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Crossing Cultures by Ian Buruma |
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The Statesmen's Debate by Castaneda, Haass, Rocard |
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Anatomy of the Global Economy by J. Bradford DeLong |
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Economics and Justice by Jeffrey D. Sachs |
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Finance in the 21st Century by Roubini, Shiller |
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The Ethics of Life by Peter Singer |
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Transatlantic Perspectives by Feldstein, Sinn |
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Against the Current by Robert Skidelsky |
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Awakening India by Shashi Tharoor |
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The Next Wave by Naomi Wolf |
El editorial publicado el 6 de julio en el periódico colombiano Diario del Sur (“Una bofetada a la violencia”) fue extático: “Nunca antes, a pesar de la violencia que nos ha agobiado durante tantos años, Colombia había vivido una jornada como la de ayer: histórica e inolvidable en todos los aspectos”.
Al mediodía del 5 de julio, colombianos de todo el país salieron a las calles a mostrar su indignación por la noticia de que los rebeldes izquierdistas habían asesinado a 11 políticos provinciales que tenían secuestrados. Los participantes formaron una cadena humana y vistieron camisas blancas. Mis colegas en la capital, Bogotá, y en el sur del país, en donde tenemos proyectos humanitarios, comentan que todo el mundo ondeaba pañuelos blancos. En todas partes se soltaron globos blancos. Las agencias de prensa calculan que, con una participación de más de un millón de personas, esta ha sido la manifestación pública de protesta más grande desde octubre de 1999, que también –tristemente- fue una manifestación en contra de la violencia y los secuestros.
Pero, mientras que el asesinato de los 11 congresistas de la región de Cali –atribuido a los rebeldes izquierdistas- generó consternación e ira, no hay consenso en cuanto a cómo resolver el problema crónico del “secuestro”. Algunos colombianos exigen un “acuerdo humanitario” –un intercambio de prisioneros por secuestrados- y rechazan la solución de rescate a “sangre y fuego”. Otros se oponen a “ceder territorio” (el establecimiento de una zona desmilitarizada donde pudiera llevarse a cabo dicho intercambio) y exigen al gobierno ¡“firmeza, siempre firmeza”! (que se muestre “firme” y persiga a los rebeldes).
Como suele suceder en los conflictos armados, los civiles son lo que más sufren. La protesta del 5 de julio nos recordó los 3000 secuestros que ha habido desde que inició este conflicto hace cuatro décadas, pero los colombianos podrían formar cadenas humanas y soltar globos blancos por muchas otras razones.
Consideremos, por ejemplo, la sombría clasificación de Colombia como líder mundial en número de víctimas lesionadas por minas antipersonales. Según el “Landmine Monitor 2006”, en Colombia hubo 1110 víctimas el año pasado, en Camboya 875 y en Afganistán 848.
Este drama inadvertido es emblemático de la cobertura periodística insuficiente sobre el conflicto colombiano. En efecto, si hubiera una especie de índice combinado de la desesperanza, Colombia sería el líder indiscutible. La toma de rehenes y las muertes y mutilaciones debidas a las minas antipersonales no son sino los efectos colaterales de la guerra civil más antigua y de más larga duración en América Latina, que ha dado lugar a un desplazamiento interno de tres millones de personas –uno de los niveles más altos a nivel mundial, cercano al de Sudán, el Congo e Iraq.
Incluso si hubiera milagrosamente un final negociado a la lucha, las cicatrices del conflicto permanecerán. Así, además de ayudar al país a encontrar una solución política, también se necesita pensar en la reconstrucción y reconciliación a largo plazo de forma que se pueda enderezar las jóvenes vidas trastocadas por la guerra civil y se pueda rescatar a los niños de la influencia dañina de tanta violencia y derramamiento de sangre.
En el sur de Colombia –donde la fuerte presencia de grupos armados ilegales hace que la paz sea un sueño lejano- fui a visitar una escuela secundaria como parte de una misión de evaluación de necesidades. Después de cuatro horas de recorrer un camino de tierra llegué a una aldea en las montañas. Los adolescentes inteligentes y simpáticos estaban ansiosos por aprender a navegar en Internet, que acababa de ser conectada en su escuela.
Pero cuando le pregunté a cinco de ellos qué querían ser de grandes, comprendí que este conflicto los ha marcado de por vida. Las carreras con las que sueñan son: abogado, investigador criminal, médico forense y soldado. El quinto quería ser químico para poder establecer un laboratorio de cocaína. Los proyectos de los adolescentes sencillamente reflejan una triste realidad: estos estudiantes son la segunda generación que no ha conocido más que la guerra.
El día de la marcha en contra de la violencia, junto al editorial del periódico Diario del Sur, había una encuesta de una sola pregunta: “¿Usted cree que la seguridad (en la capital departamental) ha mejorado en lo que va de este año?" Más del 90% dijo “no”. Por eso, miles salieron a las calles para ser tomados en cuenta.
Quizá sea un principio.
Anna Husarska es asesora política en el Comité Internacional de Rescate. www.theIRC.org
Copyright: Project Syndicate, 2007.
www.project-syndicate.org
Traducción de Kena Nequiz