Saturday, November 1, 2014
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¿Por quién doblan las campanas de América?

En estos días, al Presidente del Consejo de Asesores Económicos del Presidente Bush, Ben Bernanke, le gusta hablar de una “superabundancia mundial de ahorro” que ha producido unos tipos de interés reales asombrosamente bajos en todo el mundo, pero ésa no es la forma adecuada de considerarlo.

Los Estados Unidos no tienen precisamente una superabundancia de ahorro. Su tasa de ahorro ha sido alarmantemente baja durante decenios. Después la temeraria política fiscal del gobierno de Bush la ha reducido. La bajada de los tipos de interés en los últimos años ha hecho subir los precios de los bienes inmuebles y ha permitido a la clase media alta estadounidense tratar sus casas como enormes cajeros automáticos, lo que ha reducido los ahorros aún más. Los Estados Unidos tienen una deficiencia en materia de ahorro, no una superabundancia.

¿Y el resto del mundo? Una superabundancia de ahorro mundial indicaría que el reequilibrio de la economía mundial requiere políticas que fomenten la tasa de ahorro de los Estados Unidos y aumenten el consumo de los hogares de fuera de los Estados Unidos, pero lo que la economía mundial afronta no es una superabundancia de ahorro, sino una deficiencia en materia de inversión.

Dividamos el mundo entre tres zonas: los Estados Unidos, China y todo el resto. Desde mediados de 1990, el superávit neto por cuenta corriente de “todo el resto” ha aumentado en una cuantía que, según un economista del Banco de la Reserva Federal, asciende a 450.000 millones de dólares al año, no porque hayan aumentando las tasas de ahorro, sino porque se han reducido las de inversión. El descenso de las tasas de inversión en el Japón, las economías asiáticas recién industrializadas y América Latina, por ese orden de importancia, ha contribuido a la avalancha de ahorro invertido en bonos estatales, valores con garantía hipotecaria y préstamos garantizados por valores inmobiliarios de los Estados Unidos: el equivalente en cuenta de capital de la balanza de pagos del enorme déficit comercial de ese país.

La deficiencia en materia de inversión en Asia en comparación con las tasas de hace un decenio equivale a un déficit anual de 400.000 millones de dólares y la reducción de la inversión en el Japón –a consecuencia de más de un decenio de estancamiento económico– representa más de la mitad de su total. Además, las tasas de inversión en las economías recién industrializada de Asia nunca han recuperado los niveles anteriores a la crisis de 1997-98 y las tasas de inversión en el resto de Asia, excluida China, también han bajado.

Ese panorama parece requerir un conjunto de políticas muy diferente para reequilibrar la economía mundial. Sí, los Estados Unidos necesitan aumentos de impuestos para que el presupuesto federal alcance un superávit y políticas que fomenten el ahorro privado, pero el mundo necesita también políticas que fomenten la inversión en Asia, América Latina, Oriente Medio y África.

Y a ese respecto afrontamos una dificultad. Quienes, como yo, han sido partidarios entusiastas de la integración internacional en materia de comercio y finanzas, así como de las reducciones de los aranceles y otros obstáculos al comercio, han citado tres beneficios:

· La de aumentar al máximo el contacto económico –y también social y cultural- entras las naciones ricas y las pobres es la mejor forma que podemos concebir de contribuir a la corriente de conocimientos sobre tecnología y organización, que es la última y mayor esperanza de un rápido desarrollo mundial.

· Unos menores obstáculos al comercio propiciarán que la instalación de la producción en las zonas del mundo con salarios bajos resulte irresistible para quienes tienen acceso a la financiación.

· Unas corrientes de capital con mayor libertad brindarán a los países pobres ese acceso precisamente, pues la codicia de los inversores de los países ricos los mueven a arriesgar su capital en regiones pobres en las que éste es escaso.

La primera razón sigue siendo válida. La de aumentar al máximo el contacto económico, social y cultural entre los ricos y los pobres sigue siendo la mejor forma de contribuir a la corriente de conocimientos y la última y mayor esperanza con vistas a un rápido desarrollo mundial.

Pero la segunda y la tercera razones parecen poco sólidas. Quienes tienen acceso a la financiación parecen capaces de resistir las ganas de instalar la producción en las zonas del mundo con salarios bajos (aparte de China). En lugar de incitar a los ahorradores de los países ricos a invertir su dinero en los países pobres por codicia, la liberalización de las corrientes de capital ha movido a los ahorradores de los países pobres a guardar su dinero en los países ricos por miedo... miedo a la inestabilidad política, a las alteraciones macroeconómicas y a unas instituciones deficientes (en particular, las que protegen los derechos de los titulares de bonos y a los accionistas minoritarios).

En los próximos años puede pasar perfectamente algo que aumente radicalmente la tasa de ahorro de los Estados Unidos, al hacer que los hogares estadounidenses se sientan de repente pobres: aumentos de impuestos, un desplome del valor de los bienes inmobiliarios, un aumento rápido de las importaciones causado por un hundimiento del dólar, una profunda recesión o más de uno de esos fenómenos a la vez. Estaría bien creer que, cuando baje la marea de los valores denominados en dólares, las corrientes de financiación actualmente dirigidas a los Estados Unidos cambien suavemente de rumbo y aumenten la inversión en Asia, pero no debemos contar con ello, sobre todo teniendo en cuenta la proporción de inversión marginal de Asia encaminada, de una forma o de otra, a exportar al mercado americano.

Quienes se encuentran fuera de los Estados Unidos, y en particular en Asia, deben encarar el inestable estado de la macroeconomía de los Estados Unidos con gran preocupación. Como dijo el poeta del siglo XVII John Donne, “no preguntes por quién doblan las campanas... doblan por ti”.

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