Monday, April 21, 2014
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Alemania no es China

ROTTERDAM – Casi todos coinciden en que los desequilibrios globales en el comercio y los flujos de capital son al menos en parte los responsables de la crisis financiera y la subsiguiente recesión que ha sacudido a la economía mundial desde 2008. Pero no todos los desequilibrios se crean de la misma manera, de modo que es importante sopesar las consecuencias de las cuentas externas de cada país para la estabilidad y la prosperidad económicas a nivel global.

La historia convencional de la crisis es bien conocida: los crecientes precios de las viviendas alimentaron el consumo privado en Estados Unidos a principios de la década de 2000, a pesar de un tibio crecimiento salarial. Junto con la ampliación del déficit presupuestario estadounidense, el déficit de cuenta corriente de Estados Unidos –que ya era grande- se disparó, acompañado por excedentes externos cada vez más abultados en China y, a medida que los precios del petróleo subieron vertiginosamente, en países productores de petróleo como los Emiratos Árabes Unidos.

Europa, mientras tanto, sorprendía por sus cuentas aparentemente bien equilibradas, al menos en la superficie, si uno consideraba los 27 miembros de la Unión Europea o los 16 miembros de la eurozona. Mientras que Estados Unidos tenía déficits de cuenta corriente de hasta el 6% del PBI, la UE y la eurozona rara vez tenían déficit –o excedente- superior al 1% del PBI.

En el último año, en cambio, se hizo evidente que todo esto era una simple ilusión. Debajo de la superficie, se estaban gestando enormes desequilibrios, que resultaron en auges inmobiliarios alimentados por deuda en la periferia del euro. Alemania y Holanda tenían excedentes del orden del 7% al 9% del PBI, lo que equilibraba la cuenta corriente de la eurozona en su totalidad. Pero, para 2006, Portugal, España y Grecia experimentaban déficits de cuenta corriente del 9% del PBI o más.

La relación entre China y Estados Unidos se asemeja a la que existe entre una compañía dedicada a la venta por correo y un cliente no tan solvente. El país más poblado del mundo es el acreedor externo más importante del gobierno de Estados Unidos y de empresas patrocinadas por el gobierno como Fannie Mae y Freddie Mac. Las reservas oficiales de moneda extranjera de China de más de 2,5 billones de dólares, que surgen de flujos de capital y excedentes de cuenta corriente de dos dígitos, están invertidas mayoritariamente en bonos denominados en dólares.

Algunos analistas sostienen que Alemania desempeña el mismo papel dentro de la eurozona que China en “Chimérica”, el término acuñado por Niall Ferguson y Moritz Schularick para describir la relación económica y comercial simbiótica entre Estados Unidos y China. Si uno se concentra exclusivamente en el aspecto de la cuenta corriente de la balanza de pagos, puede parecer así. En 2007, cuando su excedente externo alcanzaba un récord del 7,5% del PBI, el mayor excedente bilateral de Alemania era con Estados Unidos (29.500 millones de euros), seguido por España, Francia, el Reino Unido e Italia. Alemania experimentaba su principal déficit bilateral (21.200 millones de euros) con China, seguida por Noruega, Irlanda y Japón.

Sin embargo, Alemania no acumuló reservas extranjeras como lo hizo China. Por el contrario, las reservas extranjeras alemanas, en verdad, decayeron entre 2000 y 2008. Mientras que China es un receptor neto importante de inversión extranjera directa (IED), Alemania es un gran exportador neto de IED. El flujo entrante neto de IED de China totalizó 94.000 millones de dólares en 2008, comparado con un flujo saliente neto de IED de Alemania de 110.000 millones de dólares.

Por cierto, la IED neta conforma aproximadamente un tercio de la cuenta de capital de Alemania. Más de la mitad de esas inversiones se realizan en otros países de la UE y otro 30% tiene como destino Estados Unidos. De acuerdo con el Bundesbank, la IED alemana responde por casi seis millones de empleos en el exterior. Esa cifra no incluye los empleos adicionales que resultan de una mayor actividad económica en una región.

El excedente de Alemania, por lo tanto, no es tan perjudicial como el de China, ya que se utiliza para inversiones que fomentan las ganancias de productividad, el crecimiento económico y la creación de empleos –y que muchas veces incluyen transferencias de tecnología para ayudar a desarrollar capital humano.

Por el contrario, el excedente chino, al estar básicamente direccionado hacia bonos del gobierno estadounidense, fomenta principalmente el consumo personal –un proceso cuya apoteosis se produjo a principios de los años 2000, cuando los recortes impositivos de la administración Bush, junto con préstamos inmobiliarios de compra y refinanciación con garantía hipotecaria, transformaron la deuda soberana estadounidense en crédito de consumo-. Por supuesto, la demanda generada por el crédito chino también fomenta el crecimiento económico, pero sobre todo en China, debido al auge de exportaciones a Estados Unidos.

Frente a la realidad de que el grueso de su generación nacida durante la posguerra se jubilará en la década entrante, Alemania tiene un motivo válido para ahorrar. En vista de la menguante fuerza laboral del país y de la ya elevada relación capital-mano de obra, también es entendible que los inversores alemanes no vean demasiadas oportunidades de inversión en el país, y que en cambio elijan invertir en el exterior.

Obviamente, es lamentable que los bancos y los fondos de pensión alemanes les hayan prestado dinero a países endeudados como España, Grecia y Portugal en términos excesivamente favorables, inflando burbujas de activos que, en algún momento, iban a estallar. Como sucede con cualquier acreedor que hace una inversión desacertada, los bancos y los fondos de pensión deben pagar el precio.

No obstante, las diferencias entre China y Alemania son mucho más sustanciales que las similitudes –sobre todo en términos de cómo ponen en uso sus excedentes-. Agrupar a todos los países con excedentes –o, para el caso, a todos los países con déficits- no nos ayudará a encontrar la manera de reequilibrar la economía mundial.

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