El nuevo primer ministro palestino, Ahmed Qurei, se enfrenta a retos tremendos. Debe caminar entre las esquirlas de las constantes acciones militares israelíes en contra de los palestinos, la ambivalencia de los EU en cuanto a la hoja de ruta, y una multitud de grupos militantes palestinos que buscan venganza por cada uno de sus líderes asesinados. Este enfermizo círculo de violencia es demasiado predecible. No tiene por qué ser inevitable. Para romper la dinámica de los asesinatos israelíes seguidos de atentados suicidas palestinos, se requiere un cambio en la forma de pensar y de actuar..
La idea de que cualquiera de los bandos puede aplastar al otro y cantar victoria ha resultado ser un espejismo seductor y peligroso, que sólo ha dejado una estela de sangre y odio. Hay que hacerle entender a los líderes israelíes que los ataques preventivos y los asesinatos aumentan las probabilidades de que haya más atentados en contra de Israel, no menos.
Hasta ahora, el gobierno derechista de Sharon, que aparentemente sólo habla de la paz de dientes para afuera, está más que dispuesto a emprender acciones militares que sabe que conducirán a represalias palestinas. Como las acciones israelíes no logran disuadir a los palestinos, Israel sube la apuesta, con la esperanza de que con actos más duros e inhumanos los palestinos se rindan. Por el contrario, las acciones brutales de los israelíes lo único que producen son reacciones más decididas de los palestinos, y el ciclo de la muerte y la violencia continúa.
El gobierno de EU también debe cambiar su actitud. En lugar de decir que entienden que Israel se tiene que defender, la administración Bush debería adoptar una postura clara en contra de los asesinatos y los castigos colectivos israelíes, que ahora incluyen derribar viejos olivos y destruir edificios de ocho pisos. Deben terminar las restricciones a los desplazamientos y la continuación de las actividades de colonizaje. Si los estadounidenses logran que Israel acepte estas sencillas solicitudes, la situación podría ser favorable para un cese al fuego, que a su vez sería el preludio de un verdadero proceso de paz.
Hasta hace poco, los funcionarios israelíes se negaban en público y en privado a responder a la solicitud palestina de establecer un acuerdo de cese al fuego. En vez de eso, presionaban con la exigencia imposible de que la Autoridad Palestina desmantelara a los grupos militantes, cosa que Israel, con todo su poder, no ha logrado. Es seguro que habría una guerra civil si la Autoridad Palestina buscara aplastar a los militantes, cuando los ataques israelíes no cesan y cuando no hay avances en las pláticas de paz.
Cualquier acuerdo de paz requiere que ambas partes se abstengan de atacarse. Ese tipo de acurdos normalmente incluyen una cláusula que crea un mandato para observadores neutrales. Pero para que un acuerdo de cese al fuego se mantenga, inmediatamente después tiene que hacerse un esfuerzo concertado para producir una solución política a los asuntos que causaron que las partes beligerantes se atacaran mutuamente.
El hudna que diseñaron los grupos militantes y la Autoridad Palestina (con el conocimiento de los estadounidenses) claramente carecía de un componente importante: la aprobación israelí del acuerdo. La insistencia de Israel de continuar con su política de asesinatos condujo, predeciblemente, a una reacción violenta (un patrón de asesinatos seguidos de atentados suicidas en venganza y después más asesinatos, sin que ninguno de los bandos estuviera dispuesto a ceder).
Pero la creencia israelí de que un asesinato más hará que los palestinos se desmoronen, y la idea palestina de que un atentado suicida más provocará que los israelíes icen la bandera blanca han llevado a los dos bandos a un callejón sin salida. Mahatma Gandhi dijo alguna vez que ojo por ojo y diente por diente dejan al mundo ciego y desdentado. Hay que poner un alto a este juego de suma cero y regresar a una política cuerda basada en la razón, la reciprocidad y la voluntad de transigir.
El patrón de los últimos tres años demuestra que lo primero que hay que hacer es establecer un cese al fuego entre el gobierno de Israel (y todos sus órganos militares y de inteligencia) y la Autoridad Palestina (incluyendo a todas las facciones militantes). Ese acuerdo debe acabar con todos los tipos de ataques militares y armados, así como con los asesinatos, y tiene que estar supervisado por una tercera parte neutral, a saber, el cuarteto (EU, la ONU, la UE y Rusia) que diseño la hoja de ruta, que ya contiene disposiciones en cuanto a supervisores extranjeros.
Por último, un cese al fuego tiene que estar apoyado por negociaciones permanentes (de preferencia en secreto y con la participación de los EU) dirigidas a acabar con el motivo básico de la violencia (la ocupación de las zonas palestinas) y a resolver las cuestiones de las fronteras, los asentamientos, los refugiados y Jerusalén. En este contexto, Israel debe olvidarse de sus deseos de escoger a sus contrapartes negociadoras.
El presidente Yaser Arafat es el líder legítimamente electo del pueblo palestino. No puede haber negociaciones serias ni resultados duraderos si una de las partes veta a los representantes de la otra. La verdadera paz presupone un acuerdo entre enemigos, no entre amigos.
Todos los que están involucrados en los intentos para solucionar el conflicto palestino-israelí conocen el aspecto probable que presentará un acuerdo de paz entre ambas partes. En Taba, los negociadores palestinos e israelíes estuvieron muy cerca de alcanzar un acuerdo sobre todos los puntos principales a principios de 2001. La visión del presidente Bush de un Estado palestino libre e independiente, establecido en 2005, junto con un Estado de Israel seguro también podría utilizarse como referencia para nuevas pláticas.


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