Friday, October 31, 2014
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De Kosovo a Tíbet

LONDRES - ¿Por qué China se está comportando así en Tíbet? ¿Qué hace a Tíbet tan importante para el gobierno de Beijing? El corazón del asunto es el hecho de que nada preocupa más a los gobernantes de China que cualquier cosa que ponga en riesgo la unidad del país. Y nada los pone más ansiosos que un conflicto regional que, si no se le pone fin rápidamente, podría terminar produciendo una seguidilla de sucesos conducentes a la desintegración nacional.

La reciente declaración unilateral de independencia de Kosovo agudizó las inquietudes chinas acerca de Tíbet. Aunque quienes defienden la independencia de Kosovo argumentan que no sienta un precedente internacional, los gobernantes chinos temen lo contrario. Más aún, las elecciones presidenciales que se avecinan en Taiwán han aumentado la tensión para el gobierno chino.

Las encuestas de opinión en Taiwán sugieren que el ex alcalde de Taipei Ma Ying-jeou del Kuomintang (KMT) derrotará a Frank Hsieh del Partido Progresista Democrático (DPP). Sin embargo, algunos en China temen que el actual Presidente, Shui-bian del DPP esté buscando un pretexto para evitar una derrota de los partidarios de la soberanía. Actualmente está manifestando su intención de llamar a un referendo sobre si Taiwán debe unirse a las Naciones Unidas, algo que China ve como una provocación y una amenaza a su unidad.

Al resto del mundo puede sonarle extraño que China, que no ha tenido más que éxitos económicos en las últimas tres décadas, sienta que su unidad es tan frágil. Sin embargo, la historia de China, tanto antigua como moderna, sugiere que no hay nada permanente o estable en lo referente a la unidad del país. De hecho, la unidad de hoy sólo se logró con la victoria de Mao en 1949.

Desde el periodo de los Estados Guerreros (403-221 AC) al periodo de los señores de la guerra en el siglo veinte (1916-28) -y muchas veces entre estos dos hitos- el territorio chino se ha dividido en regiones separadas y rivales. Así, al tiempo que proclaman a viva voz la unidad del estado chino, los gobernantes chinos están obsesionados con la fragilidad del país, y trabajan constantemente para reducir las tensiones entre sus provincias.

El fracaso del gobierno en erradicar las crónicas tensiones regionales subraya los límites de la autoridad central en China, lo que en parte fue algo intencional. Una característica integral de las reformas que Deng Xiao Ping lanzara hace 30 años fue una mayor autonomía para las autoridades locales, medida orientada a estimular la capacidad de rendición de cuentas en esos niveles y crear incentivos para el crecimiento. Sin embargo, algunas provincias han llevado las cosas más lejos. La pérdida de autoridad del gobierno central se refleja en la cantidad de llamados que hace –por lo general sin éxito-  a los gobiernos locales para que cumplan con los límites o los controles sobre contaminación.

En cualquier país tan vasto como China es inevitable que las regiones alejadas tengan identidades e intereses distintos. Aunque pocos en China especulan en voz alta sobre esto, hay quienes creen que estas diferencias pueden seguir alienando las regiones con respecto al centro, y que un día algunas podrían separarse.

Este es el temor que atormenta en los gobernantes de China cuando enfrentan los desórdenes en Tíbet. Por supuesto, a juzgar por la retórica oficial, no hay ninguna amenaza a la unidad. Todos los pueblos de China, incluidos los no chinos en territorios anexados como el Tíbet, Mongolia Interior y Xinjiang, son firmes y leales partidarios del sistema actual. Pero la frecuente rotación por parte del gobierno de las autoridades locales devela una historia distinta. Con el fin de evitar cualquier indicio de identidad regional y autoridad local, las altas autoridades de los siete distritos militares de China también se rotan de manera periódica.

Otra precaución que ha tomado el gobierno central es dar forma a los distritos militares de modo que no correspondan ni coincidan con divisiones económicas o regionales naturales, con la intención de asegurar que los regionalismos económico y militar se neutralicen mutuamente. Sin embargo, también refleja el constante temor chino de que las tensiones regionales puedan terminar en una fragmentación nacional.

No obstante, ninguna de estas precauciones puede aliviar la ansiedad de los líderes chinos acerca de la lucha que ocurre en el Tíbet, particularmente a la vista de lo ocurrido en Kosovo y Taiwán. Por supuesto, en principio el conflicto entre Taiwán y el continente no es inevitable. Con un cada vez mayor cambio en China y crecientes contactos económicos y sociales a través del Estrecho, debería ser posible encontrar una fórmula que permita a los taiwaneses mantener su economía de mercado y su sistema democrático sin tener un asiento en la ONU.

Históricamente, Occidente ha recalcado dos claras líneas con respecto a Taiwán: no independencia y no uso de la fuerza por parte de China. Pero, en vista de la independencia de Kosovo contra la voluntad de Serbia y sin sanción de la ONU, a los ojos de China estas líneas se han vuelto borrosas.

El mundo está arriesgando mucho al inyectar ambigüedad a un tema que antes parecía muy claramente delimitado. Hace treinta y cinco años, en un acto supremo de estadismo moderno, Zhou En-lai y Richard Nixon firmaron el comunicado de Shangai, que definió sin ambigüedades la norma siguiente: hay sólo una China, y Taiwán es parte de ella. Hoy es necesaria una reafirmación inequívoca de tal idea, especialmente por parte de Estados Unidos a la luz de su papel como principal apoyo de la independencia de Kosovo, para que China tenga la seguridad de que su unidad no se pondrá en duda.

Occidente no tiene interés en ayudar al Tíbet o a Taiwán a convertirse en países soberanos, y los esfuerzos de algunos tibetanos y taiwaneses en esa dirección presentan el peligro de un error de cálculo que puede crear una enemistad duradera. Incluso hoy, algunos chinos sospechan que EE.UU. busca un Taiwán independiente con el fin de usarlo como "portaaviones que no se puede hundir" contra un futuro enemigo chino. Sospechas de este tipo pueden alimentar un clima de excesivo nacionalismo en China.

Tanto China como Occidente deben evitar permitir que los temores creen profecías autocumplidas. Los sucesos del Tíbet sólo se pueden ver de manera adecuada si se tienen en cuenta las sombras proyectadas por Kosovo y Taiwán.

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