Friday, October 24, 2014
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Herbert Hoover y el Pacto de Estabilidad

A mediados de julio los excelentísimos ministros de finanzas de la Unión Monetaria Europea (UME) se reunieron para evaluar el estado económico de la eurozona. Cavilaron acerca del pronóstico económico más reciente, que proyecta este año para la eurozona un crecimiento del PGB de un patéticamente anémico 0.7%. Entonces, ministro tras ministro y sin excepción, todos decidieron que sus economías debían sufrir más de lo mismo, si no peor.

Reiteraron su compromiso con el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, que exige a los países de la eurozona elevar impuestos y recortar gastos, presionando aún más sus economías hacia la desaceleración. Este Pacto ya está enviando a Alemania a la recesión, y el gobierno de Italia está luchando por revisar sus predicciones de crecimiento lo suficientemente rápido como para seguir el ritmo de la caída de su producción. Pero aparentemente nada de esto es suficiente para que las autoridades reformulen sus prioridades.

Algunos ministros de finanzas de la UE todavía ven al Pacto de Estabilidad como la ``piedra angular'' de la UME. Otros hablan de la importancia de obedecer las ``reglas del juego'' . Otros más dicen que, si bien es evidente lo esencial de recuperar el crecimiento económico, esta recuperación debe ocurrir ``dentro del espíritu del Pacto''.

Desde el lado estadounidense del Atlántico, todas estas fundamentaciones parecen realmente incomprensibles.

La última vez que un gobierno de EEUU intentó asegurar un presupuesto equilibrado a las puertas de una recesión fue hace setenta años, durante la presidencia de Herbert Hubert, al comienzo de la Gran Depresión. Desde entonces, el consenso general en EEUU es que los períodos cíclicos de dificultades económicas requieren del uso de déficits presupuestarios para paliar sus efectos, estimular la demanda agregada e impulsar la recuperación.

Los economistas llaman a estos estímulos fiscales cíclicos ``estabilizadores automáticos''. Cuando los ingresos privados caen, también lo hacen los ingresos públicos. Si se cobran menos impuestos, es posible aumentar los ingresos disponibles para el gasto. Pero, lo que es más importante, cuando los ingresos privados caen, aumenta el gasto del gobierno en bienestar social, lo que anima la demanda, la producción, la inversión y el empleo. La caída de los impuestos y el aumento del gasto efectivamente hacen que el déficit presupuestario se agrande, pero de un modo saludable y útil.

En este lado del Atlántico, la utilidad de estos estabilizadores fiscales automáticos no ha sido cuestionada. Al contrario, cada vez que aparece la sombra de una recesión, el debate político gira en torno a si es necesario reforzarlos con estimulos adicionales , a través de una política fiscal discrecional. Nadie habla de cómo desacelerar más la economía, elevando los impuestos y recortando los programas de gasto. Ni los demócratas ni los republicanos tienen interés en estrangular la actividad económica. Este no es un tema partidista.

No es ni siquiera un asunto de disciplina fiscal. Cada vez que han surgido propuestas de algún tipo de enmienda a la Constitución de los EEUU en relación con el equilibrio presupuestario, usualmente quienes las han propuesto han incluido excepciones no sólo para los casos de guerra, sino también para las recesiones.

Sabemos cuáles son los orígenes del Pacto de Estabilidad y Crecimiento. Los países europeos del norte, particularmente Alemania y Holanda, se enorgullecían de mantener relaciones tradicionalmente moderadas de deuda a PGB y tasas de interés relativamente bajas. Estos países veían que las naciones de europa del sur (siendo Italia y Grecias las mayores preocupaciones) tradicionalmente habían tenido altas relaciones de deuda a PGB y tasas de interés nominal relativamente altas, debido a su supuesta tolerancia a la inflación.

Los países del norte temían que el gasto vía déficit por parte del sur crearía en último término una presión hacia la monetarización parcial de su deuda, a través de la inflación del euro. O, más precisamente, sus líderes temían que los inversionistas, temiendo la misma cosa, exigirían mayores tasas de interés. El Pacto de Estabilidad y Crecimiento se creó para mantener bajas las deudas públicas de Europa del sur, manteniendo así bajas las tasas de interés, al tranquilizar a los inversionistas con la seguridad de que las deudas nacionales nunca se elevarían lo suficiente como para generar presiones inflacionarias serias.

Pero si damos una mirada a los problemas económicos de la eurozona hoy, el peligro de que haya tasas de interés nominales altas en el largo plazo no figura ni siquiera entre las diez preocupaciones principales de los inversionistas. Al menos, no hay duda de que los inversionistas no temen que una deuda alta lleve a los gobiernos a avivar la inflación mediante la impresión de más dinero. Los problemas de la UE son una producción estancada, un alto desempleo estructural, un bajo crecimiento de la productividad, la injusta y dilapidadora Política Agrícola Común (PCA) y los próximos ajustes estructurales que exigirá la ampliación de la UE.

En cierto modo, es bueno que los ministros de finanzas de la eurozona estén ansiosos por mantener sus deudas bajas en el largo plazo: es un signo de que las victorias contra la inflación, logradas en los 70, no se echarán por la borda con facilidad.

Pero es peligroso obsesionarse con el pasado. No hay un camino más seguro hacia el desastre económico que ponerse anteojeras basadas en la historia. Como Herbert Hoover podría confirmar, cuando sólo vemos los problemas de política económica de hace una generación, nos arriesgamos a no ver los peligros que están justo frente a nuestros ojos.

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