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Sentirse rico

¿Quién es más rico, usted o yo? Siempre y cuando ambos tengamos lo suficiente para vivir confortablemente, eso no debería importar demasiado. Muchos de nosotros tratamos de no dejar que importe. Pero algunas veces esas comparaciones nos corroen. En la era de la globalización, con un rápido crecimiento económico en algunas áreas y estancamiento en otras -y con la televisión e internet que nos permiten ver cómo viven los demás- estas comparaciones son un factor cada vez más importante en la economía mundial.

El extinto psicólogo social Leon Festinger argumentaba que las comparaciones interpersonales del éxito, cualesquiera que sean nuestros escrúpulos morales sobre ellas, constituyen una motivación humana fundamental -y por lo tanto irrefrenable- que está presente en toda sociedad y en todo grupo social. Festinger decía que para todo parámetro del éxito, ya sea la riqueza, las capacidades, o simplemente el encanto personal, la gente tiende a estar más preocupada por las comparaciones con aquéllos que frecuenta y que tienen un nivel de logros similar. No solemos preocuparnos por la gente que es mucho más exitosa o mucho menos exitosa. Los consideramos tan diferentes a nosotros que simplemente no nos importa.

El nuevo e importante libro del profesor de Harvard, Benjamin Friedman, The Moral Consequences of Economic Growth detalla el significado que tienen las emociones generadas por estas comparaciones para la armonía social y el éxito de nuestras economías.

Friedman argumenta que las comparaciones de riqueza son más peligrosas para una sociedad si parece que los ricos son miembros de una raza o grupo étnico diferente. En ese caso, las comparaciones se politizan, lo que contribuye al conflicto social y, por lo tanto, tiende a reducir el éxito económico.

Por ejemplo, según Friedman, el crecimiento económico espectacular que ha tenido Corea del Sur en décadas recientes se debe en mucho a la homogeneidad étnica del país, lo que reduce el resentimiento por el progreso relativo de los demás. En contraste, el desarrollo económico en Sri Lanka, que hace cuarenta años tenía estándares de vida similares a los de Corea, se asfixió por la percepción de la minoría tamil de que la mayoría cingalesa bloqueaba sus oportunidades y su progreso. El conflicto étnico resultante ha provocado que el ingreso per cápita sea de apenas una quinta parte del que tiene Corea actualmente.

El economista Albert Hirschman comparó una vez a una sociedad con grupos étnicos reconociblemente distintos con una autopista de varios carriles donde la gente no puede cambiarse de carril. Si el tráfico está paralizado durante horas y nadie está avanzando, tendemos a relajarnos y a aceptar resignadamente la situación. Si el tráfico empieza a moverse entonces en otro carril, todos acogeremos el cambio con alegría. Incluso si aún estamos parados, comprendemos a los que están avanzando, y nos imaginamos que pronto nosotros lo haremos también. Pero si el otro carril se sigue moviendo y nosotros no, nuestra alegría finalmente se transformará en disgusto y enfado.

Lo mismo sucede con las economías que empiezan a crecer rápidamente. La gente debe sentir que su propio grupo social, como sea que lo definan, finalmente se beneficiará.

Un elemento clave en el libro de Friedman es la importancia fundamental de los dos tipos de comparaciones que la gente hace cuando juzga su propio éxito: la comparación con sus experiencias pasadas (o las de su familia) y la comparación con otros que ven a su alrededor. Cuando el crecimiento económico tropieza y la gente ya no ve mejoría con relación a sus experiencias pasadas, la primera comparación se hace más importante -y la comparten millones de personas.

Pero cuando la contracción afecta a grupos diversos de manera distinta, especialmente cuando se percibe (con o sin razón) que a los miembros de ciertos grupos les va mejor que a otros, la segunda comparación también gana importancia. Consideremos el antisemitismo desenfrenado -parte del cual resultó genocida- que surgió durante la gran recesión de los años 1930.

Por supuesto, ese es el ejemplo más extremo y Friedman no demuestra que la disminución en las tasas del crecimiento económico necesariamente culmine en revueltas sociales. En efecto, muchos episodios históricos de crecimiento económico reducido o incluso negativo han pasado sin ningún problema social inusual.

Las fuerzas históricas son complejas; desafían cualquier teoría económica simple. Friedman tiene razón en cuanto a que las comparaciones sociales impulsan las ansiedades, si no es que los conflictos humanos pero esto es igualmente cierto cuando las economías están creciendo. En algunas partes del mundo, si las expectativas que van en aumento no se cumplen, pueden hacer que el tipo de efectos que Friedman describe sean especialmente fuertes.

Por ejemplo, mucha gente en China hoy siente una gran presión psicológica para vivir de acuerdo con las expectativas creadas por todo lo que se dice acerca del "milagro económico" del país -- y por que ven a su alrededor a personas con riquezas significativas-- y expresan ansiedad sobre su propio éxito personal.

A medida que el crecimiento y el desarrollo continúa en economías emergentes como China, la gente se comparará cada vez más a sí misma con las personas más ricas de las urbes de sus países. Las personas exitosas de esos países se compararán cada vez más con la gente de otros países a las que se percibe como aún más exitosas.

Si Festinger y Friedman están en lo correcto, poco se puede hacer al respecto, porque tales comparaciones son parte de la naturaleza humana. Pero, independientemente de que estas comparaciones ocurran en una economía que está creciendo o contrayéndose, la ansiedad que generan representa claramente un riesgo potencial de inestabilidad y tensión social. Entonces la pregunta es si se puede hacer algo para reducir ese riesgo.

Obviamente, un ritmo mesurado de crecimiento económico en el mundo en desarrollo -que no sea tan alto que establezca las condiciones para un colapso posterior, ni tan bajo que debilite la sensación del público sobre un progreso sólido para una vida mejor- ayudaría a asegurar la estabilidad política y social y de ese modo fomentaría más crecimiento. Pero, tal vez lo más importante, es que la gente debe creer que vive en una sociedad que les permite cambiarse de carril y avanzar más rápido cuando la vía está libre.

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