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¿Cuánto se debe militarizar Japón?

¿Es tiempo de que Japón prepare sus armas y salga a defender la paz en el mundo? La simple idea todavía genera protestas en Asia -incluyendo a Japón, donde el apoyo popular a la constitución "pacífica" de posguerra sigue siendo fuerte. No obstante, las Fuerzas de Autodefensa de Japón, nombre por demás modesto, participan en muchas zonas de conflicto regionales (sin combatir, por supuesto) y buscan tener un papel más activo en las operaciones de mantenimiento de la paz de la ONU. Si alguna vez estallara una guerra en Asia, Japón está preparado actualmente para hacer mucho más que llenar los tanques de combustible.

Ya pasó el tiempo de hacer cambios modestos, porque las múltiples fracturas de la región del Asia-Pacífico afectan los intereses de las potencias grandes y de las emergentes de manera fundamental. El noreste de Asia contiene los últimos vestigios de la Guerra Fría: la división de la Península de Corea y la hostilidad a través del Estrecho de Formosa. El sureste de la región es un entorno geopolítico único con una amplia variedad de grupos étnicos, culturas y religiones en tensión -como lo demuestran los disturbios islámicos actuales en Tailandia.

Más allá de estas preocupaciones estratégicas convencionales, el surgimiento del terrorismo global y de la guerra en Irak refuerzan el sentimiento japonés de que el ambiente estratégico ha cambiado profundamente. El papel y las obligaciones de las Fuerzas de Autodefensa deben cambiar y diversificarse gradualmente, y su área de acción se debe ampliar.

Los conceptos dicotómicos puros como "tiempo de paz" y "tiempo de guerra" ya no son viables. El mundo se debe acostumbrar a un ambiente crepuscular de seguridad con emergencias súbitas y periféricas. Las leyes del Japón están preparadas para ese cambio, ya que las obligaciones de las Fuerzas de Autodefensa son relativamente claras en esas circunstancias. La "Ley sobre medidas especiales contra el terrorismo" permite a las Fuerzas de Autodefensa tomar parte en la lucha contra el terrorismo internacional, aunque la forma de participar se limita al apoyo logístico.

Las operaciones y obligaciones de las Fuerzas de Autodefensa tampoco están limitadas ya al territorio japonés y sus mares adyacentes. Desde que Japón envió dragaminas al Golfo Pérsico después de la guerra de 1991, las Fuerzas de Autodefensa han estado expandiendo sus actividades más allá de Japón y su área circunvecina en misiones de mantenimiento de la paz, operaciones de asistencia en emergencias, ejercicios militares multilaterales y apoyo naval para reabastecimiento de combustible en el Océano Indico. Se han enviado unidades de las Fuerzas de Autodefensa al sur de Irak para ofrecer ayuda humanitaria y apoyar los esfuerzos de reconstrucción.

Por supuesto, la obligación de las Fuerzas de Autodefensa de no participar en operaciones ofensivas de combate permanece igual. Sin embargo, con su papel ampliado, las Fuerzas de Autodefensa están bien preparadas para emprender otras operaciones militares como la persecución de barcos espía, actividades antiterroristas y misiones para prevenir la proliferación de armas de destrucción masiva y misiles balísticos. Los buques de guerra japoneses pueden ayudar en la supervisión de sanciones y a retirar minas. Sus naves y aviones pueden rescatar a nacionales varados.

Pero esos cambios graduales en las capacidades y políticas militares de Japón, aunque necesarios y eficaces, sólo se pueden sustentar mediante un consenso nacional sobre los intereses en materia de defensa del país. La exigencia de la comunidad internacional de que Japón participe directamente en la solución de las tensiones globales ha ayudado cambiando los términos del debate interno. El viejo impasse en los temas de seguridad se está relajando, y el pueblo japonés, que se ha dado cuenta de los cambios en el ambiente internacional, acepta en buena medida que se utilice a las Fuerzas de Autodefensa para cumplir con sus responsabilidades internacionales y regionales.

Todo ciudadano japonés puede tener su opinión, pero una clara mayoría parece estar de acuerdo en que el país debe convertirse en una nación destacada en la promoción de la seguridad internacional y regional, así como del crecimiento económico. Para lograr esos fines, se debe dotar a Japón de responsabilidades equivalentes a su poder nacional y al mismo tiempo asegurar la seguridad, la comodidad y la prosperidad del país y conservar la identidad japonesa del pueblo con orgullo y honor.

Alcanzar esas metas requiere el cumplimiento de varias condiciones. El liderazgo político de Japón debe basarse en una estructura política competitiva pero estable. Sólo un mandato político verdaderamente popular puede garantizar que el pueblo japonés tome conciencia plena de sus responsabilidades internacionales como nación influyente en la comunidad internacional.

El primer ministro Junichiro Koizumi parece entenderlo, y en consecuencia está emprendiendo discusiones sobre seguridad y defensa que buscan contribuir a la revisión del "Esquema de Programa de Defensa Nacional". Quienes tienen recuerdos amargos del comportamiento japonés de hace medio siglo pueden estar tranquilos; este debate es sobre cómo defender la paz, no sobre cómo promover la guerra.

A muchos de los vecinos de Japón les tranquilizaba el arreglo de la Guerra Fría mediante el cual Estados Unidos prometía defender a Japón, lo que eximía al país de la necesidad de contar con un ejército fuerte. La naturaleza unidireccional de esta alianza no era mucha molestia cuando Japón era sólo un país entre varios que se cobijaban bajo el escudo global de Estados Unidos. A medida que Japón prosperaba bajo la protección estadounidense, se enorgullecía de ser una potencia "civil", que utilizaba el comercio y la asistencia, no los tanques y los cañones, para promover la estabilidad.

Pero los Estados Unidos, con su guerra global contra el terrorismo, han perdido, justificadamente, el interés en llevar por sí solos las múltiples cargas militares de Asia. Por ello, es necesario que se vea que Japón está haciendo más para apoyar a su aliado inseparable, y para participar en los esfuerzos internacionales de mantenimiento de la paz en general. Un Japón rico y poderoso en una región tan peligrosa como el Asia oriental no puede seguir desempeñando papeles militares secundarios para siempre. La pregunta es si las Fuerzas de Autodefensa de Japón trabajarán junto con los Estados Unidos y el resto del mundo en defensa de la paz o si a la larga lo harán solas para defender a Japón.

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