NAIROBI – Si a un animal le cayó en suerte ser una especie de salamandra conocida como el tritón manchado de Kaiser, que se encuentra únicamente en Irán, puede que su futuro parezca un poco más brillante. En el reciente encuentro de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES), realizado en Doha, se votó una prohibición del comercio de estos reptiles, junto con una mayor protección de una serie de criaturas terrestres.
No obstante, si fuera un atún de aleta azul del Atlántico occidental, su ánimo sería definitivamente más sombrío. La historia es similar para varias especies de tiburones, entre ellos el oceánico de punta blanca, el tiburón martillo y el tiburón espinoso. A pesar de sólidas evidencias científicas que demuestran una pronunciada baja de sus poblaciones, ninguna de las propuestas de establecer controles más estrictos al comercio de estas especies marinas -junto con más de 30 especies de coral- logró la mayoría de dos tercios necesaria.
En el caso del atún de aleta azul del Atlántico occidental, varios países arguyeron que el ente de gestión actual -la Comisión Internacional para la Conservación del Atún Atlántico (ICCAT, en sus siglas en inglés)- es el que mejor puede abordar el problema. Varios de quienes propusieron reglas más estrictas para su comercio no se sintieron muy convencidos, y con razón.
La población de este pez, altamente valorado, se ha reducido en hasta un 80% desde los albores de la pesca industrial, y eso ha ocurrido ante las narices del ICCAT. En el caso de los tiburones y las rayas, un estudio reciente indica que cerca de un tercio de las 64 especies oceánicas está a punto de extinguirse.
Su declive se vincula con la sobreexplotación de especies que alguna vez fueron comunes. Por ejemplo, el tiburón espinoso ahora reemplaza en parte al bacalao en muchos restaurantes de "fish and chips" europeos. Además, los tiburones están resultando seriamente afectados por la creciente demanda de sopa de aleta de tiburón, que se considera un manjar en varias zonas de Asia.
Sin embargo, salvar a las especies vulnerables o en peligro de extinción no es un asunto solamente de conservación; también tiene que ver con la defensa del sustento de millones de personas, que depende de la buena salud de los océanos. En la actualidad, el ambiente marino se encuentra realmente amenazado. Cuando el explorador John Cabot navegó por las costas de Terranova hace más de 500 años, enormes cardúmenes de bacalao impedían que sus barcos avanzaran más rápido y la tripulación podía bajar cubetas al agua y subirlas llenas de peces.
No obstante, para 1992 la sobreexplotación había obligado al cierre completo de esta área antiguamente ubérrima y, a pesar de todos los esfuerzos, los Grandes Bancos de Terranova nunca se pudieron recuperar. De manera similar, el exceso de pesca de tiburones en el Caribe ha generado un aumento de las poblaciones de pulpos y una drástica caída de la langosta y la vieira, dos fuentes importantes de ingresos para las comunidades costeras vecinas.
El resultado del encuentro de la CITES ha puesto muy en evidencia las crecientes tensiones entre los intereses industriales y ambientales, como si fueran diametralmente opuestos. No hay duda de que los pescadores del siglo veintiuno no desean ver su base de sustento degradada o destruida, ni los conservacionistas modernos quieren poner cercas al medio natural para evitar que la gente se gane la vida.
De modo que si los gobiernos quieren que los acuerdos actuales rijan los océanos, deben comenzar por hacer cálculos realistas. Por ejemplo, con respecto a los tiburones, se deben hacer valer las sanciones actuales contra la "extracción de aletas" establecidas por las Organizaciones Regionales de Control de Pesca, respaldadas por un sistema independiente de observadores a bordo para garantizar su cumplimiento por parte de los barcos pesqueros. Más aun, se debe crear un plan de acción internacional para los tiburones, que incluya un máximo de pesca. Y deben utilizarse métodos de pesca adecuados que capturen sólo las especies específicas, devolviéndose al mar los peces atrapados accidentalmente y la captura accesoria ("by-catch").
En las zonas donde los acuerdos de pesca no estén funcionando, es necesario hacer cumplir acuerdos de conservación. Después de todo, no son regímenes normativos en conflicto sino complementarios.
En el caso del atún de aleta azul del Atlántico occidental, la decisión vuelve a depender de la ICCAT. Los gobiernos que apoyan la opción de la ICCAT deben demostrar ahora que esta entidad está a la altura del desafío. Tienen tres años para hacerlo, antes de que la CITES vuelva a reunirse en Tailandia. Si no se toman medidas radicales para mejorar la situación, los gobiernos deben dar a la CITES, un acuerdo bien establecido de conservación y comercio, la oportunidad de revertir el acuciante estado actual de esta especie.
El atún de aleta azul se encamina a la extinción comercial, si es que no definitiva, al igual que varias otras especies marinas de importancia ecológica y económica. Están nadando en su última oportunidad, pero también ocurre así con las organizaciones bajo cuyo alero se ha producido el sobrecogedor colapso de tantas áreas de pesca, dañando y degradando un ambiente marino alguna vez fértil y pleno de recursos, y con ello las vidas y el sustento de incontables pescadores.


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