CHICAGO – En su reunión más reciente en Toronto esta primavera (boreal), el G-20 acordó no acordar. Aunque la economía mundial necesita desesperadamente un reequilibrio, su declaración fue, de manera intencional, lo suficientemente vaga como para ajustarse a cualquier conjunto de políticas internas que los países pudieran elegir. Todos se fueron pensando que habían ganado, pero el mundo en términos generales salió perdiendo.
El comercio mundial está altamente desequilibrado. Los hogares en Estados Unidos, después de haber gastado demasiado, ahora está agobiados por las deudas. Los exportadores en Europa y Asia se han vuelto excesivamente dependientes de las ventas a Estados Unidos y otras economías hoy debilitadas como España y el Reino Unido. Las acciones miopes que se tomaron de ambos lados han ayudado a afianzar un patrón de comportamiento a más largo plazo que sólo dificulta alejarse del equilibrio insostenible de hoy.
Como siempre, el cambio altera el status quo cómodo y los intereses que se benefician de él. Por ejemplo, el lobby inmobiliario en Estados Unidos obviamente no tiene deseos de que se reduzca el respaldo gubernamental al sector de la vivienda, a pesar de que Estados Unidos probablemente tenga mucho más stock inmobiliario de lo que se puede permitir. De la misma manera, el lobby exportador en China no tiene ningún interés en un renminbi fuerte, aunque la intención de China a largo plazo sí es permitir que su moneda se aprecie.
Seguimos esperando que de alguna manera las reuniones de los jefes de Estado mágicamente generen las políticas que reequilibren el comercio mundial. Desafortunadamente, los cambios macroeconómicos que los países deben implementar implican acciones con las que ni siquiera los jefes de Estado pueden comprometerse.
Ningún presidente estadounidense puede acordar unilateralmente alterar el patrón de respaldo y gasto gubernamental; esa es una decisión del Congreso. De la misma manera, ningún presidente chino puede acordar unilateralmente permitir que el renminbi se aprecie más rápido; esa es una decisión consensuada a la que llegan conjuntamente los varios funcionarios del Consejo del Estado y del Partido Comunista. Es más, las reformas necesarias tanto en Estados Unidos como en China van mucho más allá de estas dos medidas. Requieren cambios profundos y esenciales.
De modo que estamos atrapados entre un patrón de demanda global financieramente insostenible y la necesidad de cambios políticamente difíciles en las políticas internas de muchos países. La política siempre es local, y no existe ningún electorado local para la economía global, de manera que lo que termina imponiéndose suele erosionar aún más los desequilibrios globales.
El G-20 le solicitó al Fondo Monetario Internacional que preparase un mapa de ruta para las políticas que los países tendrán que seguir a fin de restablecer un crecimiento global estable. Pero ni el G-20 ni el FMI pueden imponer su voluntad a los gobiernos nacionales –ni tendrían por qué hacerlo-. ¿Cómo podemos, entonces, ir más allá de las reuniones ritualistas que poco hacen para imponer una agenda global?
Obviamente, necesitamos más respaldo político para esa agenda. Quizá organizaciones no gubernamentales (ONGs) como Oxfam o Madres contra las Minas Terrestres sugieran una manera de lograrlo. Estos movimientos utilizan la presión desde abajo para convencer a los líderes políticos de que existe un respaldo doméstico para un acuerdo internacional.
La capacidad de los movimientos de base para influir en la política va a aumentar. A medida que el poder de Internet se propaga por los sitios de redes sociales y políticas, y conforme la democracia virtual crece, esta influencia de abajo hacia arriba probablemente se incremente. Quienes quieren influir en los líderes políticos deben acostumbrarse a convencer a sus maestros, el pueblo, de manera directa.
Desafortunadamente, es difícil que las ONGs existentes puedan adoptar la causa de popularizar la coordinación de políticas económicas globales. A diferencia del hambre o las minas terrestres, la causa de la rectificación de los desequilibrios en el comercio global no afectará lo suficiente al público como para atraer las donaciones necesarias para mantener las ONG a flote.
Sin embargo, existe una organización que podría hacer la tarea: el FMI. Si el FMI reorientara una porción sustancial de sus actividades a influir en las personas influyentes dentro de la población mundial, podría tener mucho más impacto del que tiene hoy en la política macroeconómica global, especialmente en las políticas que siguen los países que no necesitan sus préstamos.
El FMI actualmente no está bien equipado para esta misión. Si quiere mejorar su capacidad de persuasión, debe aprender a parecerse más a los activistas de las bases, con una prosa vigorosa, recomendaciones de políticas claras y argumentos aptos para la televisión. Debe llegar directamente al público –incluyendo a los partidos políticos, las organizaciones no gubernamentales y las figuras influyentes- en cada país, y explicar su postura. El Fondo también debe hacer más para mejorar su presencia en la web y en las aulas escolares y universitarias, especialmente porque los estudiantes suelen ser los más receptivos de las ideas sobre la ciudadanía global.
Por sobre todo, el Fondo debe cambiar la manera en que se lo percibe desde afuera. Debe ser visto como una institución que respeta la soberanía de cada país pero trabaja para el bien global. Para ello será esencial un proceso transparente y justo para llegar a sus recomendaciones de políticas, basado principalmente en una investigación económica y un análisis de datos convincentes. Los países tendrán que aceptar y facilitar el compromiso directo del FMI con sus ciudadanos influyentes siempre que esto se lleve a cabo de buena fe. La expresión del FMI de sus opiniones económicas a los públicos locales debería estar protegida entonces por un acuerdo internacional, como sucede con las embajadas y sus actividades.
Si podemos implementar estos cambios –y no debería minimizarse la magnitud de la tarea-, quizá cuando los líderes del G-20 se reúnan en el futuro no pensarán que sus ciudadanos tienen escaso interés en el resultado. Por el contrario, tendrán un mandato político para ocuparse concienzudamente del bienestar de la economía global.


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