Con sus diez nuevos miembros, la Unión Europea consta de 25 países y 453 millones de ciudadanos. En vista de que durante el pasado milenio los miembros de la UE riñeron innumerables guerras unos con otros y durante cuarenta y cinco años una guerra fría dividió el continente en dos bloques hostiles, la Europa de hoy es un éxito de monumental importancia histórica.
De hecho, la UE representa muchas cosas simultáneamente. En primer lugar, es una garantía de paz: la guerra es ahora técnicamente imposible entre los interconectados países miembros de la Unión.
Además, la UE es un instrumento majestuoso para la reconciliación internacional. Los alemanes y los franceses, que hace 60 años se querían tanto, más o menos, como los serbios y los bosnios en la actualidad, son ahora una pareja casada. En Irlanda, los católicos y los protestantes pasaron un siglo matándose, pero, ahora que están en la UE, han reconocido la idiotez de su conflicto y la inevitabilidad de la reconciliación. Después de nueve siglos de odios y guerras, los húngaros y los rumanos, están embarcándose en el mismo proceso. Grecia acaba de decidir apoyar el inicio de negociaciones para el ingreso de Turquía en la UE en los doce próximos años.
La Unión ha sido también una portadora de prosperidad, porque es un mecanismo eficaz para que los miembros rezagados superen obstáculos muy antiguos al desarrollo. Irlanda y Grecia, que en tiempos eran los dos países más pobres de Europa, han tenido un ascenso económico vertiginoso, gracias al cual Grecia se ha acercado mucho a la media europea e Irlanda ya ha ocupado su lugar entre los más ricos.
Por esas razones, los países de fuera de la UE quieren adherirse a ella. En menos de dos años, será una realidad para Bulgaria y Rumania, mientras que se están iniciando las negociaciones con Croacia y Turquía. También se habla de la posible adhesión de Serbia y Ucrania. Para cada uno de esos países, la adhesión significará una paz estable con sus vecinos y la reconciliación interna, además de un crecimiento económico acelerado.
Todo ello entraña cierta inestabilidad, en particular si la expansión es impulsada por negociaciones entre gobiernos, en lugar de por opciones democráticas. El proyecto de la nueva Constitución Europea fue concebido para remediar ese problema y –mira por dónde– Francia, que el 29 de mayo celebrará un referéndum para ratificar la Constitución, da la impresión de querer votar en contra de ella. Si es así, el resultado será un terremoto.
Aunque todas las naciones miembros han desempeñado su papel en la integración de Europa, Francia ha sido sin duda el país que ha aportado la mayoría de las ideas y los protagonistas.
Entonces, ¿qué está ocurriendo? En Francia, como en el resto de Europa, siempre han existido nacionalistas desenfrenados, los “soberanistas” que dicen no a Europa en nombre de la defensa de la nación, pero, ya pertenezcan a la extrema derecha o a la izquierda comunista, apenas representan el 20 por ciento del electorado. Aparte de eso, dos factores explican el extraño fenómeno revelado por las recientes encuestas de opinión en Francia.
El primero es el de que tienen cuentas que ajustar con su presidente y el gobierno. Jacques Chirac fue reelegido presidente con el 82 por ciento de los votos, en vista de que existía una amenaza de la extrema derecha. Resulta evidente que la mitad de esos votos procedieron de la izquierda, pero Chirac actuó como si su mandato hubiera sido inequívoco y nombró uno de los gobiernos más conservadores que ha habido en Francia en medio siglo. “Que paguen los pobres” es su programa fiscal. Apesta a usurpación y está incitando a muchos de los franceses a expresar su irritación con su voto.
El otro factor es el de que Francia, como el resto del mundo, padece una forma de mundialización mal gestionada. A consecuencia de ello, Francia padece un aumento de la desigualdad, un desempleo elevado y aún en aumento, constantes reestructuraciones de empresas que entrañan despidos, amenazas a los servicios públicos y programas de asistencia social y una sensación general de inseguridad.
El mundo ha experimentado una desreglamentación económica en gran escala, prescrita por la doctrina monetarista apoyada por las fuerzas conservadoras predominantes en los países desarrollados de Norteamérica, Europa y el Lejano Oriente. Ese tsunami económico nos ha llegado de los Estados Unidos: nada en él es positivo para Europa, pero las fuerzas de derecha en todos nuestros países, que se han unido en la mayoría que gobierna Europa, se han congregado en su apoyo.
El deseo de rechazar ese estado de cosas es el que, por encima de todo lo demás, explica el “No” que muchos franceses quieren gritar, pero, si lo hacen, cometerán un gran error. Sólo Europa en conjunto, centrada políticamente en la idea de una mejor reglamentación, es lo suficientemente grande para bloquear el tsunami neoliberal, pero necesita gran claridad doctrinal, una firme voluntad política y una constitución. De hecho, el rechazo de la Constitución de la UE es una forma segura de acabar con el dinamismo europeo y debilitar la capacidad de Europa para defenderse.
El debate en Francia sigue siendo enconado y nada está perdido aún. Los franceses tienen aún tiempo para serenarse... y las encuestas de opinión indican que están empezando a hacerlo. Europa lo merece.


Comments (0)
You need to login in order to leave a comment. If you do not yet have an account, please register.
The two commenting options explained
Watch a 1 minute video
to discover how you can comment on the entire article or a specific paragraph. The two images below also explain the two ways of commenting.
1) Entire article comment
Once logged in, simply click inside the comment box where it says "Enter text here." Enter and post your comment.
2) Paragraph comment
Please log in first. Then click to the left of the desired paragraph. Your cursor will automatically move to the comments box. Enter and post your comment.