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El programa de vigilancia del vecindario de Alemania

FRANKFURT – En mi reciente viaje a Alemania me llamó la atención que hay dos narrativas distintas. En una se presenta una economía alemana sólida con un bajo nivel de desempleo, finanzas fuertes y una buena ubicación competitiva para explotar los segmentos más dinámicos de la demanda global. En la otra, se describe una economía colmada de interminables crisis de deuda europea cuyos autores tratan de desviar la responsabilidad, así como sus necesidades financieras, hacia las inmaculadas hojas de balance alemanas.

Las dos narrativas son comprensibles pero no pueden coexistir por siempre. Después de todo, es difícil que haya una casa valiosa en un vecindario deteriorado. O mejora el vecindario o disminuye el valor de la casa. Y es de gran importancia cuál de las narrativas prevalecerá –para Alemania para Europa y para la economía global.

Alemania ahora está cosechando los beneficios de administrar responsablemente la economía nacional durante muchos años. Además de mantener unas finanzas públicas sanas, los dirigentes alemanes pusieron en aplicación reformas estructurales difíciles destinadas a mejorar la competitividad internacional, incluidas las dolorosas reformas del mercado laboral. Como resultado, Alemania es una de las pocas economías avanzadas que actualmente ha creado muchos empleos y mantenido una estabilidad financiera. En otras palabras, es la triple A de los triples A.

Con todo, Alemania es también parte, sino es que el pilar, de una región con fuertes desafíos. Sus vecinos incluyen países –principalmente en la periferia de la eurozona-- que están en dificultades. Tienen un elevado desempleo general (y una alarmante tasa de desempleo entre los jóvenes), y no pueden crecer por sus propios medios. En algunos casos también se enfrentan a problemas de solvencia, y están muy lejos de lograr el consenso político-social necesario para ordenar sus economías.

Evidentemente este contraste entre Alemania y su vecindario es muy incómodo. Alimenta interminables tensiones externas e internas, fomenta las críticas y promueve una fuerte dinámica perjudicial de búsqueda de culpas. Y todo esto desvía la atención de una cuestión necesaria como competir en una economía global que cambia rápidamente.

Entre más se prolongue esta situación mayor será el daño a la unidad europea. En consecuencia, los funcionarios europeos necesitan seguir haciendo avances firmes en tres áreas principales:

·         Mejorar los elementos de política nacional de los países individuales de forma que se enfoquen en la sostenibilidad de la deuda mediante la promoción del crecimiento y la reducción del déficit, en especial en las economías periféricas más vulnerables;

·         Fortalecer los sistemas internos de protección financiera de la eurozona para reducir el riesgo de interacciones financieras dañinas y de equilibrios múltiples desestabilizadores; y

·         Fortalecer los fundamentos institucionales de la eurozona, así como sus mecanismos de coordinación de políticas y revisión entre homólogos.

Ninguna de estas medidas es fácil, y ciertamente no son automáticas. Además, para maximizar su eficacia se deben poner en aplicación simultáneamente; en efecto, esta es una situación en la que uno más uno es igual a tres. Y esto no sucederá hasta que al menos otras dos medidas, todavía más polémicas, se pongan en marcha.

Primero, Alemania debe tener una mayor participación en la coordinación y realización de las respuestas de política de la eurozona. Sé que a muchos alemanes les incomoda esto. Sin embargo, no hay otra alternativa viable para el bienestar de Europa –y por ende el de Alemania.

Las instituciones de la Unión Europea todavía no tienen la autoridad y la credibilidad necesarias para realizar esta función. El Banco Central Europeo no tiene las herramientas políticas estructurales adecuadas, y ya se ha visto obligado a asumir cargas que se podría decir  van más allá de la definición estricta de su mandato. Y no hay otra economía que se parezca a Alemania en términos de tamaño, influencia y salud financiera y económica.

Segundo, la eurozona, dirigida por Alemania trabajando en estrecha colaboración con Francia, necesita dejar en claro qué es lo que quiere ser en el mediano plazo. Hay dos alternativas, ambas delicadas y polémicas, y les corresponde solamente a los europeos escoger entre ellas y actuar en consecuencia; pero deben elegir de una vez por todas para superar el riesgo de fragmentación de la eurozona.

Por un lado, tienen la opción de decidir si van a dejar que la economía domine la política. A los políticos les va a costar trabajo obtener apoyo para esta idea, en especial en países centrales (particularmente Alemania, Finlandia y los Países Bajos), porque requeriría de grandes subsidios durante muchos años para los países periféricos  –o el equivalente analítico de la difícil decisión tomada hace más de veinte años para reunificar a Alemania con paridad cambiaria. Pero aquí, sin embargo, se añade la complicación del conflicto potencial entre la política regional y los procesos democráticos nacionales.

Por otro lado, pueden escoger que la economía prime. En este caso los miembros de la eurozona podrían elegir colectivamente una unión más pequeña y menos imperfecta que incluya a países con condiciones iniciales similares –económicas, financieras, políticas y sociales. Y otra vez, no hay una manera fácil de hacerlo, en especial porque intencionalmente el diseño de la eurozona no contemplaba una salida.  

Si no se toman dichas decisiones difíciles y polémicas es probable que los periodos de tranquilidad en Europa se vean interrumpidos por estallidos recurrentes de inestabilidad financiera, vacilaciones y debates sin fin. Mientras más tiempo se mantenga esta situación más riesgo habrá de que los vecinos de Alemania erosionen la solidez que el país ha construido con tantos sacrificios.

En última instancia, no puede haber una Alemania fuerte sin una eurozona estable ni una eurozona estable sin una Alemania fuerte, ni estabilidad económica mundial sin las dos. Es tiempo de que los europeos tomen las difíciles decisiones de largo plazo que son esenciales para mantener y fortalecer su histórico proyecto regional.

Traducción de Kena Nequiz