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El culto al Nobel

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2007-12-06

OSLO – La danza alrededor de las doradas medallas del Nobel comenzó hace más de 100 años y todavía continúa sin descanso. El Premio Nobel tiene bien asegurado su lugar como icono, mito y ritual. Sin embargo, ¿qué es lo que sabemos realmente sobre él?

Rodeado de un halo de secreto y leyenda, el Premio Nobel se convirtió por primera en objeto de estudios académicos serios después de 1976, cuando la Fundación Nobel abriera sus archivos. La investigación subsiguiente realizada por los historiadores de la ciencia deja pocas dudas: la medalla del Nobel está marcada por las flaquezas humanas.

Aunque muchos observadores aceptan un grado de subjetividad en los premios de literatura y de la paz, por mucho tiempo se ha supuesto que los premios científicos son una medida objetiva de excelencia. Sin embargo, desde el comienzo, la Real Academia Sueca de Ciencias, que otorga los premios de física y química, y el Instituto Carolino, que otorga los de medicina/fisiología, han basado sus decisiones en las recomendaciones de sus respectivos comités. Y el nivel de comprensión científica que tengan sus miembros ha sido fundamental para determinar quiénes reciben el galardón.

Desde el principio, el mundo interior de quienes están a cargo de hacer recomendaciones ha estado caracterizado por discordias personales y de principios acerca de cómo interpretar la críptica herencia de Alfred Nobel y a quién entregar los premios. Si bien los miembros del comité intentaban ser desapasionados, sus propios juicios, predilecciones e intereses necesariamente han influido en su trabajo, y algunos han abogado por sus propias preferencias de manera abierta o encubierta.

Ganar un Premio nunca ha sido un proceso automático, un reconocimiento que se obtenga por haber alcanzado un nivel mágico de mérito. Quienes están a cargo de hacer las nominaciones rara vez se las han dado al comité con un consenso claro, y a menudo los comités han desoído los pocos casos en que surgía un solo candidato con un fuerte apoyo, como Albert Einstein por su trabajo sobre la teoría de la relatividad. Los físicos de la Academia no tenían la intención de reconocer su logro teórico “incluso si el mundo entero lo exigiera”. El premio es una prerrogativa sueca.

Más aún, un simple cambio en la compositiva del comité puede decidir el destino de un candidato. El físico teórico Wolfgang Pauli –uno de los gigantes de la mecánica cuántica- no pudo recibir un premio sino hasta la muerte de C. W. Oseen, hombre fuerte del comité, en 1944. Masticando viejas rencillas, un químico hizo campaña en la Academia para bloquear la recomendación del comité para el ruso Dmitry Mendeleyev, creador de la tabla periódica.

Incluso cuando todos los involucrados intentaban ponerse por encima de la pequeñez y la parcialidad, seleccionar ganadores fue siempre difícil, y sigue siéndolo. En ocasiones, los miembros del comité confesaban en privado que con frecuencia se podía encontrar varios candidatos con similares méritos para recibir el premio. No había, ni nunca habrá, criterios inequívocos e imparciales para seleccionar un ganador.

La confusa situación que se vivió en el Instituto Carolino en 1950 nos recuerda que todos los comités de premiación tienen ante sí opciones difíciles: tras cuatro rondas no concluyentes de votaciones preliminares, surgieron tres alternativas principales, pero el resultado seguía siendo incierto. Al instar a un colega que acudiera a la votación, un miembro del comité observó que si alguien cogía un resfrío, podían terminar llegando a una decisión completamente diferente.

Por supuesto, es atractiva la imagen de la ciencia abriéndose paso a través de los esfuerzos del genio individual. Sin embargo, en una medida mayor a la que los premios hacen posible, la investigación científica progresa gracias al trabajo de muchos.

Las mentes brillantes sí importan, pero suele ser impropio e injusto limitar el reconocimiento a tan pocos, cuando tantos científicos extremadamente talentosos pueden haber contribuido a un avance determinado. Los reglamentos del Nobel no permiten dividir un premio en más de tres partes, excluyendo de este modo los hallazgos que impliquen el trabajo de más de tres investigadores, u omitiendo a personas clave e iguales de merecedoras de recibir tal honor.

Más aún, se ha hecho evidente que el testamento de Alfred Nobel no aborda muchas ramas importantes de la ciencia, pues se limita a la física, la química y la fisiología/medicina. Algunos de los mayores triunfos intelectuales del siglo pasado han quedado sin reconocimiento, como los que tienen relación con la expansión del universo y la deriva de los continentes. Tampoco reciben galardones las ciencias ambientales, que sin duda tienen una importancia fundamental. No hay nada malo con desear héroes en la ciencia, pero deberíamos comprender los criterios utilizados para seleccionar a quienes se nos dice que admiremos.

¿Por qué la gente venera el Premio Nobel? No hay una respuesta fácil. El culto al Premio comenzó incluso antes de que se anunciaran los primeros ganadores. La fascinación de los medios de comunicación atizó la especulación y el interés. El credo del Premio no dependía tanto del mérito de los ganadores, sino de la percepción de que era un potente medio de ganar prestigio, publicidad y ventajas.

Hasta los científicos que arrugaban el ceño ante las limitaciones y -algunas veces- extrañas decisiones de los comités suecos nominaban candidatos y abogaban por ellos, a sabiendas de que, si tiene éxito, un ganador puede recibir atención y dinero para su especialidad, institución o comunidad científica nacional.

¿Le hace bien a la ciencia o a la sociedad la obsesión por los premios y alimentar una cultura de competencia extrema? Quizás una vez que el misterio del Premio Nobel haya sido puesto en su justo lugar podamos reflexionar sobre lo que realmente es significativo en la ciencia. El espíritu y la tradición científicos, que se remonta a varios siglos, son mucho más ricos que la búsqueda de premios.

Robert Marc Friedman, profesor de historia de la ciencia en la Universidad de Oslo, es autor de The Politics of Excellence: Behind the Nobel Prize in Science (La política de la excelencia: Detrás de los Premios Nobel científicos).

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