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Olvídense de la inflación

MUNICH – Parafraseando a Winston Churchill, podemos decir que nunca tantos miles de millones de dólares habían sido emitidos por tantos gobiernos y bancos centrales. El Gobierno de los Estados Unidos va a emitir 789.000 millones de dólares en su economía; Europa, 255.000 millones; y China, 587.000 millones. La Reserva Federal de los EE.UU. aumentó en un 97 por ciento sus existencias de dinero primario; el Banco Central Europeo, en un 37 por ciento. El tipo de interés de los fondos federales en los EE.UU. es prácticamente cero y es probable que el tipo principal de refinanciación del Banco Central Europeo, que asciende a sólo un 2 por ciento, el más bajo de su historia, baje aún más en los próximos meses.

La Reserva Federal ha dado a los bancos normales acceso a sus servicios de crédito y el BCE ya no recorta la oferta de dinero primario, sino que, al contrario, facilita toda la liquidez que los bancos piden. Desde el pasado mes de octubre, los planes de rescate occidentales para los bancos  han ascendido a 4,3 billones de dólares.

Muchos temen ahora que con esas enormes inyecciones de efectivo la inflación resulte inevitable. En Alemania, que padeció una hiperinflación en 1923, existe un miedo generalizado a que la gente pierda una vez más sus ahorros y deba empezar de cero. Otros países comparten ese temor, aunque en menor medida.

Pero esos temores carecen de fundamento. Es cierto que las existencias de liquidez están aumentando rápidamente, pero se debe a que el sector privado está atesorando el dinero en lugar de gastarlo. Al facilitar liquidez suplementaria, los bancos centrales simplemente reducen la cantidad de dinero retirado del gasto en bienes y servicios, lo que mitiga, pero no invierte, la crisis de demanda negativa que afectó a la economía mundial.

Se trata de un aspecto trivial, pero importante, que se desprende de la teoría de la oferta y la demanda. Piénsese en el mercado del petróleo, por ejemplo. Es imposible inferir, exclusivamente a partir de un aumento del volumen de transacciones, cómo cambiará el precio del petróleo, pues, si es consecuencia de un aumento de la oferta, bajará y, si se debe a un aumento de la demanda, subirá.

Con el aumento de las existencias totales de saldos en efectivo, la situación es básicamente la misma. Si es consecuencia de un aumento de la oferta, el valor del dinero bajará, lo que significa inflación, pero, si lo es de un aumento de la demanda, el valor del dinero subirá, lo que significa deflación. Evidentemente, este último riesgo es más pertinente en las condiciones actuales.

Si a ello sumamos la tendencia subyacente de los precios, resulta fácil entender por qué las tasas de inflación están bajando actualmente en todas partes. En los EE.UU, la tasa anual de inflación bajó de 5,6 por ciento en julio de 2008 a 0,1 en diciembre de 2008 y en Europa de 4,4 por ciento en julio de 2008 a 2,2 por ciento en enero de 2009.

En este momento, ningún país está padeciendo de verdad deflación, pero eso puede cambiar cuando la crisis se vuelva más profunda. Alemania, famosa por su baja tasa de inflación, puede ser uno de los primeros países que experimente un descenso de los precios. Los datos más recientes revelan que el índice de precios en enero sólo había aumentado el 0,9 en un año.

Esa tendencia deflacionaria creará graves problemas económicos, que no necesariamente son consecuencia de la deflación en sí misma, sino que pueden deberse a una resistencia natural a la deflación. En cada uno de los países, ciertos precios son rígidos, porque los vendedores se resisten a vender más barato, pues los beneficios de una productividad reducida y la defensa de los salarios por los sindicatos no dejan margen para precios más bajos. Así, la presión deflacionaria dará como consecuencia, en alguna medida, ajustes cuantitativos hacia abajo, lo que profundizará la crisis real.

Además, aun cuando los precios den muestra, por término medio, de cierta flexibilidad hacia abajo, la deflación necesariamente aumenta el tipo de interés real, en vista de que los tipos de interés nominal no pueden bajar por debajo de cero. El resultado es un aumento del costo del capital para las empresas, que reduce la inversión y exacerba la crisis. Constituiría un problema en particular para los EE.UU., cuya Reserva Federal permitió que el tipo de interés de los fondos federales se acercara a cero en enero de 2009.

La única hipótesis inflacionaria verosímil presupone que, cuando las economías se recuperen, los bancos centrales no aumenten los tipos de interés lo suficiente en el próximo auge, con lo que mantendrían demasiada de la liquidez actual en el mercado. Semejante situación no es imposible. Ésa es la política que aplicaron los italianos durante decenios en la época anterior al euro y la Reserva Federal podría pensar algún día que debe adoptar esa postura.

Pero el BCE, cuyo único mandato es el mantenimiento de la estabilidad de los precios, no puede aplicar esa política sin cambios fundamentales de la legislación. Además, esa situación no puede producirse antes de que la depresión haya dado paso a un auge. De modo que, de momento el riesgo de inflación, sencillamente, no existe.

El Japón brinda enseñanzas oportunas sobre en qué radican los verdaderos riesgos, pues lleva catorce años padeciendo deflación o cuasi deflación. Desde 1991, el Japón ha estado enfangado en lo que el economista de Harvard Alvin Hansen, contemporáneo de Keynes, llamó en cierta ocasión “estancamiento secular”.

Desde que se inició la crisis bancaria del Japón en 1990, el país ha estado preso en una trampa de liquidez, con los tipos de interés del banco central próximos a cero, y de 1998 a 2005 el nivel de los precios disminuyó más del 4 por ciento. Los gobiernos del Japón han intentado superar la depresión con las recetas de Hansen, lanzando un programa keynesiano tras otro de gasto con déficit y elevando el coeficiente deuda-PIB del 64 por ciento en 1991 al 171 por ciento en 2008.

Pero todo eso sólo ha ayudando un poco. El Japón sigue estancado. El auténtico riesgo que el mundo correrá en los próximos años no será la inflación, sino un período de presión deflacionaria al estilo japonés con una deuda pública cada vez mayor.

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