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La apertura a China, entonces y hoy

Richard Holbrooke

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2008-12-14

WASHINGTON, DC – La apertura de Estados Unidos a China por parte de Richard Nixon y Henry Kissinger en 1971-72 fue un hito histórico. Menos famoso, pero igual de importante, fue el siguiente paso importante, dado por Jimmy Carter hace exactamente 30 años, que estableció relaciones diplomáticas plenas entre China y EE.UU. Sin esta acción, anunciada el 15 de diciembre de 1978, las relaciones entre China y Estados Unidos no habrían pasado de ser una conexión pequeña y de alto nivel con un plan de acción limitado.

Cuando dejaron sus cargos en 1977, el Presidente Gerald Ford y Kissinger dejaron tras ellos una relación incompleta y, por ende, inestable con China. Estados Unidos todavía reconocía a Taiwán bajo el nombre de República de China, como el único y legítimo gobierno de China.  A partir de 1972, Estados Unidos y China mantuvieron una pequeña "oficina de vínculos" en sus respectivas capitales, sin reconocimiento. Las comunicaciones oficiales eran muy limitadas, y el comercio bilateral anual llegaba a menos de mil millones de dólares. (Hoy llega a unos impresionantes 387 miles de millones de dólares).

Carter asumió el cargo esperando normalizar las relaciones  con China, lo que exigía hacer que el reconocimiento estadounidense pasara de Taiwán al continente. Algunos vieron esto como un simple reconocimiento de la realidad, pero de hecho era un inmenso paso que exigió habilidad diplomática y valentía política.

Había que encontrar una manera de que EE.UU., al tiempo que reconocía a China, siguiera tratando con el gobierno de Taiwán sin reconocer su pretensión de representar a China; lo que es más importante, Estados Unidos tenía que conservar su derecho a vender armas a Taiwán. Desde un punto de vista político, estaba el famoso lobby taiwanés, uno de los más poderosos en los Estados Unidos, dominado aún por el ala conservadora de la política estadounidense.

Encabezado por Barry Goldwater, el “Sr. Conservador” y principal contendor para la nominación republicana de 1980, el lobby taiwanés luchó hasta el último momento contra la normalización de las relaciones. Goldwater llevó sin éxito al gobierno estadounidense ante la Corte Suprema para cuestionar la medida de Carter; en las elecciones presidenciales de 1980, Reagan prometió a medias deshacer la normalización, sólo para abandonar esa postura una vez electo.

La saga se desenvolvió a lo largo de los primeros dos años de la administración Carter, completamente fuera de la vista del público, excepto por dos importantes viajes a China, uno del Secretario de Estado Cyrus Vance, y el otro por el Asesor de Seguridad Nacional Zbigniew Brzezinski. Increíblemente, quienes participamos en el proceso (en ese entonces yo era Secretario de Estado Asistente para Asuntos de Asia del Este y el Pacífico) pudimos manejar nuestras intensas negociaciones absolutamente en secreto.

Los chinos exigían una completa interrupción de todos los vínculos oficiales entre Taiwán y Estados Unidos, incluidas las armas de ventas. Sabiendo que un paso así sería tremendamente contraproducente en los Estados Unidos, buscamos una fórmula para proseguir con los contactos oficiales y las ventas de armas con Taiwán incluso después de quitarles el reconocimiento y poner fin al tratado de seguridad mutua ratificado durante los años de Eisenhower.

No hay precedentes de esto en las leyes estadounidenses ni internacionales. Bajo la asesoría del ex Fiscal general de Eisenhower, Herbert Brownell, los abogados del Departamento de Estado redactaron la Ley de Relaciones con Taiwán, una ley como ninguna otra en la historia de los Estados Unidos, que permitió a EE.UU. hacer negocios con Taiwán, incluidas las ventas de armas, sin reconocimiento.

Pero cuando explicamos a China por qué esto era necesario para reconocerlos, dieron pie atrás. Querían el comercio y los demás beneficios del reconocimiento, lo que habría beneficiado a ambas naciones en aquellos días de la Guerra Fría, cuando China era notablemente hostil a la Unión Soviética, con la que casi había entrado en guerra hacía unos cuantos años. Sin embargo, Taiwán seguía siendo un obstáculo enorme y aparentemente imposible de superar.

El paso adelante ocurrió a fines de 1978 y su momento fue cuidadosamente elegido por Carter para que fuera posterior a las elecciones legislativas de mitad de periodo. El factor más importante de este hito fue probablemente el surgimiento de Deng Xiaoping como nuevo líder chino. (Mao había muerto en 1976.)

Deng, que había sido obligado a usar un gorro de burro y denunciarse a si mismo durante la locura de la Revolución Cultural, había logrado el mejor retorno posible y, en la caída de 1978, finalmente logró acumular poder suficiente como para llegar a un acuerdo con los Estados Unidos: China no "aceptaría" las ventas de armas estadounidenses u otras actividades con Taiwán, pero seguiría adelante con la normalización de todos modos. Fue un ejemplo clásico de estilo negociador chino: firmes en cuanto a principios, flexibles en aspectos específicos.

Dejo mucho afuera, ya que se trató de una negociación muy complicada, pero esto fue la esencia de ella. En enero de 1979, Deng hizo su histórico viaje a EE.UU., que comenzó con una cena privada en la casa de Brzezinski y tuvo su punto más alto en la cena de estado más codiciada de los años Carter (también fue notable por ser la primera visita de Richard Nixon a Washington después de su renuncia; me senté en la mesa de Nixon y conservo un menú que todos firmaron esa noche.)

En la casa de Brzezinski, Deng habló de sus sueños de una China que sabía que no iba a vivir para ver. Creía que China podía avanzar de un salto los años que había pasado por alto, pero sólo con apoyo estadounidense. Estaba preparado para contener a la Unión Soviética, e incluso a acceder a instalar puestos secretos de escucha en las trayectorias de los misiles rusos por territorio chino.

Deng previó con precisión un vasto intercambio de estudiantes, tecnología moderna y comercio. Más que ninguna autoridad estadounidense, vio lo que se lograría con una apertura de China a los Estados Unidos. Pero ni siquiera él podría haber imaginado por completo lo que se desencadenó con el anuncio del 15 de diciembre de 1978, nada menos que la más importante relación bilateral del mundo actual.

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AUTHOR INFO

Richard Holbrooke, US ambassador to the United Nations in the Clinton administration, writes a monthly column for The Washington Post.