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Identidades de gueto

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2007-12-28

PARIS – En cierta ocasión que pasé por Amartya Sen, premio Nobel de economía, a su hotel, la recepcionista me preguntó si yo era su chofer. Tras dudar un momento dije que sí. Entre mis múltiples identidades ese día, la de chofer fue la que a ella le pareció más obvia.

Sen mismo resaltó este concepto de identidades múltiples en su libro Identidad y violencia : “La misma persona puede ser, por ejemplo, ciudadano inglés, de origen malasio, con características raciales chinas, corredor de bolsa, no vegetariano, asmático, lingüista, fisicoculturista, poeta, enemigo del aborto, observador de aves, astrólogo y alguien que cree que Dios inventó a Darwin para poner a prueba a los ingenuos”.

Un mínimo de introspección revela que nuestra dificultad al responder a la pregunta ¿Quién soy? surge de la complejidad a que nos enfrentamos para distinguir entre nuestras múltiples identidades y entender su organización. ¿Quién soy, en efecto, y por qué debo aceptar que la gente me reduzca a mí y a la riqueza de mi identidad a sólo una de sus dimensiones?

Sin embargo, ese reduccionismo está detrás de uno de los conceptos dominantes actuales, el multiculturalismo, según el cual una de nuestras identidades debe prevalecer sobre todas las demás y funcionar como el único criterio para organizar una sociedad en grupos distintos.

Actualmente se nos dice frecuentemente que sólo hay dos formas de integración en una sociedad: el modelo “inglés” de pluralismo cultural y el modelo “francés”, basado en la aceptación de los valores republicanos y, sobre todo, del concepto de igualdad.

Según la sabiduría popular, el modelo social británico se basa en la coexistencia entre comunidades diferentes donde cada una sigue observando sus convenciones y costumbres y respeta las leyes del país –una federación informal de comunidades. Pero esa sabiduría popular está muy equivocada, porque las leyes británicas conceden algo extraordinario a los inmigrantes de todos los países de la Mancomunidad: el derecho de voto en las elecciones británicas, incluso en las nacionales.

Los ciudadanos saben por experiencia que la democracia no consiste únicamente en el sufragio universal, sino que también requiere una esfera pública que esté abierta en igual medida para todos. En el Reino Unido, un grupo grande de inmigrantes comparte con los británicos nativos el derecho de participar en debates públicos sobre todos los temas de interés general, ya sean locales o nacionales. Puesto que la igualdad fundamental se concede de esta forma, el sistema británico logra manejar mejor que otros una mayor expresión de identidades distintas.

Sin embargo, actualmente el gobierno británico mismo parece estar olvidando las condiciones básicas de este modelo al tratar de satisfacer el deseo de ciertas comunidades de obtener reconocimiento público mediante la promoción de cuestiones como escuelas confesionales subsidiadas por el Estado. Según Sen, esto es lamentable porque lleva a que la gente dé prioridad a una de sus identidades –la religiosa, digamos, o la cultural—sobre todas las demás en un momento en el que es esencial que los niños amplíen sus horizontes intelectuales. Al adoptar la clase de separatismo que representan esas escuelas, los británicos ahora están diciendo: “Esta es tu identidad y no puedes tener otra”. Este enfoque equivale a una concepción comunitaria y no a una multicultural.

En los últimos años, el “modelo francés” también ha estado sujeto a malas interpretaciones debido a la confusión sobre sus fundamentos –la inclusión genuina en la vida social, lo que significa una igualdad auténtica en términos de acceso a los servicios sociales, al sistema de bienestar social, a las escuelas, universidades, empleo, etc. El republicanismo concede a cada individuo, independientemente de sus otras identidades, derechos iguales para alcanzar la igualdad universal. No niega las identidades distintas y le da a cada una el derecho a expresarse en la esfera privada.

La tentación del sistema comunitario, que los franceses han debatido durante al menos una década, proviene del deseo de convertir el fracaso de la igualdad genuina en algo positivo. Ofrece una integración por defecto dentro del espacio diferenciado de varias comunidades –una especie de encarcelamiento mediante la civilización, diría Sen.

Pero un fracaso no se puede disfrazar de éxito. Mientras las zonas urbanas estén desposeídas social y económicamente, un sistema comunitario sólo servirá para ocultar la violación del principio de igualdad. Entonces los grupos sociales se medirán en términos de sus diferencias “étnicas” o “raciales”.

Puesto que las condiciones sociales del “modelo francés” han estado en el abandono, el modelo es actualmente una contradicción viviente de su principio central: la igualdad. A fin de revertir la tendencia, el republicanismo francés debe contradecirse a sí mismo, al igual que el multiculturalismo inglés, para poderse cumplir. Los franceses deben reconocer que la igualdad ante la ley es un principio central pero débil. Es necesario complementarlo con una visión más estricta sobre cómo alcanzar la igualdad.

Esta visión deberá hacer que los esfuerzos republicanos sean proporcionales al grado de importancia de los obstáculos a los que se enfrentan las personas para librarlas de la carga de sus condiciones iniciales. La igualdad genuina en la esfera pública –que es diferente según los valores y la historia de cada país—implica un nivel mínimo de aceptación de la historia y los valores de un país. Sen afirma que lo que se acepta debe considerarse como la identidad nacional. Pero esa identidad debe ser abierta. Es una identidad que compartimos por vivir juntos y por lo que tenemos en común, independientemente de cuáles sean las diferencias entre nuestras múltiples identidades.

El gran novelista británico, Joseph Conrad, que nació con el nombre de Józef Teodor Konrad Korzeniowski Józef Teodor Konrad Korzeniowski Józef Teodor Konrad Korzeniowski Józef Teodor Konrad KorzeniowskiJózef Teodor Konrad Korzeniowski, de padres polacos en la Ucrania gobernada por Rusia, decía que las palabras eran el peor enemigo de la realidad. La atracción de la “identidad nacional” no debe convertirse en una cortina de humo colectiva tras la cual la inclusión se convierta en un sueño incorpóreo que coexista con el sistema comunitario que ahora surge de su fracaso.

Jean-Paul Fitoussi es profesor de economía en la Escuela de Ciencias Políticas y Presidente del OFCE (Centro de Investigaciones Económicas de la Escuela de Ciencias Políticas de París).

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