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Un retorno a Afganistán

by Anna Husarska

KABUL – Como si el conflicto armado entre las fuerzas del Gobierno de Afganistán apoyadas por la coalición encabezada por los Estados Unidos por un lado y los talibanes por otro lado no fuera bastante, Afganistán afronta una crisis que quisiera que fuese un éxito: el “gran regreso”.

Desde Jalalabad hasta Herat–de hecho, por todo Afganistán del norte– se pueden ver las señales de los afganos que regresan del exilio: son los coloridos camiones pakistaníes que transportan vigas y ventanas, puertas y camas de madera;. las esposas y niños sentados encima.

La escala del desplazamiento fue enorme: en el momento culminante del éxodo, hasta seis millones de afganos vivían fuera del país, principalmente en Pakistán y Irán. Las tres cuartas partes, aproximadamente, de ellos huyeron después de la invasión soviética en 1979, mientras que cantidades menores escaparon del gobierno del Presidente prosoviético Najibullah o de la posterior guerra civil –que duró del 1992 al 1996– entre los diversos bandos de muyahidines y después del gobierno de los talibanes. Algunos –que habían apoyado a los talibanes– huyeron después de que sus dirigentes fueron derrocados, cuando la Alianza del Norte entró en Kabul en noviembre de 2001.

Desde entonces, más de 3,5 millones de refugiados afganos han vuelto ya a sus hogares. Aun así, los que aún siguen fuera de las fronteras de Afganistán constituyen el mayor contingente de refugiados del mundo y también hay muchos afganos emigrantes, en particular en Irán.

En Pakistán se encuentran la mayoría de los refugiados afganos restantes, tal vez hasta 1.900.000. Cuando en 2007 se hizo un registro de todos los refugiados afganos en Pakistán, casi la mitad de ellos vivían en campos de refugiados. Tres decenios después de que se crearan, esos “campos” son ahora pueblos con casas de barro y altos muros que rodean los recintos.

Como las tres cuartas partes de los refugiados tienen menos de 28 años de edad, la mayoría de ellos nunca han visto la patria de sus padres. Nacieron y se criaron en Pakistán y la mayoría hablan sólo pashto, una de las dos lenguas oficiales de Afganistán. El pashto es la lengua que hablan las tribus a los dos lados de la línea Durand, la frontera trazada al final del siglo XIX por los gobernantes coloniales británicos de la India. A pesar de esos vínculos étnicos y de haberlos albergado durante 30 años, Pakistán no permite oficialmente a los afganos integrarse en la vida local. No tienen posibilidades de obtener la ciudadanía ni permisos de trabajo ni acceso a los servicios de salud y educación. De modo que su única opción válida es el “regreso”.

La región fronteriza entre Pakistán y Afganistán es el escenario principal de la “guerra contra el terror”. Allí encontramos Tora Bora, el último domicilio conocido de Osama ben Laden. La volátil situación de la zona brinda al Gobierno de Pakistán un argumento más para insistir en la repatriación de todos los refugiados... porque, dadas sus complicadas lealtades tribales, pueden constituir una amenaza para la seguridad interior.

Según los acuerdos tripartitos entre los gobiernos de Pakistán y de Afganistán y el organismo de las Naciones Unidas para los refugiados, el ACNUR, se van a cerrar cuatro de los mayores campos en Pakistán y todos los afganos que viven en ellos serán repatriados. Si bien en teoría la repatriación debe ser segura y voluntaria, la realidad es diferente. Con frecuencia el regreso es peligroso y, como los otros posibles lugares son casi inhabitables, se trata de una opción inducida.

Después de muchas negociaciones, las autoridades pakistaníes acordaron una transacción. Un campo –Katcha Ghari– ya está cerrado y en 2008 sólo se cerraría el mayor de los campos restantes: Jalozai, que llegó a tener 110.000 habitantes. Unos días después del 15 de abril, fecha en que expiraba el plazo, llegaron las excavadoras y arrasaron las tiendas, previamente desmanteladas por los comerciantes afganos que se marchaban. Al comienzo de mayo de 2008, los regresos desde Pakistán ascendían a 20.000 personas a la semana y de los 70.000 afganos que regresaron desde el comienzo del año hasta el final de mayo 50.000 procedían, según los datos del ACNUR, del campo de Jalozai.

Pero, mientras los funcionarios de todos los países interesados, incluidos los Estados Unidos, no reconozcan que Afganistán es peligroso y no está preparado para absorber el “gran regreso”, no podrán empezar a adoptar medidas para remediar la situación y garantizar que las repatriaciones sean seguras y voluntarias.

Anna Husarska es asesora superior de políticas del Comité Internacional de Rescate.

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