Tras siglos de audaces exploraciones en los ámbitos de la ciencia, la navegación y la ingeniería, la Europa Continental del siglo XX dio inicio a importantes innovaciones sociales. Se inventaron nuevas instituciones y políticas económicas bajo la creencia de que una economía organizada de manera más racional y humana permitiría una mayor productividad y salarios más altos, más satisfacción laboral, menor desempleo, mayor participación y depresiones menos intensas. Esto ha tenido como resultado una economía de mercado que mantiene la propiedad privada, pero que tiene una apariencia muy diferente a la de otras economías de mercado como la de Estados Unidos.
La característica economía de Europa Continental se organiza, en términos generales, en torno a las líneas corporativistas surgidas en los años de entreguerra (1919-1939). Un sistema tripartito formado por corporaciones de gran tamaño y estrechamente ligadas, grandes sindicatos industriales y el gobierno media en los conflictos y bloquea los cambios a través barreras para la entrada, el control de las licencias y normas, la regulación de los grandes bancos, las llamadas "acciones de oro" y, en algunos países, la propiedad estatal de empresas de importancia clave.
El corporativismo de entreguerras debilitó a los sindicatos, incluso dejando a las huelgas fuera de la ley. Hoy en día les da poder mediante la concertazione , la co-determinación, y un derecho irrestricto a la huelga. Pero mientras esto brinda protección contra el abuso de las empresas y "externalidades" que causan daños ambientales, también produce una economía más politizada y reglamentada que en el caso de las estructuras capitalistas atomizadas y descentralizadas de Estados Unidos.
Las políticas económicas y sociales son otra característica distintiva, especialmente en Europa Occidental, en donde se considera que los programas masivos de seguro y asistencia social estimulan un capital humano más resistente y determinado. O considérese esta diferencia cultural: por lo general los niños estadounidenses abandonan el hogar a los 18 años, algunos antes de esa edad; los retoños de Europa Continental esperan el apoyo de sus padres por todo el tiempo que lo deseen. Los europeos ven esto como algo saludable. Los estadounidenses, con su carácter que pone énfasis en la autoayuda, la iniciativa, la ambición y la competencia, piensan que esto genera "Peter Pans" que le temen al riesgo y no tienen la voluntad de abrirse su propio camino.
Sin embargo, la mayoría de los europeos continentales piensan que su modelo económico es mejor en términos de productividad, calidad de los trabajos y estabilidad que el sistema estadounidense. Pero, ¿lo es? Los transeúntes de la avenida Montaigne de París se ven evidentemente prósperos, vivaces y atareados. ¿Pero qué indican las estadísticas?
Un estudio realizado por la OCDE el año pasado pareció confirmar la superior productividad del Continente. El producto interior bruto por hora trabajada era mayor en Alemania occidental, Francia e Italia que en EEUU. Sin embargo, dicha evidencia es discutible, ya que el PIB incluye el "producto" del gobierno, que no se vende en el mercado y por tanto no se puede medir directamente.
En contraste, un estudio realizado por McKinsey & Co., que usó datos sobre las empresas, determinó que la producción por hora trabajada es marcadamente menor en Europa que en EEUU. Las mediciones de producción por unidad de capital en el Continente en comparación con los EEUU son aun menores.
Estas diferencias sugieren que el conocimiento técnico práctico y la sofisticación comercial de Europa están seis años por detrás de los EEUU. E incluso este cálculo más preciso sobrestima la eficiencia de Europa.
¿Por qué? Tanto las regulaciones laborales como las leyes de salario mínimo y los sindicatos son obstáculos para que muchas personas menor calificadas obtengan trabajos en la economía formal de Europa. Si estas personas estuvieran empleadas al grado en que lo están en EEUU, a través de la liberalización de los mercados laborales o mediante subsidios salariales (como lo han hecho Francia y Holanda en una modesta escala), la productividad del trabajo europeo caería notablemente.
Más aún, la productividad de EEUU es mayor no sólo porque los estadounidenses sean más activos, sino porque EEUU deja pasar ganancias de productividad seguras (a través de la inversión de más capital en líneas de productos existentes) y da preferencia a las mayores ganancias de productividad esperadas, mediante la inversión en investigación y desarrollo, y eso que las nuevas tecnologías pueden fallar. Si otro país suministrara a EEUU avances técnicos y comerciales libres de los costos de inversión, como lo hace EEUU con Europa, los EEUU tendrían más capital sobrante para equipar a su fuerza de trabajo de manera más completa. Europa se la está llevando gratis.
Si Europa compartiera con EEUU el 50% del costo de los últimos descubrimientos técnicos y comerciales, tendría menos capital sobrante para equipar a la fuerza de trabajo en las líneas de producción existentes; EEUU tendría más. Por otra parte, Europa tendría una ventaja inicial con los nuevos avances que desarrollara; EEUU quedaría atrás en esos aspectos. La productividad aumentaría tanto en Europa como en EEUU, y la superioridad de EEUU se reduciría.
¿Es el Continente superior en cuanto a satisfacción laboral? La evidencia circunstancial sugiere que no. En las naciones continentales hay una cantidad mucho menor de personas en edad laboral (no sólo mujeres sino hombres también) que forman parte a la fuerza de trabajo, en comparación con EEUU. Los jubilados de edad mediana y los jóvenes inactivos explican esto.
Lo que justifica el sistema Continental ante sus propios ojos es su estabilidad y seguridad laboral. Pero la historia reciente sugiere vulnerabilidad, no estabilidad. La depresión de Europa en los años 80 fue más larga y profunda que en EEUU. Si el abrupto declive en las bolsas de valores europeas sirve de guía, la caída actual será tan profunda en el Continente como en EEUU.
Europa está aprendiendo que cuando las crisis económicas arrecian, las políticas que hacen más rígidos los salarios y protegen los trabajos existentes sólo pueden demorar, no aminorar, la caída del empleo total. El impacto meramente se desvía hacia los trabajadores desempleados que podrían haber sido contratados y los trabajadores de las pequeñas empresas que podrían no haber sido despedidos. Al demorar la restructuración, tales políticas pueden agravar la caída en la rentabilidad, los precios de las acciones y las divisas, empeorando el desempleo.
Una Europa apremiada y desalentada, compuesta por economías rezagadas, podría volverse hacia adentro, poniéndose en peligro a sí misma y a los demás. De modo que es crucial identificar las causas principales de la desazón de Europa y remediarlas. Con gusto los economistas estadounidenses se unirían a los europeos en la búsqueda de formas de evitar que el Continente caiga de manera continua en un rendimiento por debajo de lo óptimo.


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