The Human Rights Revolution
¿Qué tan efectiva es la ayuda en caso de desastres?
Robert Glasser
Cuando sucede un desastre, las organizaciones no gubernamentales (ONGs) están entre las primeras que llegan al lugar. Naciones Unidas estima que actualmente hay más de 37,000 ONGs internacionales, y los donadores más importantes recurren cada vez más a ellas.
Inevitablemente hay problemas. Tanto en el genocidio de Rwanda en 1994 como en el tsunami del Océano Índico de 2004 hubo una competencia caótica entre las ONGs. Sin embargo, también ha habido éxitos notables. Más de 1,400 ONGs que operan en 90 países ayudaron a que 123 países ratificaran el tratado para prohibir las minas terrestres. Pero la escala gigantesca de la “industria” de la ayuda en caso de desastres –aunada a los esfuerzos de desarrollo a plazo más largo de las ONGs—está planteando preocupaciones serias sobre la forma de medir su desempeño.
La flexibilidad permite a las ONGs ser innovadoras en formas en que organizaciones como la ONU frecuentemente no pueden serlo. Pero hay pocas reglas internacionales sobre lo que es efectivamente una ONG y la falta de control puede conducir a consecuencias imprevistas. Recientemente, en Chad la ONG francesa L’Arche de Zoé intentó sacar ilegalmente a unos niños del país sin obtener el permiso de sus padres o del gobierno.
Entre las preguntas que plantean las ONG, la ONU y los donadores nacionales está la de cómo impedir que se repitan los errores pasados. Los focos de alarma para la mayoría de las ONGs se encendieron después del genocidio en Rwanda, cuando cientos de pequeñas organizaciones intentaron establecer operaciones ad hoc en los campos de refugiados de la República Democrática del Congo y Tanzania. Algunos campamentos se convirtieron en puestos de aprovisionamiento para las facciones armadas. En el caos que siguió, más de 50,000 refugiados murieron de cólera.
También hubo desorden después del tsunami en el Océano Índico. En un momento dado, había más de 400 ONGs en el terreno en Aceh, Indonesia, que competían por recursos, personal y financiamiento. Muchas de las lecciones aprendidas en Rwanda se olvidaron o se ignoraron ya que las ONGs pequeñas y con poca o nula experiencia en el manejo de desastres provocaron gran parte de la confusión.
La situación en Indonesia condujo a que la ONU adoptara un nuevo sistema de “agrupación” para mejorar la coordinación. Y después de examinar la debacle de Rwanda, 400 ONGs y organismos de la ONU que trabajan en 80 países se reunieron en el Proyecto Esfera para desarrollar un mandato humanitario común y un manual de normas que detalla el desempeño mínimo que se exige a toda ONG que participe en una zona de desastre.
A medida que el número de revisiones posteriores a las intervenciones ha aumentado, ha surgido un marco para evaluar el impacto de las ONGs. En lugar de examinar simplemente los insumos y los resultados de los proyectos, se ha dado énfasis a medir el impacto general de una operación.
La idea es averiguar si las vidas de las personas que reciben la asistencia cambiaron positivamente de forma sostenida. Cada vez más donadores también insisten en que las ONGs den pruebas medibles de que marcan una diferencia.
Esto suena bien en teoría, pero en la práctica hay inconvenientes. Al pedir resultados cuantificables, los donadores podrían obligar a los administradores de los programas a escoger objetivos fácilmente alcanzables en lugar de acciones menos medibles que estén de acuerdo con principios humanitarios sólidos. O podría suceder que los informes sobre los programas de ayuda se tergiversaran para seguir recibiendo fondos. El mayor peligros es que la asistencia humanitaria se ajuste a las exigencias de los donadores y no a las necesidades reales.
Hasta hace poco, el historial de la evaluación de las respuestas a las emergencias humanitarias había sido irregular en el mejor de los casos. CARE, en su calidad de organismo de asistencia y de desarrollo, puede adoptar un enfoque de largo plazo hacia los desastres y complementar la ayuda de emergencia con una fase de rehabilitación y recuperación. Pero las ONGs que se concentran en las respuestas de emergencia no tienen esta opción.
Una vez que vence el plazo con el que cuentan –o que se les acaban los fondos—tienden a retirarse. Incluso en el caso de las ONGs que se quedan es difícil, si no es que imposible, determinar el impacto se sus esfuerzos de asistencia en medio de una crisis. Las emergencias son caóticas: el personal y los recursos son escasos, es muy poco probable que la población local pueda dar una retroalimentación significativa y los datos de referencia anteriores a la crisis en gran medida no están disponibles, así que las comparaciones son complicadas. Además, con demasiada frecuencia los acontecimientos se dan con tal velocidad que es difícil medirlos con exactitud. Y, hasta hace poco, no era muy probable que los donadores que estaban dispuestos a financiar la asistencia cubrieran los gastos de las evaluaciones de seguimiento.
Como resultado, las evaluaciones de la asistencia de emergencia a menudo se basan en aproximaciones y suposiciones. Un informe preparado por el Humanitarian Policy Group en 2004 citaba una encuesta que se llevó a cabo en Etiopía después de que los organismos de la ONU dijeron que los esfuerzos humanitarios habían evitado la hambruna generalizada en 2000. Esa afirmación parecía creíble hasta que una encuesta subsiguiente demostró que la tasa bruta de mortalidad de la región en efecto había aumentado por un factor de seis comparada con la tasa normal de referencia. La mayoría de las muertes se debían a enfermedades contagiosas, que las personas desnutridas bien pudieron contraer en los hacinamientos de los centros de alimentos.
Por lo tanto, el HPG recomendó un monitoreo a largo plazo de las respuestas humanitarias futuras y declaró que el éxito o el fracaso debía juzgarse en un contexto amplio y no mediante los objetivos estrechos de un proyecto específico. Por ejemplo, muchas personas que sobreviven un terremoto o una inundación pueden enfrentarse pronto a otra crisis si el desastre también destruye sus únicos medios de ganarse la vida.
Se necesitan herramientas analíticas nuevas y más sofisticadas para entender estos efectos de largo plazo, junto con una capacitación suficiente para asegurar que los nuevos métodos se apliquen correctamente en el campo. Una innovación reciente es el Coping Strategy Index, diseñado por el Programa Mundial de Alimentos y CARE, que analiza la forma en que las personas se enfrentan a las crisis alimentarias de corto plazo y a la vez toma en cuenta su vulnerabilidad futura ante el hambre.
Las ONGs hacen la mayor parte del trabajo humanitario a nivel mundial, y algunos errores son inevitables. Pero a medida que profundizamos nuestras experiencias de ayuda humanitaria y desarrollo, debemos aprender las lecciones del pasado y entender cuánto nos falta por saber.
Copyright: Project Syndicate/Europe’s World, 2008.
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Traducción de Kena Nequiz
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