COPENHAGUE – El mes pasado, las negociaciones de Doha, que prometían un comercio más libre, fracasaron, aparentemente por un pequeño detalle técnico sobre normas de salvaguardia. En realidad, las negociaciones se hundieron porque nadie –ni Europa ni los Estados Unidos ni China ni India ni los otros principales países en desarrollo– estaba dispuesto a afrontar el problema político de perjudicar a los agricultores ineficientes y a las mimadas industrias nacionales a fin de crear mayores beneficios a largo plazo para prácticamente todo el mundo.
Y fracasaron porque en realidad no nos importa. Después de que se publicaran algunos editoriales exasperados, el mundo prácticamente ha abandonado ese asunto y ha vuelto a sus preocupaciones habituales.
Eso es absurdo. El logro de un comercio mucho más libre ayudaría al mundo a luchar contra casi todos sus problemas. Por un costo asombrosamente bajo, podríamos mejorar la educación y las condiciones de salud, mejorar la situación de los más pobres y ayudar a todo el mundo a afrontar el futuro.
Sabemos desde hace siglos que el libre comercio casi siempre beneficia a ambas partes. El economista David Ricardo señaló en 1817 que tanto Gran Bretaña como Portugal se beneficiarían, si aprovechaban sus ventajas comparativas. Portugal podía producir vino barato, mientras que Gran Bretaña podía producir tejidos mucho más baratos que vino. Al vender tejidos y comprar vino, Gran Bretaña obtenía más de las dos cosas, como también Portugal. Lo mismo es cierto en la actualidad, cuando los países, haciendo lo que mejor hacen, producen más y lo intercambian por más de los otros productos.
Sin embargo, en la actualidad, con las negociaciones sobre el comercio paralizadas y la retórica proteccionista en ascenso, estamos avanzando, en cambio, hacia la creación de mayores obstáculos al comercio. Dichos obstáculos cuentan con el apoyo de empresas egoístas, que no quieren perder sus enormes beneficios, y grupos de presión y con la defensa de políticos que temen que la redistribución de empleos, ingresos y riqueza resultante de un comercio más libre reduzca sus posibilidades de permanecer en el poder.
Cuando se lanzó la Ronda de Doha de negociaciones sobre el comercio poco después del 11 de septiembre de 2001, había mucha buena voluntad internacional, pero, según los resultados de una encuesta reciente de Financial Times/Harris en los EE.UU., Alemania, Francia, el Reino Unido, Italia y España, hubo casi tres veces más encuestados que decían que la mundialización era más negativa que positiva.
Recientemente, el proyecto Consenso de Copenhague reunió a algunos de los principales economistas del mundo para decidir cómo lograr el mayor beneficio para el planeta en un mundo de recursos finitos. El grupo de expertos –del que formaban parte cinco premios Nobel– llegó a la conclusión de que una de las mejores medidas que el planeta podía adoptar sería la de concluir las negociaciones de Doha. Basaron sus conclusiones en nuevas investigaciones hechas por el economista australiano Kym Anderson para el proyecto Consenso de Copenhague.
Anderson mostró que, si los países en desarrollo redujeran sus aranceles aduaneros en la misma proporción que los países con grandes ingresos y, además, se liberalizasen los servicios y las inversiones, los beneficios mundiales anuales podían ascender a 120.000 millones de dólares al año, de los cuales 17.000 millones corresponderían a los paises más pobres del mundo, de aquí a 2015. Es una suma respetable y sin lugar a dudas un beneficio que la comunidad internacional debería intentar lograr, pero con frecuencia no nos damos cuenta plenamente de que sólo es el comienzo. Cuando las economías se abren, cuando los países hacen lo mejor que pueden hacer, la competencia y la innovación aumentan las tasas de crecimiento.
Más competencia significa que las empresas antes protegidas deben mejorar y volverse más productivas, innovar simplemente para sobrevivir. La existencia de economías más abiertas permite más comercio en materia de innovación, por lo que las nuevas empresas pueden utilizar casi instantáneamente las ideas acertadas procedentes de todo el mundo. En lugar de que cada uno de los mercados cerrados tenga que reinventar la rueda, una sola vez es suficiente para que la economía de todos funcione.
Eso significa que con el tiempo la ventaja de avanzar hacia un comercio más libre aumenta espectacularmente; el beneficio de 120.000 millones de dólares de aquí a 2015 aumenta hasta muchos billones de dólares de beneficios anuales al final del siglo y los beneficios se acumularían cada vez más en el mundo en desarrollo, que lograría los mayores aumentos de las tasas de crecimiento.
Hemos visto tres casos muy aparentes de esos aumentos del crecimiento en tres decenios diferentes. Corea del Sur liberalizó el comercio en 1965, Chile en 1974 y la India en 1991; los tres tuvieron en adelante aumentos de varios puntos porcentuales en las tasas de crecimiento anual.
Si expresamos dichos beneficios en plazos anuales, un resultado realista de la Ronda de Doha podría aumentar la renta mundial en más de 3 billones de dólares todos los años a lo largo de todo este siglo y 2,5 billones de dólares anuales, aproximadamente, corresponderían a los actuales países en desarrollo, es decir, 500 dólares al año por término medio para cada uno de los habitantes del tercer mundo, casi la mitad de los cuales sobreviven ahora con menos de dos dólares al día.
Naturalmente, tendría sus costos. Un comercio más libre obligaría a algunas industrias a reducir sus plantillas o cerrar, aunque más industrias experimentarían una expansión, y para algunas personas y comunidades la transición sería difícil. Sin embargo, los beneficios globales de una Ronda de Doha lograda serían probablemente centenares de veces mayores que esos costos.
Resulta interesante comparar el escepticismo mundial sobre el libre comercio con el apoyo a métodos caros e ineficientes de luchar contra el calentamiento planetario. Muchos sostienen que debemos actuar, aun cuando esas acciones no den beneficios durante los próximos decenios, porque servirá para reducir las consecuencias del calentamiento planetario al final del siglo.
Pero el libre comercio también promete pocos beneficios ahora y enormes beneficios en el futuro. Además, si pudiéramos parar el calentamiento planetario (cosa que no podemos hacer), el beneficio para las generaciones futuras sería la décima parte o menos del resultante de un comercio más libre (cosa que podemos lograr sin lugar a dudas). Aun así, hay pocas celebridades que hagan campaña para pedir a los políticos que resuelvan la Ronda de Doha.
El miedo mundial al comercio libre hace correr al planeta el riesgo de perderse los extraordinarios beneficios que ofrece. El libre comercio es bueno no sólo para las grandes empresas o para aumentar el empleo. Es pura y simplemente bueno.


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