The World in Words
Las preguntas de Europa
Bronislaw Geremek
|
|
|
|
En las semanas transcurridas desde que Francia y los Países Bajos rechazaron el propuesto Tratado Constitucional de la Unión Europea, los dirigentes de ésta han estado muy atareados señalándose con el dedo unos a otros o acusando a los ciudadanos franceses y holandeses de no entender la pregunta que se les había formulado, pero no ha surgido un estadista paneuropeo y ninguna institución europea importante ha tenido siquiera el valor de aportar su propio análisis de la situación actual y mucho menos proponer un plan estratégico para el futuro.
Cierto es que los ciudadanos franceses y holandeses no respondieron a la pregunta que supuestamente habían de responder. Su voto fue una protesta contra la mundialización, un rechazo del mundo contemporáneo, con sus distantes e incomprensibles mecanismos de gobierno. Como el movimiento antimundialización, se puede considerar el nuevo antieuropeísmo una petición de modelo europeo diferente: un “altereuropeísmo”.
Así, pues, la cuestión no es lo que Tony Blair, en su discurso inaugural ante el Parlamento Europeo, llamó una crisis de dirección. No ha surgido estadista alguno, porque la crisis es más profunda.
Las dos guerras mundiales y la guerra fría modelaron la integración europea como proyecto de paz, defensa de los valores fundamentales de Occidente y prosperidad económica común. Esa fase culminó con el hundimiento del comunismo en 1989, pero la posibilidad de superar las divisiones históricas del continente requería ahora una reformulación del proyecto europeo. Los tratados de Maastricht (1992) y Amsterdam (1997) crearon una nueva estructura organizativa para la UE y pusieron los cimientos para unas instituciones políticas equiparables con la potencia económica de Europa.
Cuando los políticos debatieron el futuro de la UE, hablaron de “finalidad”... la fórmula final de integración europea, definida en una famosa conferencia por el ministro alemán de Asuntos Exteriores Joschka Fischer en 2000. El debate intelectual concomitante, inaugurado por los filósofos Jürgen Habermas y Jacques Derrida, definió la naturaleza de la identidad europea, sobre todo en contraste con los Estados Unidos, pero también en función de los imperativos planteados por la mundialización.
El debate debe continuar, aun cuando los referéndums francés y holandés parezcan haber eliminado el Tratado Coonstitucional. La UE seguirá rigiéndose por el Tratado de Niza de 2000, pero éste no deja margen para una mayor integración (o ampliación) política, como tampoco garantiza el funcionamiento eficaz de las instituciones de la Unión. La redacción de un nuevo tratado constitucional requeriría probablemente más tiempo aún que el de la propuesta actual y tampoco es probable que se pudieran introducir los cambios necesarios mediante una conferencia intergubernamental.
Así, pues, el único camino viable que se puede seguir es el de aprovechar la actual “pausa para la reflexión” para reactivar el Tratado Constitucional existente. Para ello, haría falta prolongar el plazo de ratificación hasta 2008. También es necesario especificar una fecha común para la ratificación (mediante referéndums simultáneos o votaciones parlamentarias) para todos los países que aún no lo hayan hecho, incluidos los Países Bajos y Francia.
En otras palabras, la actual “pausa para la reflexión” no es el momento para cambiar el texto del proyecto (aunque la conferencia intergubernamental podría trasladar la tercera parte, que armoniza los tratados anteriores, a un anexo). Más bien lo procedente es modificar el marco político y sociopsicológico del proceso de ratificación abordando las cuestiones decisivas.
En primer lugar, ¿cómo deberían definirse las relaciones ente los intereses nacionales y europeos comunes? Lo que está en juego no es sólo la asignación de competencias, sino también el asunto, más fundamental, de cuándo recurrir a las instituciones intergubernamentales y cuándo recurrir a los ciudadanos europeos en conjunto.
Se podría conferir al Consejo Europeo, que representa a los Estados miembros en las estructuras de la Unión, un carácter más público. Entonces se podría considerarlo, en un sistema bicameral, algo así como una “Cámara de las Naciones” en el marco de lo que Jacques Delors llamó una “federación de Estados-nación”.
La segunda cuestión se refiere al alcance de la UE. Europa es una combinación peculiar de geografía e historia, pero los límites de la UE –y, por tanto, las perspectivas para su ampliación posterior– van determinadas por su capacidad de absorción y la adaptabilidad de los países candidatos. ¿Es la de ampliación la única política eficaz de estabilización y paz? ¿O puede la “política de vecindad” llegar a ser un instrumento para apoyar el desarrollo y la estabilización, en gran medida como el plan Marshall lo fue en tiempos para la Europa occidental?
En tercer lugar, en vez de una fútil oposición entre modelos “liberal” y “social” de desarrollo económico, necesitamos una comparación de las experiencias de Gran Bretaña y Suecia, por una parte, y Alemania y Francia, por otra. ¿Son dichas experiencias mutuamente excluyentes o es posible la convergencia? ¿Qué políticas reducen el desempleo? ¿Qué medidas pueden garantizar la competitividad mundial de la UE? ¿Cómo podemos reducir las diferencias de desarrollo y bienestar material dentro de Europa?
En cuarto lugar, se debe abordar la aspiración de la UE a conseguir una política exterior y de seguridad. Las amenazas que afronta el mundo en la actualidad son supranacionales, por lo que para contrarrestarlas son necesarias medidas también supranacionales. Pero eso es imposible sin una clara identidad europea... y, por tanto, un interés común que afirmar y defender.
En el período posterior a los referéndums francés y holandés, la Comisión Europea y el Parlamento Europeo han esbozado planes para un debate a escala europea sobre esas cuestiones, pero semejante debate requiere también un marco organizativo para la participación de la sociedad civil europea, los parlamentos nacionales y los medios de comunicación paneuropeos.
La democracia entraña ciertos costos, pero siempre son menores que los de evadir la participación popular. Sólo un nuevo debate que englobe la acción común de los ciudadanos y las instituciones europeas puede luchar eficazmente contra el “altereuropeísmo”. Puede no haber llegado el momento para una verdadera constitución europea, pero afrontando y no eludiendo las cuestiones fundamentales y preparando a la Unión para los imperativos de nuestra época se podría crear el marco idóneo para reactivar el tratado constitucional.
Bronislaw Geremek, ex ministro polaco de Asuntos Exteriores, es miembro del Parlamento Europeo.
Copyright: Project Syndicate, 2005.
www.project-syndicate.org
Traducido del inglés por Carlos Manzano.
You might also like to read more from Bronislaw Geremek or return to our home page.
|
|

