Según cálculos de las Naciones Unidas, el año pasado la economía mundial creció un 3.8% siguiendo con el firme desempeño que se ha registrado desde 2003. Los países en desarrollo, con China y la India a la cabeza, se destacaron entre las economías con mejor rendimiento al crecer un 6.5% en promedio en 2006. Pero, ¿se puede sostener este modelo aparentemente benigno de crecimiento mundial, particularmente en vista de que ha estado acompañado de desequilibrios financieros mundiales crecientes?
El crecimiento promedio anual en los países menos adelantados, muchos de ellos en África, alcanzó casi el 7% el año pasado. La economía más grande del mundo, los Estados Unidos, creció un 3.2% y también se recuperó el crecimiento en Europa y Japón, que previamente había sido lento. Estas tendencias son notables a la luz de las perturbaciones derivadas del aumento de los precios del petróleo, las guerras en Afganistán e Iraq, el terrorismo internacional y el fracaso de las negociaciones comerciales multilaterales.
El firme desempeño económico refleja una fuerte demanda interna en los EU debido a los bajos costos de los créditos y al aumento de los precios de los activos. Esto impulsó las exportaciones de manufacturas en todo el mundo y mantuvo baja la inflación, lo que a su vez fomentó la demanda de energía y materias primas del mundo en desarrollo y presionó al alza los precios de los productos básicos, beneficiando a muchos países pobres. Los ahorros que se generaron en Asia oriental y los principales exportadores de petróleo han aumentado la liquidez mundial, con lo que han ayudado a financiar el déficit en cuenta corriente de los Estados Unidos, que ha alcanzado niveles sin precedentes.
Pero las perspectivas para 2007 son de debilitamiento del crecimiento mundial. Un informe de las Naciones Unidas titulado Situación y perspectivas para la economía mundial, 2007 advierte que un mercado de bienes raíces más débil socavará el crecimiento en los Estados Unidos. En consecuencia, la expansión económica mundial disminuirá, puesto que ningún otro país está listo para ser el principal motor de crecimiento. Con una disminución del crecimiento económico mundial, las necesidades financieras de los EU podrían provocar una caída drástica de la confianza de los inversionistas en el futuro de los activos estadounidenses, lo que precipitaría una depreciación acelerada del dólar.
El informe de Naciones Unidas señala que las políticas económicas nacionales y los mecanismos multilaterales existentes no están diseñados para mitigar de manera efectiva el riesgo de una desaceleración mundial o para abordar los desequilibrios mundiales. En Europa y Japón, por ejemplo, las políticas monetarias y fiscales se han estado restringiendo como respuesta a preocupaciones internas, lo que ha desacelerado más la economía mundial.
La acumulación de reservas oficiales en Asia oriental y otros países en desarrollo les proporcionará medios adicionales para encarar las posibles perturbaciones externas. Sin embargo, también ha limitado el crecimiento de la demanda interna y de las importaciones, exacerbando, en lugar de reparar, los desequilibrios mundiales.
Por supuesto, ningún gobierno puede por sí solo soportar todos los costos de las políticas que se necesitan para corregir los desequilibrios mundiales actuales. Pero un conjunto de políticas acordadas a nivel internacional podría ayudar a reducir el riesgo de un menor crecimiento en las principales economías, conservar la confianza en la estabilidad de los mercados financieros internacionales y evitarle al dólar una dura caída. Esto requeriría, por ejemplo, estimular el crecimiento en Europa, Asia y los principales exportadores de petróleo a fin de compensar el efecto de contracción que tendría sobre la economía mundial el ajuste en los EU, que debería incluir políticas fiscales más restrictivas, menos consumo privado y más ahorro interno para reducir su déficit externo.
Los tipos de cambio se deberían realinear de manera coordinada para estimular las exportaciones de los países deficitarios y la demanda de importaciones de los que tienen superávit. No se trata únicamente de revaluar la moneda china, como alegan algunos responsables de las políticas estadounidenses, sino que se necesita un ajuste gradual de la mayoría de las divisas principales frente al dólar junto con ajustes concertados de política fiscal y monetaria en el resto del mundo.
Los mecanismos existentes, como las cumbres del G-8, no son adecuados para emprender estas acciones, principalmente porque no se incluye a los actores principales del mundo en desarrollo. Los mecanismos de vigilancia multilateral puestos en marcha el año pasado por el FMI son un paso en la dirección correcta, pero sólo si se convierten en parte de un mecanismo multilateral institucionalizado de vigilancia y coordinación de políticas.
Para tener credibilidad como mediador en este mecanismo, el propio FMI tendría que reformarse, incluyendo un cambio sustancial del poder de voto para armonizar la influencia de los países en desarrollo con el peso que tienen actualmente en la economía mundial. Durante las reuniones del FMI celebradas en septiembre pasado en Singapur, se dieron pasos modestos en esa dirección.
También se debería utilizar esa nueva plataforma para lograr una reforma estructural del sistema monetario internacional orientada a reducir su dependencia excesiva en el dólar estadounidense como moneda de reserva. Dichas reformas deberían desarrollar un sistema de reservas en múltiples divisas acordado multilateralmente o incluso, a largo plazo, una moneda mundial basada en los Derechos Especiales de Giro emitidos por el FMI.
La simple posibilidad de una inminente caída drástica del dólar –y con ella de la economía de los Estados Unidos y del mundo—debería ser lo suficientemente alarmante para movilizar acciones concertadas. La coordinación traerá con seguridad resultados más satisfactorios de los que cualquier país podría obtener por sí mismo.


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