Thursday, July 31, 2014
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¿Cuánto debería importar el sexo?

VARSOVIA/MELBOURNE – Jenna Talackova llegó a la fase final para la selección de la candidata a Miss Universo por el Canadá el mes pasado, antes de ser descalificada porque no era una mujer “nacida como tal de forma natural”. Esa alta y hermosa rubia dijo a los medios de comunicación que se había considerado mujer desde que tenía cuatro años de edad, había iniciado el tratamiento hormonal a los catorce y se había sometido a una operación quirúrgica de cambio de sexo a los diecinueve. Su descalificación plantea la cuestión de lo que de verdad significa ser una “Miss”.

El caso de un niño de Los Ángeles de ocho años de edad que es una mujer anatómicamente, pero se viste como un niño y quiere que se los considere tal, planteó una cuestión de importancia más general. Su madre intentó en vano matricularlo en una escuela privada como niño. ¿De verdad es tan esencial que cada uno de los seres humanos sea etiquetado como “hombre” o como “mujer”, de conformidad con su sexo biológico?

Las personas que cruzan los límites del sexo padecen una clara discriminación. El año pasado, el Centro Nacional para la Igualdad Transexual y la Organización Nacional de Gays y Lesbianas publicaron una encuesta según la cual la tasa de desempleo entre los transexuales es el doble de la de las demás personas. Además, el 90 por ciento de los encuestados que tenían un empleo informaron sobre alguna forma de malos tratos en el trabajo, como, por ejemplo, acoso, ridiculización, comunicación inapropiada de información sobre ellos entre los supervisores y los compañeros de trabajo o problemas con el acceso a los aseos.

Además, los transexuales pueden ser objeto de violencia física y acoso sexual a consecuencia de su identidad sexual. Según el Observatorio de Asesinatos de Transexuales, al menos once personas fueron asesinadas en los Estados Unidos el año pasado por esa razón.

Los niños que no se identifican con el sexo que se les asignó al nacer se encuentran en una situación particularmente incómoda y sus padres afrontan una disyuntiva difícil. Aún no disponemos de los medios para convertir a niñas en niños biológicamente normales o viceversa. Aunque pudiéramos hacerlo, los especialistas desaconsejan dar pasos irreversibles para convertirlos en el sexo con el que se identifican.

Muchos niños exhiben un comportamiento transexual o expresan el deseo de ser del sexo opuesto, pero, cuando se les ofrece la opción del cambio de sexo, sólo unos pocos se someten al procedimiento completo. La utilización de fármacos que bloquean el funcionamiento de las hormonas para retrasar la pubertad parece una opción aceptable, pues ofrece tanto a los padres como a los niños más tiempo para decidirse a dar ese paso que entraña un cambio de vida.

Pero el problema más general sigue siendo el de que las personas que no están seguras de sus identificación sexual, que alternan su identificación entre un sexo y el otro o tienen a la vez órganos sexuales femeninos y masculinos no encajan en la dicotomía normal hombre/mujer.

El año pasado, el Gobierno de Australia abordó el problema al facilitar pasaportes con tres categorías: masculino, femenino e indeterminado. El nuevo sistema permite también a las personas elegir su identidad sexual, que no tiene por qué coincidir con el sexo que se les asignó al nacer. Ese abandono de la rígida caracterización habitual es una muestra de respeto a las personas y, si se llega a adoptar ampliamente en otros países, librará a muchas personas del fastidio de explicar a los funcionarios de inmigración la discrepancia entre su aspecto y el sexo registrado en su pasaporte.

No obstante, podemos preguntarnos si de verdad es necesario que preguntemos a las personas con tanta frecuencia de qué sexo son. En la red Internet, nos comunicamos a menudo con personas cuyo sexo no conocemos. Algunas personas atribuyen mucha importancia al control de la información sobre ellas que se hace pública. Así, pues, ¿por qué las obligamos, en tantas situaciones, a decir si son hombres o mujeres?

¿Será el deseo de conocer dicha información un residuo de una época en la que las mujeres estaban excluidas de una gran diversidad de funciones y cargos y, por tanto, se les denegaban los privilegios que los acompañan? Tal vez la eliminación de las ocasiones en las que se formula esa pregunta sin un motivo válido no sólo facilitaría la vida a aquellos a quienes no se puede incluir en categorías estrictas, sino que, además, contribuiría a reducir la desigualdad en el caso de las mujeres. También podría prevenir injusticias que a veces padecen los hombres: por ejemplo, respecto del disfrute de la licencia parental.

Podemos imaginar, además, que, en los casos en los que las relaciones homosexuales son legales, los obstáculos que se oponen al matrimonio de gays y& lesbianas desaparecerían, si el Estado no obligara a los cónyuges a declarar su sexo. Lo mismo sería aplicable a la adopción. (De hecho, existe cierta documentación de que tener dos lesbianas como padres brinda a un niño un mejor comienzo en la vida que ninguna otra combinación.)

Algunos padres están oponiendo ya resistencia a la pregunta tradicional sobre “niño o niña”, al no revelar el sexo de su hijo después del nacimiento. Una pareja de Suecia explicó que quería evitar que su hijo se viera obligado a “encajar en un molde sexual concreto”, por considerar que es cruel “traer un niño al mundo con un sello azul o rosa en la frente”. Una pareja canadiense se preguntó por qué “debe conocer todo el mundo lo que hay entre las piernas del niño”.

Jane McCreedie, autor de Making Girls and Boys: Inside the Science of Sex, critica a esas parejas por haber llegado demasiado lejos. En el mundo tal como es actualmente, no deja de tener razón, porque el ocultamiento del sexo de un niño hará que se centre más la atención en él, pero, si ese comportamiento llegara a ser más común –o incluso a ser en cierto modo lo normal–, ¿qué tendría de malo?

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  1. CommentedRobert Murphy

    I believe that transgender people should be free to live as they choose and should not be subjected to discrimination, prejudice or violence. These are genuine social problems, and attempts should be made to solve them.

    However, it seems to me that much of the literature on the topic, including this article, is marred by a confusion between the terms ‘sex’ and ‘gender’. I understand the terms in the following way, and I believe they should be used in this way: a person’s biological sex is determined by the chromosomes he or she receives from the father at conception, and is a fundamental and unalterable part of that person’s identity. A person’s gender is a cultural artefact that is determined by clothes and hairstyle, among other things. These can easily be changed, and people should be allowed to do so. However, for the sake of intellectual clarity the distinction between the two terms should be maintained.

    If a person is born with the genitalia of one sex then there are no legitimate intellectual grounds for believing that that person does not belong to that sex. People should still be allowed to believe that they belong to the other sex, to live as if they do so, and to undergo treatment that makes them resemble a member of the other sex more closely. But these people’s beliefs about their sex should not be beyond criticism, just as religious people’s beliefs about their immortal souls are not. In both of these cases, the people in question have profound beliefs about their identity as individuals that contradict scientific evidence. I think the case is different when people are born with indeterminate genitalia. In these cases there are genuine scientific grounds for doubts about these people’s biological sex.

    To put my position another way, gender is a matter of choice, but sex is not. Being aware of one’s biological sex, and accepting it as a part of one’s identity, are necessary for a full and mature understanding of oneself, like accepting one’s age and being honest about it.

    It is true that there are situations in which the gender in which a person lives is more important than his or her biological sex. It is also true that in some situations, like the immigration one described in the article, neither is relevant. But there are other situations, namely medical ones, in which a person’s sex is relevant. Perhaps official documents should make it clear whether they are referring to a person’s sex or to his or her gender, and should only refer to either if it is necessary to do so.

    Incidentally, I consider myself a utilitarian, and I greatly admire Peter Singer, so it’s quite strange to find myself in disagreement with him.

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