano en 1982, las tropas israelíes estaban a punto de entrar al sector occidental musulmán de Beirut después de que agentes sirios asesinaran al Presidente electo pro-israelí Bashir Gemayel. Esto probablemente habría provocado que Siria interviniera en la guerra. Unas cuantas llamadas severas del Presidente Ronald Reagan al Primer Ministro Menachem Begin lo impidieron.
Durante la primera Guerra del Golfo, cuando Iraq lanzó 39 misiles Scud contra objetivos civiles israelíes y las fuerzas estadounidenses no pudieron detener los ataques iraquíes, Israel se disponía a golpear objetivos de ese país, lo que habría dividido la coalición árabe-estadounidense contra Iraq. Estados Unidos advirtió a Israel que no se debía involucrar e Israel se vio obligado a obedecer.
En todos estos casos la participación estadounidense fue rápida y se concentró en un objetivo claro, y se pudo verificar el cumplimiento en cuestión de días, si no es que de horas. En situaciones tan dramáticas es donde el poderío de Estados Unidos es más fuerte.
El otro escenario es cuando ambos bandos ya han iniciado pláticas bilaterales de paz, han pagado el precio político interno y han llegado a acuerdos en la mayoría de los temas, aunque algunas cuestiones queden sin resolver y amenacen con frustrar el proceso. En esos casos, Estados Unidos puede intervenir y, mediante el uso del palo y la zanahoria, hacer que ambas partes hagan un mayor esfuerzo.
Después de la visita de Anwar Sadat a Jerusalén en 1977, Israel y Egipto negociaron durante un año y llegaron a acuerdos en la mayoría de los temas: paz, relaciones diplomáticas y el retiro total de Israel de todos los territorios egipcios ocupados en el Sinaí. En este momento, el Presidente Jimmy Carter –quien en un principio se había opuesto al proceso—invitó a ambas partes a Campo David para elaborar un tratado de paz.
En 1993, en negociaciones bilaterales secretas que se llevaron a cabo en Noruega (sin que los estadounidenses lo supieran), Israel y la OLP llegaron a un acuerdo sobre el reconocimiento mutuo y la creación de una Autoridad Palestina Autónoma. No obstante, algunos temas quedaron sin resolver. El Presidente Bill Clinton intervino y convenció a ambas partes de que resolvieran sus diferencias.
Cuando no existe alguno de estos dos escenarios, las iniciativas estadounidenses nacen muertas. Eso le sucedió a Clinton en Campo David en 2000, cuando no logró que el Primer Ministro israelí, Ehud Barak, y el Presidente de la OLP, Yasser Arafat, alcanzaran un acuerdo, y a la hoja de ruta de Bush en 2003, cuando ambas partes estuvieron de acuerdo en principio con sus líneas generales pero hicieron poco para aplicarlas.
Sin voluntad política local, y cuando se enfrenta a un proyecto de paz cuya conclusión puede tomar años, Estados Unidos es prácticamente impotente. Es muy efectivo como cuerpo de bomberos o como partera, pero no como promotor. Esto se aplica aún más en el caso de la Unión Europea, cuyo “poder blando” no puede contrarrestar su falta de credibilidad a nivel local.
La misma dinámica se puede encontrar en otros lugares: a pesar de todo su poder, Estados Unidos no ha podido resolver los conflictos en Chipre, Bosnia o Kosovo. El Plan Annan fracasó en Chipre debido a la oposición de un partido; los avances actuales (el paso pequeño pero simbólico de abrir el cruce de la calle Ledra en el centro de Nicosia) reflejan los cambios políticos internos del bando chipriota griego. Igualmente, si Belgrado cambia su postura estrepitosa sobre Kosovo, ello no se deberá a la presión de Estados Unidos o la Unión Europea, sino a los cambios políticos internos en Serbia.
Reconocer los límites del poder estadounidense no significa que Estados Unidos sea irrelevante: puede estabilizar un conflicto, ayudar a encontrar medidas de creación de confianza y negociar acuerdos provisionales. Pero al final, en el caso del conflicto palestino-israelí, como en cualquier conflicto entre dos movimientos nacionales, la clave está en manos de los actores locales. Ningún conflicto nacional ha sido resuelto jamás por potencias extranjeras, por buenas que sean sus intenciones.


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