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Redefiniendo "Occidente"

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2001-10-02
¿Qué entendemos por el término "Occidente"? Primero, es un territorio delimitado geográficamente que puede ser descrito como la región euroatlántica o euroamericana. Sin embargo, es de igual, si no de mayor importancia, definir al Occidente en términos de sus valores y de su cultura. Occidente ha tenido, en esencia, una historia económica y política compartida que emana de un conjunto de fuentes espirituales comunes. Por muchos siglos el carácter de su civilización y su ethos interno lo equiparon para ejercer una mayor influencia en otras regiones y eventualmente para determinar de manera desproporcionada el perfil actual del orden global.

Sin duda, ahora es aceptado que Occidente exportó al resto del mundo no sólo muchos logros maravillosos, sino también valores no tan merecedores de elogio, que resultaron en la eficaz liquidación de otras culturas, la supresión de otras religiones y el fetichismo de la incesante expansión económica a pesar de sus efectos cualitativos. Sin embargo, el factor clave en las presentes circunstancias --sobre todo para nosotros en lo que hasta hace poco era considerado el Este-- es que el Occidente también ha profundizado y propagado principios fundamentales como el gobierno de la ley, el respeto a los derechos humanos, un sistema político democrático y la libertad económica. A pesar de que muchos otros países ahora también profesan estos valores, pertenecen a otra área geográfica y, por tanto, aunque sea sólo por esta razón puramente externa, no se les puede considerar parte de Occidente.

Aún así, como ciudadano de un país postcomunista europeo, debo admitir que cuando escucho las exigencias al estilo mantra sobre nuestra afiliación occidental, la dirección occidental de nuestras políticas y la obligación que tienen las organizaciones occidentales, como la Organización del Tratado del Atlántico Norte y la Unión Europea, de ofrecernos una rápida admisión, me siento muchas veces algo incómodo. Hay un tono implícito tras esta retórica que me resulta inquietante.

Mi intranquilidad se funda en un juicio ignorado que define en parte los términos "Este" y "Occidente", por lo menos en nuestro ambiente postcomunista. El régimen soviético, tanto en la URSS como en sus satélites europeos, se caracterizó por la opresión física y espiritual, la dureza, la ignorancia, el monumentalismo vacío y un estado general de retraso, jactanciosamente presentado como progreso. Estos rasgos contrastaban de manera tan manifiesta con la cultura y la prosperidad del Occidente democrático que nos llevaron inevitablemente a percibir al Occidente como el bien y al Este como el mal. Por lo tanto, el término "Occidente" se volvió, tanto inconciente como intencionalmente, un sinónimo de avance, cultura, libertad y decencia. “Este”, por otro lado, se redujo a un sinónimo de subdesarrollo, autoritarismo y estupidez omnipresente.

No hace falta decir que el final de la división bipolar del mundo y el progreso de nuestra civilización a lo largo de la ruta que ahora llamamos globalización nos apremian a comprometernos en una forma radicalmente nueva de pensar acerca del futuro orden mundial. Entonces, la percepción implícita de la superioridad de Occidente y la inferioridad del Este es indefendible a la larga. Ningún territorio geográfico y cultural puede considerarse siempre, o como cuestión de principio, mejor a priori que ningún otro.

En efecto, creo que "Occidente" debe volverse poco a poco una palabra moralmente neutral de nuevo. En el futuro, no debe significar ni más ni menos que una región bien definida del mundo contemporáneo, una de las esferas de la civilización que se caracteriza por tener una historia, una cultura, una escala de valores y un tipo de responsabilidad comunes, así como por tener sus propios intereses específicos. Lo mismo también debería ser verdad para el "Este", a pesar de todos los problemas, evidentemente muy enraizados, que lo afligen ahora.

Mientras la palabra "Este" evoque una connotación peyorativa, y la palabra "Occidente" una afirmativa, será muy difícil construir un nuevo orden mundial en base a la igualdad entre las diversas regiones. No hay nada malo en ser parte de Occidente, ni hay razón alguna para no profesar esta afiliación.

Por otro lado, ser una persona o un país occidental no significa que se es superior a priori . Lo mismo debería valer para todas las demás entidades del mundo actual, y no hay ninguna razón para avergonzarse por la afiliación a ninguna de ellas. El respeto por otras identidades y la seguridad de que todas son iguales deben ser concomitantes del esfuerzo por forjar un orden mundial basado en la paz y la asociación genuinas, un orden que emane del compromiso universal con ciertos principios morales y políticos que son absolutamente fundamentales.

El tiempo de la dominación del hombre blanco, del europeo, del estadounidense o del cristiano sobre el mundo entero, ha terminado. Ahora estamos entrando a una nueva era, y es nuestro deber respetarnos mutuamente y trabajar juntos por el bien de todos.

Vaclav Havel es Presidente de la República Checa.

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AUTHOR INFO

Václav Havel (1936 – 2011) was the last president of Czechoslovakia (1989-1993), President of the Czech Republic (1993-2003), and the author of 21 plays, including Largo Desolato and The Garden Party, and the essays The Power of the Powerless, Living in Truth, and The Art of the Impossible.