PALO ALTO – Es demasiado pronto como para evaluar todo el impacto económico de las políticas implementadas y propuestas por el Presidente Barack Obama, pero una lectura preliminar indica beneficios de corto plazo limitados y grandes costes de largo plazo. La administración está sacando provecho de la atmósfera de crisis para poner en práctica una amplia agenda de rediseño de la economía estadounidense, desde la industria automotriz a los servicios financieros, la atención de salud, la energía y la distribución del ingreso.
Obama tercerizó los detalles del estímulo fiscal de US$ 787 mil millones al Congreso, y no es sorprender el que los viejos barones de la Cámara lo hayan llenado de prebendas e ingeniería social. A varios meses de esta iniciativa, sólo entre un 4% y un 6% de los fondos se han gastado, y el gobierno federal está intimidando a los gobiernos estatales; por ejemplo, exigiendo a California que rescinda un pequeño recorte de salarios a algunos trabajadores sindicalizados o se arriesgue a perder US$7 mil millones de fondos de estímulo. (Intervenir en las relaciones contractuales ex post para obligar a ceder a las exigencias sindicales es una característica incipiente de la administración).
El plan de alivio de las ejecuciones hipotecarias tendrá un inicio incluso más lento, y probablemente se encuentre con numerosos problemas sobre cómo enfrentar las hipotecas impagas sin inducir a que haya un montón de otros impagos en el futuro.
Así es que tenemos que calificar el plan de estímulo como una oportunidad costosa y, en su mayor parte, desperdiciada. En lugar de ello, Obama podría, por ejemplo, haber suspendido el impuesto a las nóminas por un año, haciendo que el dinero llegara rápidamente a los bolsillos de las personas y reduciendo la necesidad de que las firmas despidieran empleados.
El presupuesto de largo plazo de Obama contempla más gasto, mayores impuestos y una explosión de deuda que entorpecerá la toma de préstamos en los mercados de capitales por parte de las compañías privadas, los gobiernos estatales y locales, y los países en desarrollo. Obama añadiría US$6,5 billones a la deuda nacional de Estados Unidos, más que todos los presidentes anteriores juntos, desde George Washington a George W. Bush.
Esto, además de las alzas explícitas al impuesto a la renta, ganancias de capital y dividendos, las implícitas a la energía a través de la fijación de límites máximos e intercambio de los derechos de emisión, etc. Parece que la estrategia de Obama es “engordar la bestia” (el reflejo invertido del pensamiento de "hacer pasar hambre a la bestia" mediante cortes de impuestos, atribuido a algunos de los asesores del Presidente Ronald Reagan), es decir, iniciar un gasto masivo y ocultar sus verdaderos costes a los ciudadanos. Los grandes déficits obligarán a aplicar impuestos mucho más altos, como un impuesto nacional al valor añadido similar a los de Europa, o gigantescos aumentos en los impuestos a la renta de todos los ciudadanos.
La Reserva Federal bajó su tipo objetivo para fondos federales a cero antes de que Obama asumiera el cargo, e inició muchos programas para intentar resucitar los mercados crediticios, con resultados mixtos (el programa de emisión de pagarés comerciales ha ayudado, mientras que otros parecen haber partido con menos fuerza). La independencia de la Fed es un componente clave de su credibilidad antiinflacionaria, y una prueba clave para Obama será apoyar las iniciativas de la Fed para retirar liquidez antes de que en el futuro se afiancen importantes presiones inflacionarias.
La administración Obama también parece estar encaminándose hacia la regulación de los derivativos e instituciones financieras que se consideran demasiado grandes como para fracasar. Estado Unidos necesita una entidad para el intercambio de derivativos, y en las bolsas de comercio debería transarse un porcentaje mucho más alto de éstos, en lugar de ocurrir de manera bilateral. Toda institución que sea o pueda llegar a ser demasiado grande como para caer debe tener un capital adecuado (que se eleve junto con el tamaño) y un monitoreo continuo y en tiempo real del riesgo, pero estas medidas deberían adoptarse sin sobrecargar la microsupervisión.
Lamentablemente, la decisión de la administración Obama de poner a los sindicatos por sobre los tenedores de deuda asegurados en la bancarrota organizada de Chrysler amenaza con romper la trama básica de los mercados crediticios. Sin embargo, las "pruebas de esfuerzo" bancarias del Secretario del Tesoro Timothy Geithner, de las que tanta mofa se ha hecho, tenían sentido (aunque se puede argumentar que no se incluyó escenarios lo suficientemente difíciles, o que se negoció demasiado con los bancos). Determinar la cuantía de las posibles pérdidas es necesario para decidir si las ganancias retenidas de los bancos de sus actuales operaciones rentables y su capacidad de reunir capitales privados les permitirán ir limpiando sus activos tóxicos con el tiempo. Si no, será necesario adoptar soluciones más draconianas.
Apoyo el plan de Geithner de cooperar con los inversionistas privados para abordar los activos tóxicos de los bancos, ya que toman mejores decisiones de negocios que los burócratas del gobierno, pero los préstamos de la Fed a bajo interés y con limitación del derecho a reclamación por impago (non-recourse) no han causado todavía una estampida de participantes. ¿Estarán dispuestos los bancos a participar con activos a precios lo suficientemente bajos como para atraer la inversión privada? ¿Y hacerlo así, obligaría a depreciar más aún su valor, obligándolos a su vez a limitar el crédito, dañando así a la economía?
Obama ha sido mejor que lo esperado en términos de comercio internacional. Durante las primarias su proteccionismo era bien conocido, llegando a declara que reformularía unilateralmente el NAFTA. Sin embargo, si bien ha mantenido un tono más suave desde que fuera electo, ni siquiera se ha molestado en solicitar autorización para promover acuerdos comerciales por vía rápida, por no hablar de insuflar nueva vida a la Ronda Doha de conversaciones sobre comercio mundial.
Obama está logrando llevar adelante gran parte de sus planes. Lamentablemente, las cifras no cuadran, y está colocando bombas de tiempo gemelas con el explosivo aumento de la deuda del gobierno federal y la ineficaz microsupervisión de la economía por parte del gobierno. Su intención de sustentar inmensos déficit incluso cuando la economía vuelva a la normalidad, regresen los fondos de los rescates financieros y EE.UU. salga de Irak, es simplemente irresponsable.
Es probable que la economía estadounidense vuelva a crecer a fines de este año y el próximo, especialmente con todo el estímulo monetario y fiscal (sin él, el crecimiento habría sido más lento al principio y mucho más fuerte después), pero aún así será una economía que depende de la ayuda del gobierno. Las grandes preguntas que han quedado sin respuesta es cuánto quiere Obama empujar a los Estados Unidos hacia un estado de bienestar al estilo europeo, cuánto está dispuesto a pagar por eso y cuál será el nivel de daño en el largo plazo que ello acarreará.


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