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Buenas políticas para grandes países

NUEVA YORK – Estamos en un período prolongado de transición internacional, que comenzó hace más de dos décadas con el fin de la Guerra Fría. Esa era de rivalidad estratégica entre Estados Unidos y la Unión Soviética dio lugar a otra en la que Estados Unidos poseía mucho más poder que cualquier otro país y gozaba de un grado de influencia sin precedentes.

El momento unipolar norteamericano ha dado lugar a un mundo al que se podría describir mejor como no polar, en el que el poder está ampliamente distribuido entre casi 200 estados y decenas de miles de actores no estaduales que van desde Al Qaeda hasta Al Jazeera, y desde Goldman Sachs hasta las Naciones Unidas.

Pero lo que distingue las eras históricas entre sí no es tanto la distribución del poder sino el grado de orden entre los estados y dentro de ellos. El orden nunca surge así porque sí; es el resultado de esfuerzos conscientes por parte de las entidades más poderosas del mundo.

Si bien es cierto que Estados Unidos sigue siendo el país más poderoso del mundo, no puede mantener, y mucho menos expandir, la paz y la prosperidad internacional por sí sólo. Está extralimitado en su capacidad, depende de masivas importaciones diarias de dólares y petróleo y sus fuerzas armadas están inmersas en conflictos demandantes en Afganistán e Irak. Estados Unidos carece de los medios y del consenso político para absorber mucho más en el terreno de la responsabilidad global. También carece de los medios para obligar a los demás a seguir su posición de liderazgo.

Es más, un país por sí solo no puede manejar, y mucho menos resolver, los problemas contemporáneos –por ejemplo, impedir la propagación de materiales y armas de destrucción masiva, mantener una economía mundial abierta, demorar el cambio climático y combatir el terrorismo-. Sólo los esfuerzos colectivos pueden hacer frente a los desafíos comunes; cuanto más global sea la respuesta, más probable es que arroje buenos resultados.

En resumen, Estados Unidos necesita socios si el siglo XXI ha de ser una era en la que la mayoría de la gente en todo el mundo goce de una paz relativa y niveles de vida satisfactorios. Pero las asociaciones que prevalecieron en la Guerra Fría –entre Estados Unidos, Europa occidental y varios países asiáticos, incluidos Japón, Corea del Sur y Australia- ya no son adecuadas. Estos países no cuentan con los recursos y muchas veces la voluntad como para abordar gran parte de los problemas del mundo.

De manera que los viejos socios necesitan nuevos socios. Las potencias emergentes tienen el potencial de suplir esta necesidad. El interrogante es qué están dispuestos a hacer China, India, Brasil y otros con su fortaleza creciente.

Lo que hace grande a un país no es el tamaño de su territorio, población, ejército o economía, sino cómo utiliza su poder para forjar el mundo más allá de sus fronteras. Los países que son fuertes pero que todavía están en desarrollo tienden a considerar que la política exterior está poco más que al servicio de la política interna y es un medio para ganar acceso a los mercados y recursos esenciales para un rápido desarrollo.

Esta perspectiva es entendible, pero miope. Las potencias en ascenso no pueden ni aislarse ni mantenerse al margen de lo que sucede más allá de sus fronteras. Lo admitan o no, forman parte del orden mundial.

Consideremos el caso de China, en muchos sentidos el país emergente más importante. Quiere mantener un acceso diferencial a los recursos energéticos de Irán, pero si surge un conflicto a partir de las aspiraciones nucleares iraníes, China pagará mucho más por esos recursos. La perspectiva de una amenaza a la estabilidad en la zona de Oriente Medio y al flujo de petróleo debería brindarle a China incentivo suficiente para respaldar sanciones contundentes contra Irán. Pero no resulta claro si los líderes de China lo reconocerán y actuarán en el propio interés a largo plazo de su país.

El punto no es señalar a China. Cuestiones similares se aplican a India y Brasil. Y no son sólo los países en desarrollo y emergentes los que deben reconsiderar su actitud frente al mundo. También debe hacerlo Estados Unidos. Si bien se ha dicho y escrito mucho sobre el llamado de Estados Unidos a que China se convierta en un protagonista global, China no aceptaría ser simplemente un pilar de un mundo definido por Estados Unidos. Quiere ayudar a fijar las reglas y construir las instituciones para aplicarlas.

Queda a criterio de Estados Unidos trabajar junto con China y otros países en aras de este objetivo, y esto exige que Estados Unidos se muestre abierto a las preferencias de los demás y a que ejerzan un papel más importante. El fortalecimiento del G-20 es un paso en la dirección correcta, pero se necesitan muchos más cambios, inclusive la reestructuración de las Naciones Unidas, del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial de manera de que ellos también reflejen la nueva distribución de poder. A su vez, deberían existir nuevas disposiciones que les exijan a los países emergentes un mayor aporte para encarar el cambio climático, contribuir a las fuerzas de paz y la construcción del estado, promover el libre comercio y sancionar a quienes respaldan el terror y desarrollan armas de destrucción masiva.

Los principales estados de nuestra era, desarrollados y emergentes por igual, tienen la capacidad de llegar a un acuerdo sobre las cuestiones definitorias de hoy. Su voluntad para hacerlo determinará cuándo y cómo terminará este período de transición global y qué es lo que lo sucederá.

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