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El nuevo riesgo nuclear

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2008-03-31

BERLÍN – Los seres humanos gustan de hacer como que no existen los peligros abstractos. Sólo reaccionan después de haberse quemado los dedos. Sin embargo, al abordar los riesgos nucleares, no podemos permitirnos semejante comportamiento infantil.

Para empezar, el antiguo sistema de disuasión nuclear, que ha sobrevivido en particular en los Estados Unidos y Rusia desde el final de la Guerra Fría, sigue entrañando muchos riesgos y peligros. Mientras que el público internacional lo pasa por alto, los riesgos siguen existiendo.

Desde luego, en el decenio de 1990 los EE.UU. y Rusia redujeron sus arsenales nucleares de 65.000 a 26.000 armas, aproximadamente, pero ese número sigue siendo casi inconcebible y supera cualquier nivel racionalmente necesario para la disuasión. Además, hay otras 1.000 armas nucleares en manos de otros Estados nucleares.

Un segundo motivo de preocupación es el de que el mundo va camino de entrar en una nueva era nuclear que amenaza con ser más peligrosa y onerosa incluso que la destrucción mutua asegurada de la Guerra Fría. De hecho, ya resultan visibles las líneas generales de dicha era nuclear:

  • La conexión entre el terrorismo y las armas nucleares;
  • una Corea del Norte con armamento nuclear;
  • el riesgo de una carrera por las armas nucleares en el Oriente Medio desencadenada por el programa nuclear del Irán;
  • una nueva definición de la soberanía estatal como “soberanía nuclear”, acompañada de un aumento en gran escala del número de Estados nucleares pequeños y medianos;
  • un posible desplome del orden público en un Pakistán nuclear;
  • la proliferación ilegal de tecnología nuclear militar;
  • la proliferación legal de tecnología nuclear civil y un aumento del número de Estados nucleares “civiles”, lo que entraña riesgos de proliferación militar;
  • la nuclearización del espacio, que desencadene una carrera de armas entre las grandes potencias nucleares.

Importantes dirigentes políticos, en particular de las dos grandes potencias nucleares, los EE.UU. y Rusia, conocen demasiado bien los riesgos actuales y los que pueden surgir en el futuro. Sin embargo, no se hace nada para controlarlos o eliminarlos. Al contrario, la situación está empeorando.

Pilares decisivos del antiguo régimen de antiproliferación y control del armamento han quedado destruidos –como el Tratado sobre la limitación de los sistemas de proyectiles antibalísticos (ABM) – o debilitados en gran medida, como el Tratado sobre la no proliferación de las armas nucleares (NPT). La responsabilidad recae en gran medida sobre el gobierno de Bush que, al rescindir el Tratado ABM, no sólo debilitó los sistemas internacionales de control de las armas nucleares, sino que, además, se quedó de manos cruzadas ante el inminente desplome del Tratado NPT.

Al comienzo del siglo XXI, la proliferación de tecnología nuclear militar es una de las mayores amenazas para la Humanidad, en particular si cae en manos de terroristas. La utilización de armas nucleares por terroristas no sólo provocaría una tragedia de grandes proporciones en materia humanitaria, sino que, además, probablemente hiciera que el mundo cruzara el umbral con vistas a reñir de verdad una guerra nuclear. Las consecuencias serían una pesadilla.

Casi igualmente preocupante es la redefinición nuclear de la soberanía estatal, porque no sólo propiciará la aparición de un gran número de pequeñas potencias nucleares políticamente inestables, sino que, además, aumentará el riesgo de proliferación de armas nucleares en manos de terroristas. Es muy probable que el Pakistán dejara de ser un caso aislado.

Se necesita urgentemente una iniciativa internacional para la renovación y la mejora del régimen de control internacional encabezada por las dos grandes potencias nucleares, para abordar esos y otros riesgos de la nueva era nuclear, pues, para que el desarme llegue a ser eficaz, la señal debe proceder de las altas esferas: los EE.UU. y Rusia. A ese respecto, la disposición de las potencias nucleares a cumplir su compromiso con el desarme, conforme a lo acordado en el Tratado NPT, reviste importancia primordial.

El Tratado NPT, columna vertebral de la paz durante más de tres decenios, se basa en un acuerdo político entre los Estados nucleares y no nucleares: estos últimos se abstienen de obtener armas nucleares, mientras que aquéllos destruyen sus arsenales. Lamentablemente, sólo se cumplió la primera parte del acuerdo (aunque no completamente), mientras que aún se espera el cumplimiento de la segunda.

El Tratado NPT sigue siendo indispensable y necesita una revisión urgente. Sin embargo, ese pilar central del control de la proliferación internacional está a punto de desplomarse. La más reciente Conferencia de Examen, celebrada en Nueva York en mayo de 2005, concluyó prácticamente sin resultado alguno.

El defecto esencial del Tratado NPT resulta visible ahora con la disputa nuclear entre el Irán y el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas: el Tratado permite el desarrollo de todos los componentes nucleares indispensables para la utilización militar –en particular, el enriquecimiento de uranio– siempre y cuando no  exista un programa completo de fabricación de armas nucleares. Eso significa que en los países nucleares que surjan sólo hace falta una decisión política para “militarizar” un programa nuclear. Ese tipo de “seguridad” no es suficiente.

Otro asunto polémico ha pasado también a primer plano en relación con el actual conflicto nuclear con el Irán: el acceso no discriminatorio a la tecnología nuclear. Para resolver ese problema, será necesario internacionalizar el acceso a la tecnología nuclear civil, además de colmar el vacío de seguridad conforme al Tratado NPT y ejercer una vigilancia mucho más estricta de todos los Estados que quieran formar parte de ese sistema.

Los dirigentes de todo el mundo conocen los peligros de una nueva era nuclear; también saben cómo reducirlos al mínimo, pero falta la voluntad política para actuar con decisión, porque el público no considera una prioridad política el desarme nuclear y el control del armamento.

Tiene que haber un cambio. Las del desarme nuclear y la no proliferación no son cuestiones del pasado. Se debe abordarlas actualmente para que no lleguen a ser las amenazas más peligrosas en el futuro.

Joshka Fischer, ministro de Asuntos Exteriores y Vicecanciller de Alemania de 1998 a 2005, dirigió el Partido de los Verdes alemán durante casi veinte años.

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