La política de la Unión Europea en Oriente Medio es la prueba de fuego de su política exterior y de seguridad común. Muchos europeos comparten esta visión, pero, mientras la UE considera ingresar a la refriega de las conversaciones de paz de Oriente Medio, debe responder a la burla del ex primer ministro israelí Ariel Sharon de que en la región “ustedes son los pagadores, no los jugadores”.
Sin embargo, no debería subestimarse el aporte potencial de Europa. La contribución financiera de Europa a Oriente Medio ha sido consistente y espectacular. Entre 1995 y 1999, gastó aproximadamente 3.400 millones de euros en la región, a lo que el Banco Europeo de Inversiones sumó otros 4.800 millones de euros en préstamos. De 2000 a 2006, Europa invirtió otros 5.350 millones de euros, y el BEI aprobó 6.400 millones de euros en préstamos. Este año, la Comisión Europea comprometió 320 millones de euros sólo para Palestina.
Bastante para el papel de pagador. Ahora bien, ¿la ayuda financiera de Europa acercó la paz? La Autoridad Palestina ha recibido más ayuda per capita que la Europa de posguerra bajo el Plan Marshall, y sin embargo la política del conflicto palestino-israelí ha frustrado las esperanzas de un marco euro-mediterráneo más amplio que pueda permitir una política de diálogo e inversión que prometa mejoras reales para la vida de millones de personas.
Es absolutamente obvio que la paz en Oriente Medio no nacerá de proyectos. Más bien, surgirá de un concepto que se ocupe de las necesidades existenciales. Una carta de estabilidad para abordar las preocupaciones de la gente en términos de titularidad de la tierra, economía, demografía y cooperación supranacional debe conformar el eje del diálogo y la inversión futuros. Para que la paz eche raíces, los intereses regionales a largo plazo deben superar las agendas nacionales. Este rasgo multilateral vital es aquello por lo que debe abogar Europa.
Yo creo que un pacto de estabilidad para la región podría ayudar a equiparar lo que se alcanzó hace una década en los Balcanes. Un patrón impuesto de derecho internacional es esencial, que deban obedecer todos los actores, estados y no estados. Debe hacérseles entender a quienes violen el derecho internacional que Oriente Medio está sujeto a las mismas normas que otras regiones, y que los principios de democracia le pertenecen tanto a su pueblo como a los de naciones más políticamente desarrolladas.
Oriente Medio necesita urgentemente apoyo en la creación de un pacto de estabilidad regional que abarque códigos de conducta, objetivos para la cooperación regional y los mecanismos de un fondo de cohesión regional que se ocupe del subdesarrollo y financie nueva infraestructura. Debe reforzarse la complementariedad entre los países ricos en recursos humanos y los estados productores de petróleo, mientras que la inversión surgida de la energía debe desviarse de los antiguos mercados de Occidente a las problemáticas zonas remotas del Golfo. El resultado final sería un Oriente Medio interdependiente que fomente la estabilidad y alimente el crecimiento.
Oriente Medio, tan abatido por las crisis, necesita algo más que tropas para poner fin a la fricción y el sufrimiento –una realidad que ha sido reconocida en conflictos anteriores en todo el mundo-. El Proceso de Helsinki que surgió de las tensiones de la Guerra Fría abordó los problemas básicos de seguridad, económicos y sociales. Sostenía que los pueblos de Europa no se podían dividir en términos de dignidad humana.
El reconocimiento de los derechos culturales y las normas humanitarias apuntaló las actividades de individuos valientes como Václav Havel, que sabían que un futuro mejor no sólo era posible sino esencial. En todos los conflictos, los derechos humanos figuran entre las primeras víctimas, y en Oriente Medio la degradación de la dignidad humana ha deshecho convenciones internacionales acordadas a lo largo de varias generaciones. Deberíamos analizar el Proceso de Helsinki para ver cómo recuperar lo que se ha perdido.
Hoy, con el énfasis puesto en la acción militar en la llamada “guerra contra el terrorismo”, la necesidad de una conferencia para discutir asuntos militares y de seguridad, junto con un pacto de estabilidad, se ha tornado urgente. Debe crearse una agenda regional que sirva para identificar prioridades, en base a una estrategia de tres patas que incluya la política de energía y agua, el control de armas y la reducción de la deuda.
Los aportes de Europa a Oriente Medio han sido grandes. La financiación de la UE y de los estados miembro ha ayudado a aliviar el sufrimiento, mientras que los esfuerzos solidarios para crear comunidad de parte de individuos y organizaciones europeos han destacado la verdadera cercanía de todos los que comparten una historia mediterránea común. Es vital que la experiencia, el compromiso y el legado de esperanza de Europa queden encuadrados en una visión para Oriente Medio que se convierta en un modelo para su futuro.


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