La guerra contra el terrorismo parece estar ocasionando un aumento del proteccionismo. Algunos guerreros del antiterrorismo están tan inquietos a causa de los inmigrantes que quieren construir un muro a lo largo de toda la frontera México-Estados Unidos. También se oponen a la propuesta de adquisición de los puertos estadounidenses por parte de una empresa de Dubai porque temen que los terroristas puedan obtener información vital a partir de las inversiones. En Europa, el movimiento para detener el flujo de migrantes desde los países musulmanes es extremadamente popular.
Estos acontecimientos no constituyen mayor proteccionismo en el significado usual del término, donde los intereses privados trastornan el bien común, como cuando los agricultores aumentan los precios porque las importaciones competitivas están restringidas. Las preocupaciones de seguridad nacional no son absurdas. Cuando un país tiene un interés claro en los beneficios del comercio libre y abierto también tiene un interés vital en la seguridad de sus ciudadanos.
No es una cuestión de escoger entre seguridad o globalización, aunque algunas veces entren en conflicto, por lo que encontrar un equilibrio es clave para una política exitosa.
Por ejemplo, el Presidente estadounidense George W. Bush, busca un equilibrio en el tema de la inmigración al proponer limitar, más no eliminar, la entrada de trabajadores huéspedes. Su propuesta -que se encuentra en algún punto intermedio entre el extremo de construir un muro a lo largo de la frontera México-Estados Unidos por un lado y el de las fronteras abiertas por el otro- es el enfoque correcto cuando los trabajadores huéspedes pudieran ser terroristas disfrazados. Naturalmente, entre más grande sea la amenaza terrorista en la frontera, más restrictiva debería ser la política.
Para compensar la disminución prevista de trabajadores huéspedes en el ámbito mundial es probable que aumente la subcontratación, que ofrece una forma alterna y potencialmente más atractiva para importar servicios laborales cuando el terrorismo contamina la globalización.
Al igual que los trabajadores huéspedes, la subcontratación importa servicios laborales, pero los trabajadores extranjeros se quedan en sus propios patios traseros. El servicio deseado se proporciona desde afuera -por ejemplo la venta a distancia- o el trabajo se envía al extranjero para su elaboración y después se importa al país de origen (en Europa, cada vez se subcontrata más trabajo industrial de Occidente a Oriente). La subcontratación contiene a los terroristas -y a otros extranjeros que obtendrían costosos subsidios sociales- sin sacrificar los beneficios de la globalización.
Bush puede estar en lo correcto en el asunto de los trabajadores huéspedes, pero su polémica propuesta de que una compañía establecida en Dubai administre seis puertos estadounidenses es un gran error. En un mundo más seguro, el acuerdo no llamaría la atención -y con razón. Pero la opinión pública estadounidense, preocupada por la amenaza terrorista, parece oponerse firmemente a la adquisición.
Los partidarios del libre comercio están consternados. Interpretan la oposición popular al acuerdo como una señal de que el compromiso de Estados Unidos con la economía abierta puede estar menguando. Pero, después de los ataques terroristas de septiembre de 2001, ¿es acaso "frenesí" que los estadounidenses reclamen mayor seguridad pública y nacional de los funcionarios que eligieron?
En esta era del terrorismo, las doctrinas como el libre comercio deben redefinirse para incluir el interés del público en "bienes" como la seguridad al igual que en bienes más convencionales como los televisores y automóviles. De otra manera, tales doctrinas pierden relevancia.
La transferencia de información potencialmente estratégica sobre los puertos hacia manos extranjeras y tal vez poco amigables claramente conlleva riesgos de seguridad nacional. Es inútil que la administración Bush lo niegue. Incluso la guardia costera estadounidense no podría descartar que los activos de una empresa pudieran usarse para operaciones terroristas.
Por otro lado, el prohibir la adquisición significaría un manejo menos eficiente de los puertos ya que la compañía con sede en Dubai está considerada como mejor administradora que la actual. Esto significaría una pérdida para los Estados Unidos, porque, tarde o temprano, parte de las ganancias derivadas de la eficiencia logradas por la empresa de Dubai pasarían a los puertos estadounidenses en la forma de mayores pagos por arrendamiento.
Este caso requiere equilibrar los riesgos de seguridad nacional con las ganancias derivadas de la eficiencia por una mejor administración. Los expertos argumentan que la probabilidad de un ataque terrorista debido a la adquisición de Dubai es pequeña. Si los daños ocasionados por un ataque terrorista también fueran pequeños no habría problema.
Pero el daño ocasionado por un ataque podría ser enorme porque se cree que los puertos son una de las pocas formas en que los terroristas podrían pasar armas nucleares a Estados Unidos. Por eso, los estadounidenses no pueden tomar ni el menor riesgo con sus puertos -las consecuencias de un error serían demasiado graves para siquiera considerarlas. El público estadounidense entiende esto, aun si su presidente no lo entiende.
Los partidarios del libre comercio no deberían estar consternados. Más que proteccionismo en el sentido habitual, el decir no a la adquisición de Dubai reflejaría el deseo de maximizar el interés público definido en términos más amplios y de manera más adecuada. Esto es lo contrario del proteccionismo.


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