Siempre que los gobiernos pierden autoridad moral, como cuando su policía obtiene evidencia violando la Constitución, se ven afectados los fundamentos para la condena. Como dijera al final de su vida el juez de la Corte Suprema de los EEUU, Louis Brandeis, el gobierno debe erigirse y mantenerse como el "maestro omnipresente" de nuestros más altos ideales. En el escándalo de Abu Ghraib, el ejército y la administración Bush difícilmente han sido buenos maestros, y el público y los medios de comunicación también han sido cómplices. ¿Cómo, entonces, pueden los que son colectivamente culpables presentar cargos y señalar con el dedo a algunos sospechosos como individualmente culpables?
No hay duda de que esto invita a un debate acerca de la amplitud de la responsabilidad colectiva por la tortura y otras indecencias. ¿Debería ser culpa o vergüenza la reacción adecuada del público? Muchos han leído y visto lo suficiente como para sentir un alto grado de vergüenza por ser parte de una nación que pudo ir a la guerra con ideas virtuosas y terminar replicando, si no agravando, los abusos del "estado canalla" al que los estadounidenses llamaban su enemigo.
Dicen que la culpa se basa en lo que hacemos; la vergüenza, en quienes somos. Ni la vasta mayoría de los soldados de EEUU ni los estadounidenses como individuos han hecho nada malo en Irak (aparte de la invasión misma), y esto podría aducirse ante los alegatos de culpa colectiva por las atrocidades. Sin embargo, en otros casos de acción colectiva, afirmamos voluntariamente que tenemos culpa colectiva y un deber común de hacer reparaciones. Este fue el enfoque ampliamente aceptado hacia la responsabilidad alemana por el Holocausto, y hay muchos que insisten en el mismo enfoque hacia la responsabilidad de Estados Unidos por la esclavitud.
No obstante, la vergüenza sería la actitud más plausible con respecto al comportamiento de EEUU en Irak. La fuente de esta vergüenza no es un acto en particular, sino simplemente ser parte de una nación que pudo tener la arrogancia de desconocer la ley internacional y las Naciones Unidas al invadir un país que no estaba amenazando a EEUU, y luego enviar una policía militar no entrenada para mantener bajo control a los prisioneros mediante cualquier método que se les ocurriera.
Una manera de pensar en la culpa versus la vergüenza es comenzar con la respuesta que corresponde a nuestro sentimiento de responsabilidad. La culpa representa una deuda. La respuesta adecuada a tal deuda es sufrir un castigo o pagar reparaciones a las víctimas. La vergüenza invita a retirarse de la exposición pública. Si uno siente vergüenza, no se expone al castigo ni extiende la mano en un gesto de reparación. Cuando se está avergonzado, uno no puede soportar la mirada crítica de los demás: uno baja la cabeza.
A pesar de que el Secretario de Defensa de los EEUU, Donald Rumsfeld, propuso compensaciones a las víctimas de abusos a manos de los militares estadounidenses, es difícil ver este ofrecimiento como una expresión de culpa o vergüenza. La oferta parece más bien un esfuerzo por comprar silencio. Si la compensación estuviera acompañada de una señal que indicara el mal proceder estadounidense a altos niveles, nos acercaríamos a un acto de expiación.
En las últimas semanas, la atención se ha centrado en si Rumsfeld mismo debería renunciar o ser despedido. No está claro que esto se pueda lograr a la luz de la declaración del Secretario de que renunciaría, no como la expresión de culpa, sino sólo si su presencia en el cargo ya no fuera "eficaz". Bajo esas circunstancias, uno puede comprender por qué la gente ansía que se abran procesos criminales internacionales contra los políticos responsables.
Para bien o para mal, el poder político de EEUU lo hace inmune a los procesos judiciales. Incluso si el Consejo de Seguridad de la ONU pudiera crear un tribunal ad hoc para juzgar los abusos de los oficiales estadounidenses en Irak, esto seguiría abordando únicamente la culpa de individuos, no el problema de la responsabilidad propia de cada estadounidense por haber participado, directa e indirectamente, en una cultura que ha generado la tortura de prisioneros.
Otra razón por que la culpa no cubre nuestra situación es que la deuda colectiva se debe adeudar a alguna entidad colectiva coherente, como es el caso del pueblo judío en el Holocausto. Pero Irak ya ha degenerado en tantas facciones rivales que, aparte de los prisioneros que sufrieron los abusos, no hay una entidad identificable a la que EEUU haya agraviado y con la cual esté en deuda. Es decidor que el Presidente Bush primero se haya disculpado en presencia del Rey Abdullad de Jordania, como si el crimen se hubiese cometido contra los árabes jordanos. El Rey de Jordania no habría estado en posición de perdonar incluso a un Bush realmente contrito y, por lo tanto, no era el público adecuado para la confesión.
Si la culpa es problemática en este contexto, sólo nos queda enfrentarnos a la vergüenza colectiva. El problema es cómo responder. Los estadounidenses tienen pocas opciones, aparte de descubrir una forma de modestia que corresponda a la disminución de su estatus a los ojos del mundo. Una consecuencia inmediata sería abandonar el intento de EEUU de procesar a Saddam Hussein por su cuenta e invocar a un tribunal internacional.
La consecuencia de más largo alcance de esta nueva modestia sería que los estadounidenses se convirtieran en entusiastas partidarios, no sólo de la ONU sino del Tribunal Criminal Internacional. La vergüenza estadounidense sería saludable si hiciera que los estadounidenses se dieran cuenta de que viven en un mundo interdependiente donde las naciones no pueden llevar a cabo aventuras militares unilaterales sin sufrir desastres inesperados. Bush y el pueblo estadounidense buscaron gloria en Irak. Lo que de seguro han ganado es meramente una mancha duradera a su reputación como un pueblo decente y obediente de las leyes.


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