Worldly Philosophers
¿El fin de la historia (económica)?
Jean-Paul Fitoussi
PARÍS – Algunas obras académicas, por motivos que son al menos en parte oscuros, dejan una huella persistente en la historia intelectual. Es el caso del trabajo de John Maynard Keynes “Posibilidades económicas para nuestros nietos”.
La importancia del trabajo de Keynes reside no tanto en la forma en que responde a las preguntas que plantea, sino en la naturaleza de las propias preguntas. ¿Podría el funcionamiento del sistema capitalista por sí solo poner fin al problema de la escasez –y por lo tanto al capitalismo mismo? ¿Cómo se podría esperar razonablemente que fuera la vida en una era así?
Keynes comenzó a examinar estas cuestiones con el cálculo del interés compuesto y sus resultados espectaculares cuando se aplicaban a períodos largos. A una tasa de crecimiento del 2% anual, cualquier cifra, incluido el PIB, aumentará por un factor de 7.5 en un siglo. Entonces, ¿se resolvería con tal aumento el problema de la escasez –que subyace a toda la economía?
Para Keynes la respuesta es un claro sí, porque ese aumento permitiría satisfacer lo que él llama las “necesidades absolutas”. Naturalmente Keynes tenía plena conciencia de que las necesidades relativas –igualar al vecino—nunca se saciarán, pero pensaba que estas necesidades llegarían a ser de segunda importancia, tan lejanas de la búsqueda de una buena vida que tratar de satisfacerlas se consideraría una forma de neurosis. Según Keynes, en cambio, aprenderíamos gradualmente a “dedicar nuestras energías a propósitos no económicos”.
Pero aquí termina la aritmética y comienza la complejidad de la naturaleza humana. ¿Cómo definir las “necesidades absolutas”? ¿Son independientes de tiempo y lugar? ¿Eran las mismas a principios del siglo XX que ahora?
Aquí es donde la tesis de Keynes se mete en problemas. En cuanto abandonamos la ficción de que los agentes económicos son Robinson Crusoes, resulta que las necesidades absolutas no se distinguen de las relativas, porque los bienes que satisfacen nuestras necesidades cambian. Por ejemplo, la esperanza de vida ha aumentado con el tiempo gracias a los avances de la medicina y la higiene y a la mayor calidad y diversidad de los bienes (por ejemplo, alimentos más seguros). La demanda de bienes (y servicios) mejores para satisfacer nuestras necesidades parece no tener límites, lo que impulsa las ciencias y las innovaciones.
Tal vez Keynes se apoyó tanto en una caracterización tan simplista de las necesidades humanas para resaltar su argumento de que “el problema económico no es…el problema permanente de la especie humana”. Si bien esta visión puede ser exagerada, para quienes creen en el progreso económico y social no es del todo equivocada. Como mínimo, la escasez no tiene por qué ser una cuestión de vida o muerte. Todo lo que se necesita es un aumento de los niveles de vida y la cohesión social –la negativa a poner en peligro las vidas de los pobres por falta de redistribución. Sin embargo, la escasez persistiría, porque no existe un estado estacionario en el que todas las necesidades se satisfagan y la humanidad deje de esperar un futuro mejor.
Pero el tono enfático de Keynes sugiere que él creía en su propia taxonomía de las necesidades. Lo que le parecía más detestable era el capitalismo como un fin en sí mismo. El capitalismo es un medio eficiente, pero el comunismo puro es el único fin moral del sistema económico. En ese punto “el amor al dinero como una posesión…se reconocerá como lo que es, un morbo más bien repugnante, una de esas propensiones semicriminales, semipatológicas que uno deja con un estremecimiento en manos de los especialistas en enfermedades mentales”.
Para Keynes, sólo quienes logren sublimar sus necesidades relativas no satisfechas en un ideal más alto encontrarán el camino en el nuevo paraíso. “Honraremos a quienes nos enseñen a aprovechar las horas y los días bien y virtuosamente, la gente encantadora capaz de disfrutar directamente de las cosas, los lirios del campo que ni laboran ni hilan”.
Keynes parecía estar ensalzando una especie de comunismo de élite. Por supuesto, en un mundo de abundancia cabría esperar que las élites crecieran siempre. Pero, si bien todo economista debería tratar de responder a la pregunta de los fines del sistema económico y su posible final, el entendimiento de Keynes de la naturaleza humana encarnaba una combinación idiosincrásica de arrogancia e inocencia. No debe sorprender que no haya sobrevivido.
Copyright: Project Syndicate/ Observatoire Francais des Conjonctures Economiques, 2008.
www.project-syndicate.org
Traducción de Kena Nequiz
AUTHOR INFO


