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Joschka Fischer

La desviación de Alemania respecto de Europa

Joschka Fischer

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2009-05-29

BERLÍN – “¿Qué le ocurre a Alemania?”, se pregunta con frecuencia cada vez mayor a uno y otro lado del Atlántico. Sin embargo, en Berlín nadie parece entender la pregunta.

Las dudas sobre el papel de Alemania tienen mucho que ver con la actual crisis financiera y económica y también con la debilidad de la Unión Europea y sus instituciones. Desde que fracasaron los referéndums sobre la constitución europea y sobre el tratado de Lisboa, la UE ha estado funcionando con el piloto automático, dirigida por sus burócratas. Con veintisiete miembros y sin reforma de las instituciones y los procedimientos, los procesos de la UE se han vuelto angustiosamente ineficientes.

Las crisis son también momentos de la verdad siempre, porque exponen implacablemente los puntos fuertes y los débiles de todos los participantes afectados. Por esa razón, lo que Europa necesita ahora no es la dirección de una Comisión de la UE débil ni de ninguna otra institución europea, sino de las capitales de sus más importantes países miembros.

Como siempre que están en juego asuntos económicos y financieros importantes, se mira a Alemania, la mayor economía de la UE, pero lo que se ve confunde, porque Alemania se está negando claramente a dirigir.

Es cierto que Alemania se ha visto afectada muy duramente por la crisis económica, pero, aun así, su economía es más fuerte que nunca, después de las difíciles pruebas de la reunificación y la necesaria reforma del mercado laboral y del sistema de asistencia social del país.

Lo que asombra a nuestros vecinos y socios –y causa cada vez mayor recelo– es que desde el comienzo del desplome mundial del pasado mes de septiembre, el Gobierno alemán se ha centrado casi exclusivamente en la gestión de la crisis nacional y ha rechazado todos los intentos de adoptar un planteamiento europeo. Añádase a ello las palpables tensiones en las relaciones franco-alemanas, el bloqueo de un mercado común del gas en la UE, la estrecha cooperación estratégica con la Rusia de Vladimir Putin, etcétera, y se multiplican los motivos de preocupación sobre Alemania.

No es simplemente que en Berlín haya miedo de que cualquier solución europea sea mucho más onerosa para Alemania y requiera mucho más tiempo; esta nueva forma de euroescepticismo alemán revela también un cambio fundamental de actitud entre una abrumadora mayoría de la minoría política y económica selecta de Alemania.

El cambio resulta evidente si formulamos una pregunta sencilla: ¿seguiría siendo posible hoy abandonar el marco alemán e introducir el euro como moneda común? La respuesta es un no rotundo. Independientemente de si se trata de la Canciller Angela Merkel o del ministro de Asuntos Exteriores Frank Steinmeier, esa respuesta resuena por todo el espectro político y se da independientemente de qué partidos o personas formen el gobierno.

A raíz del cambio de guardia después del fin de la coalición verderrojiza de Alemania, ha ido produciéndose gradualmente un cambio fundamental de actitud. Ya no se ve a Europa como el proyecto fundamental en la política alemana en el que se esté dispuesto a invertir una parte esencial del capital político propio... y por tanto del futuro propio. Más bien lo que ocurre es que, veinte años después de la caída del muro de Berlín, la Alemania reunificada está empezando a advertir que también puede actuar por su cuenta. Naturalmente, el problema es que se trata de un enorme malentendido.

Casi todos los partidos democráticos consideran que la de Alemania con Europa es una relación funcional, pero, si bien Europa sigue siendo sin duda importante para afirmar los intereses nacionales y los comunes, ya no es un proyecto para el futuro. De modo que la perspectiva alemana se está aproximando a la de Francia y del Reino Unido: cada vez se ve más a la UE como marco y condición previa para afirmar los intereses nacionales, en lugar de como un fin en sí misma.

Las razones para ese profundo cambio son evidentes: la reunificación y la resolución histórica de la –hasta ahora pendiente– “cuestión alemana”; el fracaso de la constitución de la UE y, por tanto, de la concepción europea; la debilidad institucional de una UE ampliada con 27 miembros; y la ineficiencia y lentitud cada vez mayores de las instituciones de la UE.

Así, pues, ¿volverá Alemania a optar por el nacionalismo? Todos los protagonistas políticos en Berlín rechazan, muy indignados, esa acusación. De hecho, no existe estrategia ni plan básico algunos con vistas a un regreso al nacionalismo. El cambio fundamental en la política europea de Alemania está sucediendo, simplemente: como resultado de un proceso que casi podría denominarse “orgánico”. Como tal, la deriva de la política alemana que se manifiesta, por ejemplo, en una negativa a dirigir en la presente crisis no es una mejora precisamente.

Constituye una falsa ilusión estratégica de los Estados miembros grandes la de que pueden defender su situación sin esa imperturbable entidad llamada Europa. Al fin y al cabo, ¿acaso puede Alemania permitirse de verdad el lujo de dejar que fracase la ampliación de la UE a la Europa oriental? ¿Acaso puede permitirse el lujo de una crisis mortalmente peligrosa del euro, de un mercado común puesto en peligro por el proteccionismo en aumento o de que Rusia se inmiscuya en los asuntos de los países de la Europa oriental vecinos de la UE? ¿Acaso puede aplicar de verdad una política nacional independiente en el Oriente Medio y en África o desempeñar un papel eficaz para revolver asuntos mundiales, desde la lucha contra el cambio climático hasta la creación de un nuevo orden financiero?

Formular esas cuestiones –y muchas más– es responderlas: sólo una UE fuerte, fundamentalmente más integrada, puede lograr todo eso, pero esa UE tendrá futuro sólo si los gobiernos y los pueblos de sus Estados miembros están dispuestos a invertir en ello una parte importante de su éxito político y sus intereses nacionales, cosa que, como en el pasado,  es aplicable sobre todo a Alemania, país situado en el centro del continente y que tiene la mayor población y la mayor economía de la UE y –lo que es igualmente importante– su difícil pasado.

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AUTHOR INFO

Joschka Fischer, Germany’s Foreign Minister and Vice Chancellor from 1998 to 2005, was a leader in the German Green Party for almost 20 years.