Hace mucho tiempo que las palabras “oportunidad” y “Oriente Medio” no aparecían en una misma frase, pero ahora sí. Mejor aún: ese optimismo puede tener algún fundamento real.
Un importante factor para ese cambio de actitud es, naturalmente, la desaparición de Yaser Arafat de la escena. Como el Thane de Cawdor en Macbeth de Shakespeare, “nada en su vida fue tan oportuno como su salida de ella”.
Arafat nunca dejó de ser el hombre que apareció en las Naciones Unidas hace decenios con una rama de olivo y una pistola. Su renuencia a abandonar el terrorismo y optar por la diplomacia resultaron ser su perdición, pues perdió su legitimidad ante Israel y los Estados Unidos. El resultado fue la imposibilidad de crear un Estado palestino.
Pero la defunción de Arafat no es lo único que constituye un motivo de optimismo. Ahora tenemos una dirección palestina legitimada por las elecciones y que parece opuesta a utilizar el terrorismo para lograr fines políticos. Mahmud Abbas (Abu Mazen) tiene una buena ejecutoria, por haber puesto en entredicho la idoneidad de la intifada, que ha sacrificado demasiadas vidas y sólo ha causado sufrimiento y destrucción en todos los bandos de ese conflicto tan duradero.
Los cambios en Israel están contribuyendo también a la aparición de un nuevo talante. En Israel hay cada vez mayor conciencia de que la situación actual –de ocupación israelí indefinida de tierras en las que la mayoría de la población es palestina- es contradictoria con la determinación de Israel de seguir siendo un Estado judío democrático, seguro y próspero.
La formación de un nuevo Gobierno israelí, más centrista en su composición y en sus apoyos, es otro acontecimiento positivo. Ahora Israel está dirigido por un Primer Ministro que tiene capacidad para adoptar decisiones históricas y un gobierno dispuesto a apoyarlo.
Pero una oportunidad es sólo eso. La historia del Oriente Medio está llena de ejemplos de oportunidades desaprovechadas y perdidas de hacer la paz. Ahora el imperativo es el de acabar con esa tónica y hacer realidad la oportunidad de hoy. Para ello, es necesario que la prometida retirada de Israel de Gaza y de ciertas zonas de la Ribera Occidental tenga éxito. Pero el “éxito” no depende sólo de que se retiren los israelíes. También requiere que los palestinos demuestren que pueden gobernar responsablemente y poner fin a la violencia terrorista procedente de territorio palestino.
Lo que suceda en Gaza después de que Israel se retire tendrá profundas repercusiones en la política israelí. Si Gaza se convierte en un Estado fracasado y sin ley, que sea una base de ataques a los israelíes, resultará extraordinariamente difícil convencer a Israel para que abandone otras zonas que ahora ocupa, pero, si los palestinos demuestran en Gaza que pueden gobernarse y ser buenos vecinos, perderá fuerza la justificación decisiva para Israel de la ocupación continua de otras zonas.
Los palestinos necesitarán ayuda para que las cosas salgan bien en Gaza. Los Estados Unidos, Europa y Estados árabes como Egipto, junto con Rusia y las Naciones Unidas, tienen la obligación de ayudar a Abu Mazen. Los palestinos necesitan ayuda financiera y técnica para organizar una estructura de seguridad unificada y válida, reactivar una economía moribunda y crear un sistema político moderno y transparente.
También es importante que la retirada de Gaza sea un comienzo, no un fin, del proceso político. Debe haber una vinculación entre lo que ocurra en Gaza y una solución global de la cuestión palestina, para que Mazen pueda convencer a la mayoría de su pueblo de que la diplomacia y la transacción consiguen más que la violencia y la confrontación.
También a ese respecto corresponde a los Estados Unidos un importante papel. De hecho, los Estados Unidos ya han empezado a hacer lo necesario. En una carta de septiembre de 2004 al Primer Ministro israelí Ariel Sharon, el Presidente George W. Bush aseguró a los israelíes que era “poco realista esperar que el resultado de las negociaciones sobre la situación final vaya a ser un regreso completo y pleno a las líneas del armisticio de 1949”. El marco para una solución de la cuestión de los refugiados palestinos”habrá que buscarlo mediante la creación de un Estado palestino y el asentamiento en él, y no en Israel, de los refugiados palestinos”.
Esas promesas fueron muy importantes para Sharon cuando afrontaba desafíos políticos internos. Lo que ahora hace falta es una carta paralela de Bush a Abu Mazen. En dicha carta se podría expresar el compromiso de los Estados Unidos con un Estado palestino independiente, soberano, contiguo y viable a lo largo de las líneas de 1967, con compensaciones por parte de Israel en todos los casos en que se acuerden ajustes territoriales. Los Estados Unidos se comprometerían también a aportar recursos para contribuir a la construcción de una sociedad y una economía modernas. También se prestaría ayuda para el asentamiento de los refugiados palestinos, ya sea en Palestina, en otros Estados árabes o –en casos especiales en los que Israel acceda a ello por razones humanitarias- en el propio Israel.
A cambio, los palestinos tendrían que comprometerse a rechazar de una vez por todas el uso de la violencia y del terror. Sin embargo, los Estados Unidos no deben considerar un requisito previo el establecimiento de una democracia palestina para la devolución de territorios y la paz. Aplazar las negociaciones hasta que la democracia palestina esté totalmente desarrollada sólo serviría para convencer a los palestinos de que la diplomacia era una estratagema y brindaría a muchos un motivo para recurrir de nuevo a la violencia. Después de más de medio siglo de conflicto palestino-israelí, hacer realidad la oportunidad resultará ya bastante difícil sin introducir nuevas condiciones que, por deseables que sean, no sean esenciales.


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