Thursday, April 24, 2014
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Felicidad, dinero y donaciones

¿Se sentiría más feliz si fuera más rico? Mucha gente cree que sí. Pero la investigación realizada durante muchos años sugiere que una mayor riqueza implica una mayor felicidad sólo en niveles de ingresos muy bajos. Por ejemplo, la gente en Estados Unidos, en promedio, es más rica que los neocelandeses, pero no es más feliz. Peor aún, la gente en Austria, Francia, Japón y Alemania aparentemente no es más feliz que la gente en muchos países más pobres, como Brasil, Colombia y las Filipinas.

Las comparaciones entre países con diferentes culturas son difíciles, pero el mismo efecto aparece al interior de los países, excepto en niveles de ingresos muy bajos, como por debajo de los 12.000 dólares anuales en el caso de Estados Unidos. Más allá de ese punto, un incremento en el ingreso no influye demasiado en la felicidad de la gente. Los norteamericanos son más ricos de lo que eran en los años 50, pero no son más felices. Los norteamericanos que hoy están en el rango de ingresos medios –es decir, un ingreso familiar entre 50.000 y 90.000 dólares- tienen un nivel de felicidad casi idéntico al de los norteamericanos adinerados, con un ingreso familiar de más de 90.000 dólares.

La mayoría de las encuestas sobre felicidad simplemente le preguntan a la gente cuán satisfecha está con su vida. No podemos depositar demasiada confianza en estos estudios, porque este tipo de evaluación general sobre la “satisfacción en la vida” tal vez no refleje cuánto disfruta realmente la gente la manera en que pasa el tiempo.

Mi colega de la Universidad de Princeton Daniel Kahneman y varios investigadores que trabajan con él intentaron medir el bienestar subjetivo de la gente preguntándole por su estado de ánimo con diferentes intervalos durante un día. En un artículo publicado en Science el 30 de junio, informan que sus datos confirman que existe escasa correlación entre el ingreso y la felicidad. Por el contrario, Kahneman y sus colegas determinaron que la gente con mayores ingresos dedicaba más tiempo a actividades que están asociadas con sentimientos negativos, como la tensión y el estrés. En lugar de contar con más tiempo para el ocio, pasaban más tiempo en el trabajo y yendo a trabajar. Con más frecuencia atravesaban por estados de ánimo que describían como hostiles, enojados, ansiosos y tensos.

Por supuesto, la idea de que el dinero no compra la felicidad no es nueva. Muchas religiones nos enseñan que el apego a los bienes materiales nos vuelve infelices. Los Beatles nos recordaron que no podemos comprar amor con dinero. Hasta Adam Smith, que nos dijo que no es de la benevolencia del carnicero de donde obtendremos nuestra cena, sino de su preocupación por sus propios intereses, describía los placeres imaginados de la riqueza como “una decepción” (aunque se trate de una decepción que “genera y mantiene en continuo movimiento a la industria de la humanidad”).

De todos modos, hay algo paradójico en todo esto. ¿Por qué todos los gobiernos se concentran en aumentar el ingreso nacional per capita? ¿Por qué muchos de nosotros nos esforzamos por ganar más dinero, si eso no nos va a hacer más felices?

Tal vez la respuesta resida en nuestra naturaleza como seres intencionales. Evolucionamos de seres que tuvieron que esforzarse mucho para alimentarse, encontrar un compañero y criar hijos. En las sociedades nómades, no tenía sentido poseer algo que no se pudiera transportar, pero una vez que los seres humanos se asentaron y desarrollaron un sistema de dinero, esa limitación para la adquisición desapareció.

Acumular dinero hasta un cierto monto ofrece un resguardo para los tiempos de vacas flacas, pero hoy se ha convertido en un fin en sí mismo, una manera de medir el propio status o éxito y un objetivo al que echar mano cuando no se nos ocurre ninguna otra razón para hacer algo, pero nos aburriríamos no haciendo nada. Ganar dinero nos da algo para hacer que parece valer la pena, siempre que no reflexionemos demasiado en por qué lo estamos haciendo.

Consideremos, desde este punto de vista, la vida del inversor norteamericano Warren Buffett. Durante 50 años, Buffett, que hoy tiene 75 años, trabajó acumulando una gran fortuna. Según la revista Forbes , es la segunda persona más rica del mundo, después de Bill Gates, con activos de 42.000 millones de dólares. Sin embargo, su estilo de vida frugal demuestra que no encuentra un placer especial en gastar grandes sumas de dinero. Aunque sus gustos fueran más derrochadores, le costaría gastar más que una pequeña fracción de su riqueza.

Desde esta perspectiva, una vez que Buffett ganó sus primeros millones en los años 60, sus esfuerzos por acumular más dinero bien pueden parecer absolutamente inútiles. ¿Acaso Buffett es víctima de la “decepción” que describía Adam Smith, y que Kahneman y sus colegas estudiaron con más profundidad?

Coincidentemente, el artículo de Kahneman apareció la misma semana en que Buffett anunciaba la mayor donación filantrópica en la historia de Estados Unidos -30.000 millones de dólares para la Fundación Bill y Melinda Gates y otros 7.000 millones de dólares para otras fundaciones benéficas-. Incluso si se ajustaran por inflación las donaciones hechas por Andrew Carnegie y John D. Rockefeller, la de Buffett es superior.

Con una sola acción, Buffett le dio sentido a su vida. Como es agnóstico, su donación no está motivada por alguna creencia de que se verá beneficiado en otra vida. ¿Qué nos dice, entonces, la vida de Buffett sobre la naturaleza de la felicidad?

Quizá, como nos llevaría a pensar la investigación de Kahneman, Buffett pasó menos tiempo de su vida en un estado de ánimo positivo del que habría pasado si, en algún momento en los años 60, hubiera dejado de trabajar, hubiera vivido de sus activos y hubiera jugado mucho más al bridge. Pero, en ese caso, seguramente no habría experimentado la satisfacción que hoy puede sentir, con justa razón, ante la idea de que su esfuerzo y sus notables habilidades para la inversión ayudarán, a través de la Fundación Gates, a curar enfermedades que causan muerte e incapacidad a miles de millones de las personas más pobres del mundo. Buffett nos recuerda que hay algo más en la felicidad que estar de buen humor.

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