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Afganistán y el futuro de la OTAN

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2007-12-23

Las cosas no están yendo bien en Afganistán. En algún momento al término de 2001/2002, la administración Bush llegó a la conclusión de que la estabilización y reconstrucción de Afganistán ya no era su principal prioridad y decidió apostar, en cambio, a un cambio de régimen liderado por el ejército en Irak. En consecuencia, Afganistán puede ser visto, con justa razón, como la primera víctima de la estrategia equivocada de la administración.

Pero la administración Bush no es la única culpable del deterioro de la situación en Afganistán. La tarea de la OTAN era asegurar la estabilidad y seguridad del país, y por lo tanto el débil secretario general y los aliados europeos de la OTAN, especialmente Alemania y Francia, comparten la responsabilidad por el agravamiento de la situación.

Sin embargo, a pesar de todas las dificultades, la situación en Afganistán, a diferencia de lo que sucede en Irak, no es irremediable. En primer lugar, había una buena razón para entrar en guerra en Afganistán, porque los atentados del 11 de septiembre de 2001 se originaron allí. Una vez iniciada, la intervención de Occidente puso fin a una guerra civil casi ininterrumpida y aún hoy una mayoría de la población la sigue viendo con aprobación. Finalmente, a diferencia de Irak, la intervención no fracturó la estructura interna del estado afgano ni puso en peligro su cohesión.

Si Occidente persigue metas realistas, y lo hace con perseverancia, su principal objetivo –un gobierno central estable que pueda resistir a los talibanes, mantener unido al país y, con la ayuda de la comunidad internacional, asegurar el desarrollo del país– sigue siendo alcanzable.

Existen cuatro requisitos previos para el éxito de Occidente:

  • el establecimiento de fuerzas de seguridad afganas que sean lo suficientemente fuertes como para resistir a los talibanes, limitar el cultivo de droga y crear estabilidad interna;
  • la voluntad de parte de la OTAN de mantenerse militarmente comprometida sin ninguna reserva nacional –mientras que Alemania y Francia en particular renuncian a las condiciones especiales de su participación;
  • un incremento significativo en la ayuda para el desarrollo, especialmente para la parte sur del país hasta hoy desatendida;
  • la renovación del consenso regional alcanzado en Bonn en 2001, según el cual la reconstrucción del estado afgano sería sustentada por todas las partes involucradas.

La guerra en Afganistán nunca fue exclusivamente una guerra civil afgana; más bien, durante décadas, el país ha sido escenario de conflictos regionales y luchas hegemónicas. De manera que, si bien el resurgimiento de los talibanes se debe en parte a la reconstrucción trágicamente ignorada de la parte sur y este pashtún del país, también tiene causas externas. Principalmente, desde hace más de dos años, Pakistán se ha estado apartando del consenso de Bonn, apostando al resurgimiento de los talibanes y brindándoles un apoyo masivo. De hecho, sin los refugios talibanes en el lado paquistaní de la frontera afgana, y sin el respaldo financiero paquistaní, el resurgimiento de la insurgencia armada de los talibanes contra el gobierno central afgano habría sido imposible.

Las acciones de Pakistán se explican esencialmente por su readaptación estratégica a la luz de la debilidad norteamericana en Irak y la región en general, y por las relaciones recientemente fortalecidas entre la India y Afganistán, que resultaron en una mayor presencia india en Asia central. En esta conexión, Pakistán ve al gobierno de Karzai en Kabul como poco amistoso con Islamabad y una amenaza a sus intereses estratégicos clave. Sin refugios talibanes en el lado paquistaní de la frontera afgana y el respaldo del servicio de inteligencia paquistaní ISI, el resurgimiento de la insurgencia armada talibán contra el gobierno central afgano habría sido imposible.

Sin embargo, al ayudar a los talibanes, Pakistán está jugando con fuego, porque hoy también existen talibanes paquistaníes que plantean una amenaza para Pakistán. La política estadounidense hacia Pakistán también es peligrosamente miope y reminiscente de los errores que Estados Unidos cometió en Irán antes de la revolución islámica de 1979. Aún así, Estados Unidos al menos tiene una política hacia Pakistán –que es más de lo que puede decirse sobre la OTAN y Europa-. De hecho, es incomprensible que mientras que el futuro de la OTAN se decide en las montañas de Hindu Kush, y mientras miles de soldados europeos estacionados allí están arriesgando sus vidas, a Pakistán –la clave para el éxito o fracaso de la misión en Afganistán- no se le asigne ningún rol en los planes y cálculos de la OTAN.

Parte del problema de la OTAN surge del hecho de que una cantidad de estados miembro insisten en el derecho a tomar sus propias decisiones militares y políticas, y estas “reservas nacionales” limitan seriamente la capacidad de acción de la OTAN. Si la OTAN ha de ser exitosa, esto debe cambiarse sin mayores demoras.

En consecuencia, es extremadamente necesaria una cumbre de la OTAN donde todos los miembros evalúen la situación y tracen conclusiones apropiadas. Deben terminar las reservas nacionales y se debe adoptar una estrategia conjunta para el éxito, que incluya un masivo incremento en la ayuda civil y militar para Afganistán, si se quiere impedir que el país caiga en el mismo abismo que Irak.

Es más, debe reconstruirse un consenso regional entre todos los actores, incluidos Pakistán, Irán y la India, cuya responsabilidad conjunta para la paz, estabilidad y redesarrollo en Afganistán sea reconocida por Europa y Estados Unidos. Para lograrlo, también es necesaria una conferencia complementaria al Acuerdo de Bonn.

Mientras que la guerra en Irak se ha basado en ilusiones vanas, la guerra en Afganistán fue necesaria e inevitable porque fue allí donde se originó la amenaza terrorista del 11 de septiembre de 2001. Sería más que trágico –un disparate político sin parangón- si, por falta de compromiso y previsión política, Occidente malgastara sus éxitos en Afganistán. Europa tendría que pagar un precio inaceptablemente alto y el futuro de la OTAN probablemente se vería amenazado.

Joschka Fischer, ministro de Relaciones Exteriores y vicecanciller de Alemania entre 1998 y 2005, condujo el Partido Verde alemán durante casi 20 años.

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