La victoria de los fundamentalistas de Hamas en las elecciones palestinas tendrá consecuencias transcendentales para la región, algunas de ellas totalmente inesperadas. Sin embargo, dos aspectos resultan ya visibles.
Por encima de todo, la victoria de Hamas es una señal del fracaso total de la dirección palestina tradicional a la hora de crear una comunidad política. Palestina aún no es un Estado, pero ya es un Estado fracasado.
Desde los Acuerdos de Oslo de 1993 entre Israel y la OLP, los palestinos han disfrutado de una limitada autonomía de transición. Desde luego, la nueva Autoridad Palestina (AP) pasó a ocupar el poder en condiciones difíciles, pero, ¿acaso hay algún nuevo movimiento de liberación que no afronte graves dificultades cuando por fin ha de gobernar?
La AP tuvo una oportunidad de poner los cimientos institucionales de un Estado que funcionara, pero, en lugar de proporcionar a la población la infraestructura necesaria –desarrollo económico, educación, asistencia social, servicios médicos, vivienda y rehabilitación de refugiados–, la AP de Yaser Arafat, dirigida por Al Fatah, gastó más del 70 por ciento de su escaso presupuesto en una docena de servicios de inteligencia y seguridad que competían entre sí y no se ocupó de las otras esferas de actividad. Creó lo que en árabe se llama un Estado de Mujabarat (servicios de seguridad), muy parecido al predominante en casi todos los países árabes: Egipto, Siria, Arabia Saudí, ya sean repúblicas o monarquías.
El vacío que la AP dejó en todo lo demás, incluida la esfera social, lo ocupó Hamas. De hecho, su popularidad no se debe sólo a su ideología islámica fundamentalista y a su compromiso con la destrucción de Israel. El alto concepto que los palestinos tienen de Hamas se debió a lo que éste hizo por ellos efectivamente, mientras la AP despilfarraba sus recursos.
No fue sólo la corrupción endémica de la dirección oficial palestina la que alejó a tantos palestinos de ella. Hamas creó mejores escuelas, jardines de infancia, guarderías para las madres, centros médicos, servicios de asistencia social y programas para los jóvenes y las mujeres, además de conceder subsidios a las familias de los suicidas que cometían atentados con bombas. En las elecciones, Hamas ha recibido su dividendo por haber hecho lo que la Autoridad Palestina, dirigida por Al Fatah, no ha hecho.
Lo que está por ver aún es si, cuando esté en el gobierno, Hamas se volverá más pragmático y menos comprometido con el terrorismo: desde luego, es una posibilidad y no debemos prejuzgar el resultado. Pero, por otra parte, tampoco está claro que los órganos existentes de la Autoridad Palestina –en participar, los servicios de seguridad de que dispone– vayan a permitir una transferencia pacífica del poder. De hecho, semejante precedente no existe: nunca ha habido una transferencia pacífica del poder en ninguno de los 22 Estados miembros de la Liga Árabe.
La reacción de Israel a la victoria de Hamas se complicará, evidentemente, con sus propias elecciones el 28 de marzo y por la situación de un gobierno encabezado por un Primer Ministro en funciones, Ehud Olmert, provocada por la incapacitación de Sharon unas semanas después de abandonar el Likud y fundar un nuevo partido centrista: Kadima (Adelante).
Pese a la ausencia de Sharon, Kadima mantiene su ventaja en las encuestas de opinión: la más reciente le atribuía 44 de los 120 escaños del Knesset, frente a 21 al Partido Laborista y 14 a la extrema derecha de lo que queda del Likud, dirigido por Binyamin Netanyahu. El éxito de Kadima se debe a la principal innovación de Sharon en la política israelí: la lograda retirada unilateral de Gaza.
Dicha retirada se basó en el convencimiento de que la distancia que separa la posición israelí de la palestina es demasiado grande para permitir la celebración de negociaciones positivas. Por esa razón, Israel debe empezar a decidir unilateralmente las futuras fronteras del país, con la esperanza de celebrar posibles negociaciones en un momento posterior.
Ésa es también la postura adoptada por Olmert, pero la victoria de Hamas indica que la distancia entre los bandos israelí y palestino aumentará aún más y las posibilidades de una solución negociada se alejarán aún más en el futuro. Con ello otras iniciativas unilaterales israelíes –como, por ejemplo, una serie parcial de retiradas de determinadas zonas de la Ribera Occidental– resultan ser la única opción viable. Las esperanzas utópicas de resolución del conflicto quedarán substituidas por una gestión realista de él.
En una región llena de paradojas, la victoria de Hamas puede llevar aparejada otra: normalmente, cuando los extremistas de un bando cobran mayor fuerza, benefician a los extremistas del otro bando, con lo que se produce un peligroso efecto de espiral. Sin embargo, en este caso la victoria del extremista Hamas puede fortalecer no a los extremistas del Likud, sino –cosa sorprendente– a los más moderados centristas de Kadima. Naturalmente, no podemos estar seguros de semejante resultado, pero ahora es el mejor que podemos esperar con realismo.


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