Friday, August 29, 2014
1

La esposa política sale del escenario

NUEVA YORK – El nuevo Presidente de Francia, François Hollande, no está casado con su pareja, la brillante periodista política Valerie Trierweiler, y a nadie parece importarle. El Presidente de Alemania, Joachim Gauck, no está casado con su pareja, la periodista Daniela Schadt, y a nadie parece importarle. Andrew Cuomo, Gobernador de Nueva York, no está casado con su pareja, la gurú de la vida doméstica Sandra Lee, y a nadie parece importarle. Se podría alargar fácilmente la lista.

¿Está la esposa política que idolatra a su marido –y forma parte tan importante del paisaje político, que tiene su propia iconografía, desde los trajes de chaqueta hasta la soñadora mirada dirigida hacia su marido, en las alturas– pasando a ser cosa del pasado?

Es cierto que, al menos en los Estados Unidos, aún puede causar alboroto el papel desempeñado por la esposa política. El Presidente Barack Obama puede haber experimentado su primer bajada profunda en las encuestas de opinión –y su primer desplome real entre las votantes– cuando una partidaria de su partido, Hilary Rosen, dijo que Ann Romney, la esposa del candidato presidencial republicano Mitt Romney, no había trabajado un solo día en su vida, pero la respuesta al comentario de Rosen subrayó que ya no tenía tanto predicamento el habitual examen detenido del pelo y la vestimenta, la profesión y la receta para hacer galletas de la esposa política.

Hace sólo veinte años que, durante la primera campaña presidencial de Bill Clinton, la carrera de su esposa –es decir, el hecho de que la tuviera– desencadenó un debate desorbitado e injurioso. Tuvo incluso que participar en una absurda competición sobre galletas, en la que se enfrentó a la Primera Dama, Barbara Bush, con su propia receta, a fin de satisfacer una tradicional exigencia cultural que aún persistía, pese a su decadencia, sobre el carácter doméstico de su papel.

Aquello parece ahora de otra época. En este ciclo electoral en los Estados Unidos, como en Europa, no aparecen los titulares que en el pasado habrían provocado preguntas sobre una pareja femenina soltera, una mujer con trabajo propio, una mujer con vida propia.

Así, pues, ¿cómo se explica la repentina desaparición de la esposa política que idolatra a su marido?

Ese papel alcanzó su apoteosis con una persona –y tal vez no fuera casualidad– que tenía la formación de actriz. Nancy Reagan codificó la mirada empañada al hombre duro, los melindres recatados y el ejercicio de poder detrás del trono, al tiempo que afirmaba en entrevistas su exclusivo interés en nada más serio que los últimos motivos pictóricos de la porcelana de la Casa Blanca. “No hablo de asuntos políticos”, fue su famosa declaración. “No son de mi incumbencia”.

No es de extrañar que ese papel haya desaparecido recientemente. Para empezar, acontecimientos recientes han hecho que resulte carente de atractivo a cualquier mujer que tenga el suyo propio y substitutivo. En los últimos años, el papel de la esposa tradicional ha consistido en permanecer, visiblemente, al lado (o no) de su marido, mientras se aireaba en público con detalles humillantes una flaqueza espantosamente embarazosa o una traición de éste.

¿Qué mujer querría arriesgarse a desempeñar ese papel, que ha llegado a ser cada vez más probable en una época en la que la vigilancia de los oponentes políticos ha llegado a ser cada vez más experta y profunda?

En la actualidad, las mujeres brillantes pueden no sentir el deseo de casarse con hombres políticamente destacados por la tremenda desventaja que puede representar. Otras disposiciones pueden resultar más fáciles que la de aventurarse a casarse, con su perspectiva de ingrata exposición pública en caso de escándalo.

Otra razón para que se dé el caso de la pareja de un político no necesariamente casada y no necesariamente con dedicación exclusiva tiene que ver con un simple cambio generacional: la de esposa que idolatra a su marido y que Nancy Reagan desempeñó a la perfección es una profesión que requiere mucho tiempo. La mayoría de los hombres que están dispuestos a tomar las riendas del poder nacional estarán acompañados de mujeres de su misma generación, quienes probablemente tendrán mucho que hacer en su propia trayectoria. La verdad es que debemos agradecer a Clinton (pese a lo problemática y negativa que fue su travesía por esos asuntos) y a Cherie Blair que eliminaran esos detritos culturales. 

En cierto modo, a los votantes puede parecerles tranquilizadora esa evolución: cuando todos los políticos tenían que contar con una esposa inteligente, pero subempleada en su papel de idolatradora con dedicación exclusiva, había motivos para sentir inquietud por la influencia oculta de una asesora no elegida que rondaba en torno a las reuniones del gobierno, pero, cuando la pareja de un dirigente político es una periodista –o una gurú en materia de estilos de vida– que ejerce su profesión con dedicación exclusiva, los temores a un poder detrás del trono disminuyen: es de suponer que esa mujer esté demasiado ocupada para inmiscuirse excesivamente en los asuntos de Estado.

Por último, ¿qué mujer contemporánea e inteligente va a querer aceptar un papel que represente un grado inferior? Resulta muy arduo pasar todo el tiempo disponible procurando que el marido quede bien y degradante fingir falta de interés por asuntos que serían sin duda uno de los motivos de la atracción mutua en primer lugar.

Si la esposa política tradicional está desapareciendo, se debe a que los votantes convertimos su papel en algo ingrato e infantilizante. ¿Por qué habríamos de esperar que las parejas de nuestros dirigentes desempeñaran en un escenario público inmenso funciones sociales que ya no aceptamos en nuestra propia vida? La esposa idolatradora de un político siempre fue más una caricatura que un personaje. Por fortuna, ahora ya puede por fin retirarse.

Traducido del inglés por Carlos Manzano.

Hide Comments Hide Comments Read Comments (1)

Please login or register to post a comment

Featured