Saturday, September 20, 2014
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¿Ha perdido Estados Unidos su empuje?

Cambridge – Uno sabe que la autoestima de Estados Unidos ha sufrido un remezón incluso antes de que el Presidente comience a expresar temores de que la crisis financiera pueda terminar resultando peor que la Gran Depresión de los años 30. George Bush no es el único al que le preocupa que las cosas puedan empeorar bastante antes de comenzar a mejorar. Cada vez más conocedores del mundo de los negocios también están comenzando a preguntarse si Estados Unidos será capaz de enmendar su economía en algún momento del futuro cercano.

Los previsores económicos profesionales son considerablemente más optimistas: en general, el consenso entre ellos es que el crecimiento estadounidense en 2009 será cerca del -1,5%, tras una contracción similar en la segunda mitad de 2008. Será una dolorosa recesión, pero lejos de la caída de la producción de entre un 10 y un 15% que normalmente se asocia con una depresión con todas las de la ley. Por supuesto, últimamente los analistas que realizan proyecciones económicas han sido demasiado optimistas en cada giro de la situación, por lo que es comprensible que el público se muestre receloso de sus predicciones.

La generalidad de pronósticos sigue pareciendo optimista. Con un sistema financiero que sobrevive gracias al respirador artificial, una caída constante de los precios de las viviendas y un desempleo en aumento, la economía de Estados Unidos parece más vulnerable que en ningún momento desde los años 70, y quizás desde la Segunda Guerra Mundial.

Aún así, cabe hacer notar que un crecimiento negativo del producto por más de dos años consecutivos es algo relativamente raro, incluso tras varias crisis bancarias. Puede que las relaciones estadísticas históricas sean un pálido consuelo en una recesión que hoy parece tan insidiosamente diferente a las catástrofes previas, pero no se las debería pasar por alto. Es posible que a Japón le haya tomado un tiempo inusitadamente largo recuperarse de su crisis de los 90, pero es una excepción: la crisis ocurrió cuando la economía japonesa debió reestructurarse de cara a los enormes desafíos que planteaba el surgimiento de China.

La total parálisis de políticas que ha predominado en el interregno entre los Presidentes Bush y Obama no ha sido de ayuda. La política económica estadounidense ha involucionado a una especia de "rueda de la fortuna"  para las firmas financieras. Un día se puede caer en la bancarrota, mientras que al otro pueden recibir un préstamo sin demasiadas obligaciones. Sólo cabe esperar que el equipo económico del Presidente electo Obama, lleno de pesos pesados, comience al menos a adoptar una política coherente. Por si sola, la coherencia sería un gran estímulo para la confianza.

Uno de los elementos básicos de un paquete de recuperación es, en primer lugar, un enfoque racional para volver a hacer arrancar el sistema financiero, lo que significa una determinación de precios de los activos ajustada al valor real del mercado, reestructurar y recapitalizar los bancos, y una nueva aproximación a la regulación que permita creatividad, al tiempo que proteja mejor al público contra parte de la locura que ha predominado por más de una década. Es necesaria la ayuda para la vivienda, para prevenir que los precios de las casas se disparen, así como un estímulo macroeconómico masivo que incluya una política monetaria moderadamente inflacionaria.

Varios gobernantes, entre los que destaca la Canciller alemana Angela Merkel, están comprensiblemente preocupados acerca de las consecuencias de largo plazo de un estímulo macroeconómico enérgico. Estas inquietudes son válidas, especialmente considerando el creciente papel de los gobiernos en la economía. Sin embargo, al igual que en tiempos de guerra, uno espera que estos efectos sean temporales. Además, ¿es la inacción una alternativa real?

Antes de los años 50, las caídas del producto de un 15 a un 20% en un solo año eran cosa rutinaria (aunque es cierto que la contabilidad del ingreso nacional era más primitiva). Varios economistas académicos señalan que simplemente deberíamos soportarlo como lo hicimos entonces. Las recesiones tienen efectos depuradores importantes que ayudan a facilitar las penosas reestructuraciones.

Sin embargo, los sistemas sociales, económicos y políticos de hoy en día –al menos en los países desarrollados- son incapaces de soportar una baja del producto del 15 al 20% en tiempos de paz dentro de un periodo breve. Sólo podemos esperar que el estado pueda salir de la economía la mitad de rápido que como entró. No obstante, la clara posibilidad de que el estímulo y la restructuración pueden funcionar es un motivo adicional para esperar que esta recesión que se profundiza no se transforme en una depresión abierta.

Puede que Estados Unidos sea la “zona cero” de la crisis financiera global, pero no es el único país cargado de dudas sobre si mismo. Gran Bretaña, Irlanda y España también están sufriendo crisis financieras de una magnitud similar. Algunos países que dependen de las exportaciones energéticas, como Rusia y Venezuela, están sufriendo contracciones de la actividad económica incluso peores. Hasta China, que antes parecía invulnerable, debe prepararse para una reducción a la mitad de su índice de crecimiento. Europa y Japón no se encuentran en problemas financieros tan complejos como el de Estados Unidos, pero aún así están en recesión. La economía mundial está en aprietos.

Sin embargo, del mismo modo como los optimistas fueron demasiado festivos durante el auge, es probable que los ultra-pesimistas vayan demasiado lejos al predecir que hay una depresión a la vuelta de la esquina. 2009 será un año difícil, ero -si es que no se produce una conflagración en gran escala- hay buenas posibilidades de que en 2010 veamos un débil crecimiento en Estados Unidos, Europa y Japón, y probablemente un sólido crecimiento en la mayoría de los mercados emergentes. Puede que la economía estadounidense haya perdido buena parte de su empuje, pero será necesaria mucha más mala suerte y una serie de meteduras de pata en las políticas económicas para llegar a una segunda Gran Depresión mundial.

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