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Modas, frenesíes y finanzas

BARCELONA – La crisis financiera, la crisis crediticia y la consiguiente contracción económica han dañado gravemente la credibilidad de los mercados, las entidades y los operadores financieros. Cada vez son más quienes afirman que los mercados se caracterizan por la irracionalidad, las burbujas, las modas y los frenesíes y que lo que mueve a los agentes económicos son prejuicios que afectan al comportamiento.

El reciente libro de George Soros sobre la crisis del crédito es un buen ejemplo de esa orientación intelectual. Sugiere incluso que la teoría financiera establecida está obsoleta. Esencialmente, esa opinión significa que la crisis financiera actual es la prueba definitiva de que los mercados no asimilan la información de forma eficiente. Si es así, estamos más próximos a la concepción del mercado de John Maynard Keynes como un casino que a la de Friedrich von Hayek de él como mecanismo maravilloso para asimilar una información dispersa.

Por ejemplo, la reciente subida de los precios del petróleo parece haberse debido a un frenesí irracional en los mercados de futuros. Los operadores de los mercados parecen haberse equivocado sistemáticamente en sus cálculos, haber confiado excesivamente en su información y haber reaccionado exageradamente ante los noticias. Sin embargo, yo creo que existe otra explicación par esos fenómenos, basada en el cálculo racional y la asimilación de la información por parte de las entidades y los operadores.

Los problemas que vemos en los mercados financieros tienen mucho que ver con falta de información adecuada, incentivos desajustados y,  en realidad, reacciones racionales ante el ambiente. Cuando la información es escasa y está distribuida de forma desigual, los precios pueden perfectamente alejarse de la realidad de los fundamentos de la economía.

Lo vemos cuando aparecen en escena nuevas tecnologías. La burbuja electrónica ha sido el ejemplo más reciente, pero un fenómeno similar ocurrió con la construcción de los ferrocarriles hace más de un siglo. Se puede sostener que los complejos conjuntos de préstamos creados por los bancos en los últimos años son, asimismo, un producto nuevo y desconocido, por lo que la información y la experiencia han sido escasas y dispersas y no han podido contribuir a la fijación de precios

En esas circunstancias, los precios pueden muy bien alejarse mucho de  los fundamentos de la economía tal como los evaluaría una hipotética sensatez colectiva que aunara toda la información en el mercado. En ese caso, las operaciones bursátiles basadas en el impulso creado por los movimientos de los precios pueden pasar a ser actividades racionales autosostenidas cuando los inversores deciden  “montarse en la burbuja” mientras dure. La burbuja se hincha aún más con la asimetría entre quienes apuestan por que los precios aumentarán y compran y quienes prevén una bajada, pero no actúan, porque vender al descubierto es demasiado costoso.

Eso significa que, cuando la información está dispersa, son posibles e incluso probables alejamientos importantes y relativamente persistentes de los precios de los valores fundamentales... pero que siempre les seguirá una corrección para ajustarlos a la realidad. Tarde o temprano, los precios de los valores sí que reflejan los fundamentos de la economía. Eso explica por qué a corto plazo el mercado puede parecer el casino de Keynes y a largo plazo la maravilla de Hayek.

Así, pues, ¿cómo explica eso la excesiva exposición de muchas entidades a las hipotecas de alto riesgo y el desplome del mercado interbancario? ¿Estaban actuando irracionalmente los bancos que optaron por la titulación de las hipotecas de alto riesgo en lugar de mantenerlas en sus balances? Una vez más, las asimetrías en materia de información y los incentivos desajustados han tenido mucho que ver con lo ocurrido.

Mantener dichas hipotecas en sus contabilidades habría significado que un banco habría tenido que recurrir a una gran provisión de suficiencia de capital y supervisar el rendimiento de los préstamos a su costa. La titulización evitaba esos costos y colocaba el nuevo producto ventajosamente, con la complicidad de las agencias de calificación, que podían aprovecharse de la inexperiencia y la falta de información de los inversores. Los ejecutivos obtenían primas generosas y los accionistas quedaban protegidos por la responsabilidad limitada.

Una probable causa del desplome del mercado interbancario es precisamente el fallo en materia de información. Se trata de un fenómeno muy conocido; de hecho, el estudio del mercado de los coches de segunda mano, en el que la información es asimétrica, valió a George Akerlof el premio Nobel. Los bancos siguen sin fiarse unos de otros, porque cada uno de ellos se pregunta cuántos esqueletos tiene el otro en el armario. En este caso no hay irracionalidad.

El debate sobre la irracionalidad de los mercados financieros no es un mero argumento académico. Si creemos que los agentes económicos son irracionales, aplicaremos políticas paternalistas encaminadas a controlar el comportamiento o a rescatar a los agentes y las entidades fracasados, lo que podría ser contraproducente e incluso peligroso, porque podría ir acompañado de restricciones de las inversiones por las entidades y las personas y una regulación excesiva que limite o dicte su conducta en el mercado.

Las peticiones de que se ponga freno a la especulación en los mercados de derivados o las ventas al descubierto recuerdan a eso. Por otra parte, si creemos que los agentes económicos reaccionarán racionalmente ante los incentivos y la información, podemos reformar útilmente los marcos reguladores con medidas específicas, incluidas restricciones de las transacciones fuera del balance de situación, mayores exigencias de información pública y controles de los conflictos de intereses de las agencias de calificación.

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